Sucesos

El hombre que pagó por el crimen de su padrastro

* Ninguna autoridad lo escuchó y dice haber sido juzgado por ser un campesino humilde, que apenas puede firmar

Máximo Rugama

19 años, cuatro meses y 16 días. Justo ese tiempo duró el encierro de Natividad Díaz Hernández, originario de la ciudad de Ocotal, en el Sistema Penitenciario Regional Puertas de la Esperanza, por un crimen que él asegura fue cometido por su padrastro

ESTELÍ
Natividad, de 46 años, sin atisbo de odio en el rostro, toma su mochila y sus pocas pertenencias para abandonar el reclusorio que fue su “hogar” durante casi 20 años. Viste un jeans, un poco gastado, y una camisola, pues son las prendas más “presentables” que posee, para retornar a la sociedad de la que fue sustraído injustamente a finales de los años 80.
Este hombre, de aspecto campesino, piel morena y baja estatura, dijo con hondo pesar que “estaba pagando injustamente una condena. Yo no cometí ningún delito”, insistió.

Desconoce suerte de su madre
Recordó aquel fatídico día de 1988. La Policía lo capturó en una comunidad del municipio de Ocotal, cabecera del departamento de Nueva Segovia. Su mamá estaba enferma, pues para aquel entonces era una matrona de más de sesenta años, y después de ese día ya no supo de su suerte, por lo que desconoce si murió o vive a pesar de su avanzada edad.
Díaz Hernández afirma que quedó huérfano de padre cuando era un niño y su mamá fue viuda aún joven. Por ello, tiempo después, se juntó con el sujeto que lo marcaría de por vida.
Aunque físicamente ocupó el lugar de su padre, al establecer una relación amorosa de hecho con su madre, aquel sujeto se convirtió en un verdugo para Natividad.
Su opinión respecto a su padrastro quedó más que comprobada cuando en 1988 cometió el crimen atroz, al quitarle despiadadamente la vida a un ciudadano de Ocotal. Aunque Natividad en aquel entonces protestó, pataleó y lloró ante el juez a cargo del proceso, nadie quiso comprobar su versión.
Aquel judicial, sin pizca de humanismo y quizá un tanto parecido al padrastro de Natividad, lo condenó a treinta años de cárcel. A sus 26 años se vio metido en una celda, donde su carácter de campesino norteño lo llevó a conocer a sus compañeros de infortunio, quienes lo bautizaron con el cariñoso apodo de “Flechita”, un término irónico, pues lo menos que distingue a Díaz Hernández es la rapidez para hacer sus menesteres.

Humilde e inofensivo
Sus compañeros de presidio se referían a él jocosamente, comparándolo con el querido personaje de la comedia mexicana “El Chapulín Colorado”, porque es más ágil que una tortuga y más fuerte que un ratón. A los chistes, Díaz Hernández sólo respondía con su humildad, su carácter servicial e inofensivo, y así se ganó el aprecio de sus compañeros de celda y funcionarios del Sistema Penitenciario.
Personajes que visitan el Sistema Penitenciario de Estelí, incluidos funcionarios de los organismos de defensa de los derechos humanos, se mostraron siempre incrédulos de que “Flechita” fuera capaz siquiera de matar una mosca, mucho menos de que hubiese cometido un crimen atroz.
Durante los primeros años de prisión, como suele ocurrir, algunos de sus parientes le visitaron, y hasta algún plato de comida le llevaron, pero al pasar el tiempo se aburrieron y se olvidaron completamente de este humilde hombre. Tampoco los “amigos” aparecieron, nunca se acordaron de él, por lo que no los considera “brotheres sinceros”.
Después de tanto tiempo en la prisión, al salir a la ciudad de Estelí, era evidente que se mostraba desorientado, por no decir completamente perdido.
Fue una buena samaritana, por cierto originaria de la ciudad de Ocotal y con un hermano en prisión, quien le apoyó pagando un taxi desde el Sistema Penitenciario Regional “Puertas de la Esperanza”, conocido también como “La Chácara”, hasta la parada del autobús con servicio expreso que los llevaría a la tierra que lo vio nacer.
“Fue mi hermano, que está también preso, quien me encomendó que le ayudara a ‘Flechita’, porque es una persona demasiado humilde”, dijo la dama, quien declinó dar su nombre, antes de despedir a Natividad en las puertas del penal.
“Es duro estar aquí, y yo no le recomendaría a nadie la cárcel”, agregó la mujer, al perder de vista al protagonista de esta historia, quien a su vez se marchó reflexionando sobre aquel viejo dicho, que reza: “En la cárcel y en el hospital, es donde se conocen los verdaderos amigos”.

No aprendió a leer
Pese a su prolongado encierro, “Flechita” admite que no pudo aprender a leer ni a escribir, “soy rudo”, dijo, justificando que “con costo puedo hacer la firma mía”, aunque contrariamente indica que durante un tiempo trabajó haciendo limpieza en la escuela que tienen en el centro penal, donde los reos que no saben leer o escribir pueden recibir el pan de la enseñanza, y quienes ya tienen un nivel más avanzado, cursar la primaria o la secundaria.
Ahora piensa rehacer su vida y en su lugar dedicarse aunque sea al trabajo del campo, como jornalero, “ni modo”, dijo con voz entrecortada y melancólica.
“No tengo hijos, y quizá ya ni madre”, dijo. Quizá “Flechita”, ya en la vida cotidiana pueda encontrar a “buenos samaritanos” que le ayuden a salir adelante y poder construir un futuro mejor y devenir distinto al que hasta ahora le ha tocado enfrentarse.
“Flechita” agradeció de forma infinita al doctor Luis López, juez de Distrito de Cumplimiento de Pena y de Vigilancia Penitenciaria, el hecho de que haya contribuido para que saliera de su encierro, aunque bajo la figura de libertad condicional por enfermedad. De su padrastro no le interesa saber nada, porque el rencor a fin de cuentas no le devolverá los casi 20 años que perdió de su existencia.