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Naohito Watanable y el libro "Azul"


Sergio García

El señor Naohito Watanabe, ese diplomático japonés tan conocido y apreciado en Nicaragua, a la que por segunda vez arribara complacido para servir a su país como segundo en mando de la Embajada del Japón ante nuestro Gobierno.
Ése que con tanta frecuencia aparece retratado en los diarios, en representación del Embajador, inaugurando escuelas, cortando cintas simbólicas de estreno de hospitales y centros de Salud para el servicio de nuestro pueblo; abriendo grifos inéditos en las instalaciones de nuevos pozos para aliviar la sed de los habitantes de muchas comunidades.
Echando a andar los tractores y los tornapules para construir puentes y carreteras; y abriendo puestos de nuevas bibliotecas y centros culturales por todos los puntos cardinales de nuestro país, como expresión viva de la política internacional del Japón, tan interesado en servir a los pueblos pobres en vías de desarrollo.
Ése es el mismo señor Naohito Watanabe que, en ocasión de encontrarse por primera vez en la Embajada de su país en Nicaragua, tradujo al japonés y publicó el primer libro traducido a ese idioma, de nuestro inmortal Rubén Darío, Príncipe de las Letras Castellanas.
Se trataba del libro “El Viaje a Nicaragua e Intermezo Tropical”, escrito por nuestro bardo en 1909, y es el mismo señor Naohito Watanabe, quien recientemente acaba de ofrecer a la intelectualidad japonesa y al público lector de su país, especialmente a la juventud, la traducción del libro “AZUL”, publicado en Chile por Darío en 1888.
En el siglo XVI, más o menos en el año 1547, se tradujeron al japonés las Fábulas de Esopo, lo cual constituyó todo un acontecimiento, y en el año 2005, gracias a los esfuerzos y tenacidad de Naohito Watanabe, se traduce al japonés el libro “AZUL” de Rubén Darío, marcándose otro acontecimiento en la literatura de Nicaragua, de América Latina y en la universalidad total de la poesía.
La actividad literaria en el Japón de hoy, es, sin lugar a dudas, una de las más activas y dinámicas del mundo, ya que desde el año 712, cuando se escribió la obra “KOJIKI”, y a partir de la publicación en el año 759 de la primera antología de poemas de 5, 7, 5, 7 y 7 sílabas, que recopila unos cuatro mil poemas de diversos autores y temas, recogidos a lo largo de los cien años anteriores a su publicación, la literatura japonesa ha venido avanzando con gran impulso, inspirada por una dinámica extraordinaria que la ha llevado tanto por la abundancia de las obras literarias escritas que se publican, como por la alta calidad de las mismas, a ser valoradas por la crítica literaria mundial como una de las más vigorosas y apasionantes del planeta.
El más alto galardón que el mundo otorga año con año en Estocolmo, por medio de la Academia Sueca a los escritores de más alto valor literario en el mundo, el Premio Nóbel de Literatura, premio que ya se le había otorgado en 1968 a Yasunari Kawabata, por la Excelencia de sus obras, fue refrendado en 1994, al otorgársele a Kensaburo Oé, por su valiosísima obra literaria, especialmente por sus libros “Grito de Silencio” y “Un Asunto Personal”, hechos que constituyen una clara muestra del prestigio que goza hoy por hoy la literatura japonesa.
A la fecha, la fecunda generación intelectual del Japón actual, entre la que sobresalen las figuras de Sakoto Tamura, Mutsuo Takahashi, Yamuri Rynichi, Tanigawa Shuntaru y Satoko Tamura, se ha sumando ya, por sus indiscutibles y relevantes méritos, Naohito Watanabe, poeta y novelista, quien recientemente publicó en Japón su última novela: “Retrato de la Familia Perdida”, favorablemente acogida por la crítica por la versatilidad de su prosa y la universalidad de la temática literaria que caracteriza el estilo del señor Watanabe.
Como amante de las letras y como nicaragüense, felicito de la manera más cordial al fino escritor Naohito Watanabe, al diplomático japonés de servicio en nuestro páís y, especialmente, al amigo que hemos tenido el privilegio de tener, aunque sea temporalmente, entre nosotros, por la traducción al japonés del libro “AZUL” y por la devoción que ha demostrado siempre por nuestro Rubén Darío, gloria inmortal que Nicaragua comparte con legítimo orgullo con toda la humanidad.