Variedades

El enfermo inmaginario

Tu amigo es un “enfermo imaginario”; padece de hipocondría, dijo el doctor

Neurólogo-psiquiatra
Conocí a Iván desde pequeño. Era un niño como todos; el único síntoma de ansiedad que yo recuerdo era un tic en el ojo derecho. Imagino que éste le fue útil en algunos momentos, principalmente cuando se encontraba con chicas, pues al estar conversando con ellas les cerraba el ojo de forma artística, lo que les hacía creer que las estaba enamorando.
Cuando éramos adolescentes, a Iván le aparecieron otras manifestaciones de ansiedad, además de su tic ocular. Comenzó a fumar de forma compulsiva, un cigarrillo tras otro en los recreos, y cuando nos íbamos al billar notaba que no podía concentrarse si no fumaba.
Por ese tiempo comenzó a quejarse de dolencias en el estómago; frecuentemente me comentaba que pensaba que tenía algo grave. Yo imagino que debió angustiar terriblemente a sus padres, porque al cabo de unos días de su comentario desapareció del salón de clases por dos semanas.
Síntomas sin enfermedad
Posteriormente supimos que lo habían tenido internado en una clínica donde le practicaron muchos exámenes. Según nos comentó, los médicos le dijeron que estaba completamente sano, que a lo mejor estaba nervioso, y le recomendaron que se buscara una muchacha para distraerse.
Como buen muchacho siguió al pie de la letra la recomendación médica, y en los meses sucesivos lo mirábamos pasar con diferentes muchachas, quienes suponemos que fueron sus novias; pero sus problemas físicos continuaron y, a decir verdad, me cansaba un poco estar cerca de él, pues me hablaba constantemente de sus males, al punto que yo sentía que también me enfermaba.
Poco tiempo después Iván volvió a enfermarse. Nuevamente sus preocupados padres volvieron a buscar a otros médicos; le practicaron nuevos exámenes y al igual que antes el diagnóstico fue el mismo: estaba completamente sano.
Un enfermo imaginario
Como Iván era mi mejor amigo, realmente me preocupaba mucho su salud. Como éramos muy jóvenes no comprendíamos muy bien las enfermedades. Se me cruzó por la mente visitar a un excelente médico amigo de mi tío, para que me explicara un poco la enfermedad de mi amigo.
Entonces me fui a ver a este famoso señor; le expuse el caso de mi amigo y después de hacerme muchas preguntas me dijo: “Tu amigo es un enfermo imaginario; padece de hipocondría. Te voy a explicar bien en qué consiste esta enfermedad”.
La hipocondría
La hipocondría fue descrita por primera vez por el médico grecorromano Galeno (129-199). El concepto de hipocondrio, zona situada debajo del extremo cartilaginoso del esternón, iba unido a una serie de trastornos digestivos, razón por la que se le acuñó el término de “morbos hypocondriacus”. Como en la antigüedad se creía que los órganos del abdomen eran el asiento de enfermedades anímicas, muy pronto toda clase de dolores de estómago y molestias digestivas acabaron mezclándose confusamente con otros síntomas de carácter psíquico.
Más tarde, la sintomatología se fue extendiendo a los atributos típicamente hipocondríacos, como ansiedad extrema, observación obsesiva de los procesos corporales y pesadillas.
El doctor amigo de mi tío me recomendó que les dijera a los padres de Iván que lo llevaran lo más pronto posible donde un psiquiatra, de lo contrario un buen día le harán un diagnóstico erróneo y puede terminar en un quirófano.
Con las explicaciones anteriores y otras que adquirí consultando varios libros de medicina, decidí reunir a Iván y a los amigos más íntimos para explicarles el problema de nuestro amigo.
Unos días después, aprovechando que nos habíamos reunido para cenar, les expuse a todos mis conocimientos respecto de la enfermedad de Iván. Inicie más o menos así: “Saben que lo que Iván padece se llama hipocondría”. Se trata esencialmente de un trastorno de preocupación, el miedo o la creencia de tener un padecimiento grave a partir de la interpretación personal de los signos o sensaciones físicas que se consideran como pruebas de la enfermedad.
El examen físico no apoya el diagnóstico de ninguna enfermedad somática que pueda explicar los síntomas o las interpretaciones somáticas del sujeto. El miedo o la creencia injustificada de padecer una enfermedad persisten a pesar de las explicaciones médicas. No es delirante, puesto que el individuo puede reconocer la posibilidad de que exagera e incluso aceptar que no existe ninguna enfermedad.
Después de esta explicación todos los amigos estábamos cada vez más convenidos que el problema de Iván era psicológico y no orgánico como él creía.
Visitando al psiquiatra
Poco tiempo después Iván decidió visitar a un psiquiatra, quien después de dos o tres sesiones le confirmó el diagnóstico y le explicó que para estos pacientes “la preocupación puede centrarse en cualquier función corporal como el latido del corazón, la sudoración o los movimientos del intestino o bien en anormalidades físicas de tipo menor, como pequeñas úlceras o toses. La persona interpreta estas sensaciones o signos como pruebas de enfermedad grave”.
Algunos meses después encontré en una revista que la hipocondría fue considerada como una enfermedad de los doctos europeos, sobre todo hacia la mitad del siglo XVIII y, al adquirir este síndrome un aura de sabiduría y de refinamiento propio de las clases altas de la sociedad, la gente del pueblo también empezó a enfermarse de hipocondría.
Ante durante el auge de la enfermedad los médicos se encontraban un poco confusos, algunos recurrieron a métodos poco habituales para curarla. Un doctor inglés del siglo XVIII escribe sobre un hipocondríaco que imaginaba tener una nariz gigantesca.
Cuando el enfermo lo visitó por primera vez, el médico fingió asombrarse ante aquel órgano supuestamente desproporcionado y de este modo se ganó la confianza del paciente. Le realizó después, de forma aparatosa, varias operaciones ficticias, y gracias a ellas el afectado acabó creyendo que había sido curado de su nariz gigantesca.
Estar enfermo y achacoso significa la posibilidad de rehuir exigencias y obligaciones sin por ello tener mala conciencia, pues solamente los males físicos son mejor aceptados que los psíquicos. Los dolores de estómago o de cabeza legitiman la tentación de eludir un trabajo difícil; por el contrario, admitir que uno tiene miedo a dicho trabajo no reporta precisamente muchas ventajas.
Búsqueda de atención
La búsqueda de atención y las quejas a causa de una enfermedad se suelen acoplar con mucha facilidad, hasta el punto que hay quien piensa que si no padece una enfermedad, del tipo que sea, le resultará imposible recibir cariño. La hipocondría se puede convertir en un arma si la persona afectada, consciente o inconscientemente, emplea su sufrimiento para controlar o someter a su pareja, manipular a los padres o a los hijos e incluso a los amigos. Después de todo, a un enfermo nadie le puede negar nada ni enfadarse con él.
Recientemente encontré a Iván, tenía años de no verle; me comento de su vida y de sus nuevas enfermedades. Ahora lo aquejaban problemas de artritis, cardiacos, impotencia, depresión, entre otros. En fin, me dijo con mucha alegría: “Soy el hombre que ha padecido de 176 enfermedades”.
Estimado lector: si usted padece de algún problema psicológico y necesita ayuda, contácteme. Estoy en disposición de brindarle la mejor atención. Si es una persona de escasos recursos, los días viernes le ofrezco asistencia a precios diferenciados.
Dr. Javier Martínez Dearreaza. Neurólogo-Psiquiatra.
Clínica San francisco, de Camas Luna Montoya 90 varas arriba. Telfs. 222-2494 y 877-1894.