Sucesos

Una nuera promiscua y asesina

* Joven, confesa coautora del crimen, le habría asestado uno de los mortales golpes en la cabeza * Según vecinos, ella también le coqueteaba a su suegro, y hasta se desnudaba ante sus ojos cuando él se bañaba en la quebradita que pasa por el patio de la casa, que sirvió de escenario del crimen * Hasta las “ciencias ocultas” salieron a relucir en la trama asesina

Leoncio Vanegas

Los retorcidos sentimientos de Lidia María Martínez Sevilla, de 25 años, son los que al parecer la llevaron a participar del crimen para librarse de su suegro, por razones que sólo ella sabe y que quizá la víctima se llevó a la tumba

JALAPA, NUEVA SEGOVIA
La niñita María José Pineda García, de siete años, regresó del patio de la vivienda gritándole a Diana María: ¡Mamá, mamá, mi abuelito está muerto!”, pero ella no le creyó en el instante que le esperaba fuera de la casa, con las llaves de la puerta que le había mandado a pedir a su padre, don Juan Alejandro García, de 66 años. La pequeña se había introducido por un hueco del portón de la cerca del patio.
El sexagenario se había quedado cuidando la casa de su hija, ubicada en la salida a El Pataste --periferia norte de esta ciudad--, para que ella y sus demás hermanos pasaran el fin de año junto a su madre, doña Teresa Acuña, que vive en el centro de la ciudad.
Diana María creyó en las frases inocentes de su pequeña, pero las interpretó a su manera, pensando que su papá estaría tirado en el suelo, quizá emborrachado, porque pudo haber tomado licor con alguien en la noche del 31 de diciembre. Pero María José le aclaró que no, que tenía una herida con sangre en la cabeza.
Entonces comenzó la tribulación, cuenta la joven madre. Los vecinos se alarmaron, pues habían pasado pocas horas del primero de enero y las radios locales no habían informado nada lamentable que hubiera ocurrido en el municipio.
Risas frente a la escena del crimen
Ante la bulla, también Lidia María Martínez Sevilla, de 25 años, su cuñada, casada con Julio César, uno de sus cuatro hermanos, que trabaja en los Estados Unidos, se asomó a la cerca de la casa de enfrente. “Me vio, y se rió”, recuerda Diana.
Desesperada entró a la casa, y constató que el cuerpo de don Juan Alejandro estaba tirado boca abajo, junto a la caseta de la letrina. Para Diana María y su hija la escena era espantosa, pues su progenitor yacía sin vida sobre un espeso manto de sangre.
Cuando los peritos policiales y el médico forense reconocieron el cadáver, éste presentaba, además de la ruptura craneal, una larga y horizontal cortadura en el cuello.
“Sólo con el golpe de la cabeza era suficiente para provocarle la muerte. Lo degollaron como para asegurarse de que no sobreviviera”, dice la adolorida joven.
El día del crimen, Francisco, de 43 años, otro de los vástagos del ahora finado, declaró a EL NUEVO DIARIO que no era lejana la imaginación de que los asesinos de su padre estuvieran entre los vecinos, e incluso, entre los curiosos del macabro hallazgo.
Una mancha de sangre en la blusa
Horas después, los vecinos de la vivienda de la escena del crimen fueron sorprendidos por una patrulla de la Policía del municipio, cuyos gendarmes sacaban de su casa, construida con desechos de madera de pino, a Lidia María, más conocida en el sector con el mote de “Piruta”, la extrovertida nuera del difunto Juan Alejandro, la misma que había ofrecido a Diana María una irónica sonrisa en el momento en que su pequeña hija le mencionaba la muerte de su padre.
Todo hace indicar que la Policía tomó como hipótesis verdadera la versión del vecindario, que sospechaba que la muerte tenía como móvil una supuesta relación pasional.
Por las radios locales los parientes del infortunado señor se enteraron de que además de Lidia María, había otro autor material del asesinato atroz, un joven de nombre Wilmer Pérez Rivas, que sigue prófugo de la justicia. La Policía ocupó un garrote que los supuestos asesinos habían echado al fondo de la letrina, y el cuchillo con que degollaron al anciano lo encontraron sobre un perchero.
Según un investigador policial, la mujer involucrada en el penoso hecho en sus primeras declaraciones no aceptaba su participación, pero una mancha de sangre, disimulada por el rojo de su blusa, la acusó. “Después, ella, de la forma más tranquila, aceptó”.
Francisco dijo que en la reconstrucción de los hechos, su cuñada mostró a los investigadores “de qué forma agarró el garrote, e hizo el ademán de cómo golpeó a mi padre”, relata.
Un hombre de pueblo
“Don Juan era una persona honesta, muy seria, pero ella no. Incluso era tan coqueta con él, que cuando lo veía bañándose en la quebradita (que cruza los patios del caserío), ella iba a donde él y hasta se le desnudaba. El señor era tentado por ella. Será que también lo tenía embrujado”, supone una de las vecinas de la víctima y de la supuesta victimaria.
Añadió que la mujer no era grata en el sector, porque su casa era de citas para brujos, mujeres de la vida alegre y homosexuales. Ella brindó a END una carta con 77 firmas que entregaron en agosto pasado al alcalde Humberto Pérez Largaespada, en la que le demandaban que sacara a la mujer de un predio público que la alcaldía le había prestado para tener su improvisada choza.
“Hasta que se dio esa muerte horrenda el alcalde mandó a derribar la casa de esa mujer. Ahora estamos un poco tranquilas”, dijo

Dinero, envidias y vida alegre
Lidia María ha procreado tres hijos, el mayor de siete años, y la menor de unos tres meses. Según la versión de sus cuñados, Julio César, su esposo, la ama y le mandaba remesas hasta de 300 dólares a la semana. Pero tanto el ahora difunto como sus hermanos le aconsejaban que mejor ahorrara el dinero, porque su mujer lo derrochaba en andanzas nada honestas.
Ésta es otra de las hipótesis sobre el móvil: que “Piruta” odiaba a su suegro por el presunto “boicot” que estaba promoviendo para que su hombre la abandonara para siempre.
“Ahora Julio César está de acuerdo de que la echen presa, y hasta ofrece dinero, que creo que no es necesario, porque las cosas a como ocurrieron, ahí están”, dijo Diana María.
El lunes primero de enero, cuando el vecindario, conmovido por la muerte del afectado, estaba abocado a conocer los hechos, a Lidia María se le vio inquieta, y según Diana María --su cuñada--, no permitía que nadie extraño entrara a su casa. “Es posible que allí ocultara al otro asesino, pues los vecinos nos dijeron que lo habían visto a las once de la mañana, y después a la una de la tarde”, refiere.
Toda la noche hubo fiesta en su casa, el equipo de sonido estaba a todo volumen, recordaron los vecinos.
Después de la horrenda muerte de don Juan, varias casas están solas. Diana María dijo que nunca regresará a la suya, y que la tiene en venta. Otra cuñada, que vivía contiguo, se fue a vivir a donde su mamá, porque tiene miedo después de lo ocurrido.
Ese miedo persiste entre el vecindario, que también colinda con la vegetación de los cerros vecinos, donde a Wilmer se le ha visto merodear. “También nos ha llamado a los celulares, de que si nosotros vamos al juicio de ‘Piruta’, igual suerte vamos a tener, como don Juan”, dice otra de las vecinas, con su rostro lleno de terror.