Turismo

Cascada “El Zanate”, emoción de alturas y aventura extrema

Explorar sitios que aún no tienen las condiciones que garanticen la seguridad de los turistas es, sin duda, una aventura extrema, pero da un valor agregado a las experiencias, pues probás que aun con una vida sedentaria detrás de un escritorio, podés asumir retos y cumplir metas… con un guía competente apoyando en todo momento.

María Haydée Brenes

Enfrentarnos al reto de escalar sin más instrumentos que nuestras manos, piernas y voluntad un escarpado farallón de 35 metros sin duda hizo que la emoción se adueñara de todos los periodistas durante el “press tip” que organizó el departamento de mercadeo y publicidad del Intur, junto a la delegación de esa institución en Carazo.
Aunque nuestras edades oscilaban entre los 25 y 56 años, todos nos dispusimos a cumplir con el recorrido que duró dos horas y media en la linde del río Guayabal, agarrados de ramas, resbalando con piedras y admirando el potencial de este sitio, ubicado en la comunidad de San Miguelito a 40 minutos del municipio de Diriamba.
Día de descubrimiento
El guía de la expedición, compuesta por cinco mujeres y ocho hombres, fue el profesor de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua del Centro Universitario de Carazo (UNAN-CURC) David Aráuz Carrillo, quien nos advirtió al inicio de la aventura que era un día de descubrimientos y riesgos, porque el sitio aún no está abierto al público, pues no presta las condiciones de seguridad.
“Los caminos de la comunidad se encuentran en mal estado, de manera que es inimaginable pensar que un vehículo pueda ingresar a la cascada – dice el profesor Aráuz- quizás sea esta la razón por la cual aún permanece limpia y son muy pocas las personas, además de los habitantes cercanos, que se bañan y lavan en el río”.
En la cascada
Sortear el agua, hacer bromas, quitarnos los zapatos para no mojarlos, resbalar en las lajas lamosas y ver nadar raudos pequeños pecesillos distrajeron nuestra atención hasta que el guía anunció: “Llegamos a la cascada”, lo cual no me emocionó al inicio, porque únicamente lograba ver el río Guayabal como un pequeño espejo sobre las lajas.
Cuando me pidieron asomarme a la orilla de una piedra, vi un enorme acantilado que a algunos provocó vértigo, pero las cosas cambiaron al descender 20 metros ayudada por mis compañeros de aventura, muchas ramas y raíces, pues sólo así se puede admirar la cascada El Zanate que tiene tal vez 15 metros de ancho y una altura como ya mencioné de 20 metros, el agua cae en varias correntías y el musgo centenario se adhiere a las enormes piedras como si fuese su piel.
El descenso a la orilla del río continuó y lamentamos profundamente que los recipientes plásticos llegaran antes que nosotros y se adueñaran de las raíces de inmensos árboles del bosque de trópico seco característico de la zona.
“Limpiar este lugar es una tarea que realizaremos en conjunto con los estudiantes, pero no sólo implica recoger los desechos, es hacer conciencia a la gente que tira todo a la calle o a los cauces, pues éstos llegan a otros ríos que son pequeños afluentes de El Guayabal y cuando concluyen las lluvias esto es lo que encontramos”, destacó Aráuz, mientras levantaba varias botellas.
La serpiente
No tengo dudas que al camino zigzagueante que debimos recorrer para llegar hasta este salto fue el que dio origen a su nombre “La Serpiente” --si me lo preguntan--, aunque nuestro baqueano aseguró que el nombre se debe a la gran cantidad de serpientes barba amarilla que habitan el sitio.
La llegada al borde del salto “La serpiente” implicó el mayor reto de la travesía, pues los farallones de 35 metros de altura --sólo 3 metros menos que los del Cañón de Somoto-- no tenían muchas raíces de las que asirse, pero la estructura de la piedra parecía gradual de manera que se amarró un mecate a un árbol y comenzó el descenso acompañado de gritos como “no baje nadie más” y “¡ay!, me voy a caer”.
Lo bueno es que nadie llegó a la histeria y tuvimos el privilegio de admirar uno más de los miles de sitios escondidos que Nicaragua posee en este redescubrimiento. La partida del río El Guayabal fue agotadora, porque el sol era inclemente, el polvo del camino se adhirió a nosotros como una película y sin necesidad de tinte al llegar al vehículo que nos trasladó a Diriamba, todos éramos castaños.