Variedades

Una vieja carta de Carlos Martínez Rivas


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ŤSan José, 23 Septiembre, 1971.;


Bon jour, Lesbia.;


No quisiste extenderme la mano para despedirte la noche de la clausura, e hiciste mutis por el foro con el italiano. Por aquí hemos quedado bastante solos sin todos ustedes. Fue un súbito desagüe. Un mar que se retira. A esto ańade la depresión alcohólica promovida por tantos días de wisky, excitación, desvelo, aburrimiento de espectáculos, desnutrición. Too many days of wine and roses!;


El primer encuentro con tu singular persona (en el comedor del Hotel Regis, cuando te vi entrar en shorts, pálida y todavía para mí que no te conocía y entre tantos grupos, sin nacionalidad todavía), a la última visión que tuve de ti (saliendo furtivamente por la puerta del foyer del Teatro Nacional); de ese primer encuentro, repito, a la última visión, hay un buen trecho de sensaciones, sentimientos, interrogantes, encuentros y desencuentros. ;


Estoy en la oficina, y con todo el trabajo que hay que hacer después de esos días anárquicos. Por eso cierro estas líneas con un saludo cordial, deseándote buena suerte.;


A toi Carlos Martínez Rivasť.;


Esta fue la primera carta que sorpresivamente, sin esperarlo, recibí de Carlos Martínez Rivas, enviada a los pocos días de haberlo conocido o de habernos conocido mejor dicho, en San José, Costa Rica, adonde acudí con un grupo de teatro, dirigido por la Socorrito Bonilla, representando a la UNAN, apoyados y estimulados por Carlos Tünnerman Berheimm. ;


Recuerdo que alguien de la oficina donde yo trabajaba en ese entonces, me entregó la carta, esta carta, como otras tantas que le seguirían, y que lamentablemente, unos ańos después el celo las llevó a la hoguera. La vergüenza ajena y el honor contra el horror no permiten nombrar a los pirómanos. ĄTotal, ya para qué! Pues aunque algunas se salvaron, el tiempo y las mudanzas de país en país provocaron la pérdida de estas cartas y otras cosas tan valiosas para mí. ;


Carlos Mejía Godoy, compańero de trabajo y amigo extraordinario de esa época, disfrutaba tanto o más que yo quizás las cartas del otro Carlos. Y las leía una y otra vez. Recuerdo que algunas cartas le encantaban tanto a Carlos Mejía, y me pedía que le sacáramos copia. Yo sentía a veces que las cartas que Carlos Martínez Rivas me enviaba eran más importantes o más esperadas por Carlos Mejía que por mí. Se embelesaba tanto leyéndolas que a menudo yo no sabía en poder de quién estaban las cartas. ;


Carlos Martínez Rivas alimentaba una especie de borrachera intelectual sensual, el embeleso por el poeta, compartiendo mutuas simpatías por la lengua y literatura francesa, por el cine europeo y por la buena música.;


Carlos me escribía, me perseguía, me llamaba por teléfono a Managua, se me aparecía en mi casa y yo le acompańaba en sus bohemias noches. Muchas noches y días compartimos con Chichí Fernández y su Gloria, con el mismo Carlos Mejía, con Manuel Zurita y su Estrella enferma, desquiciada, en el barrio de Monseńor Lezcano... Y yo ahí, sin beber, sin fumar, sin coger una estrella de las tantas que me iluminaban. Amante de la libertad, no las quería para mí, las quería libres. ;


Carlos Martínez cantaba siguiendo la voz de Cuco Sánchez y de la Chabela Vargas, de quien decía habían sido amigos y tomaban juntos, no sé si en México o en Espańa. En San José nos íbamos a comer a los restaurantes chinos, al Jo-Jó, a otros refinados y a otros no tanto, caminábamos por las aceras y me seńalaba las cantinas que él solía frecuentar cuando el dinero le escaseaba. ;


El rito de mi relación con los dos Carlos, se extendió allá en San José cuando una tarde me presenté en casa de Luis Enrique Mejía con el poeta Martínez Rivas. Luis Enrique no conocía a Carlos y la noche se hizo corta, tanto que a pesar de que Luis Enrique que en esa época trabajaba como ejecutivo de ventas en una tienda, tenía que estar muy temprano a la mańana siguiente en su trabajo, las cuerdas de la guitarra y la charla amena no cesaron hasta casi la madrugada. ;


Alejandro, el de CPU y América Mejía Lara, los hijos mayores de Luis, estaban chiquitos. Alejandro no mayor de 2 o 3 ańitos, no dejaba de tocar la guitarra de su papá tratando de sacarle algún sonido.;


Iguales encuentros hacíamos con Manlio Argueta y su Carmen, poeta salvadoreńo que ahora, vuelto a su país, es el Director de la Biblioteca Nacional de El Salvador. ;


No sé cuándo ni porqué motivo, Carlos se quedó una vez con mi anillo de bachillerato y yo, temerosa de que fuera a terminar empeńado en una cantina, en un bar o luciendo en otros dedos de otra mano, lo llamaba a San José pidiéndole me cuidara mi joya preciada y que me lo enviara. ;


ŤQué bárbarať -me decía- no seas tan desconfiada. Perdé cuidado que no lo voy a empeńar, primero muertoť. No recuerdo qué tanto tiempo pasó, si un mes o dos o tres. Un día me llamó y me dijo: Ťesperame mańana que sólo voy a entregarte tu anilloť. Y vino a dejármelo realmente.;


Quise compartir estas anécdotas, como un homenaje a Carlos Martínez Rivas. Y agradecer el amor, la admiración que sienten por él amigos mutuos como el mismo Carlos Mejía Godoy, que presentó parte de un trabajo musical extraordinario basado en la obra de CMR, a Evelyn Martínez, a Egda Vélez, al joven José Arias Dubois, declamador de exquisito talento, seguidor con luz propia de los pasos de su padre, a la incansable y nunca anémica en sus retos y luchas, Martha Zamora Llanes, inventora de este gran amor devoto por Carlos Martínez Rivas. A toi. ;