Sucesos

“ENDEREZANDO” una joven vida

* Del cigarro al licor, y de allí a las drogas, sin obstáculo alguno * El sufrimiento de unos buenos progenitores y el declive de un muchacho que bien pudo ser ejemplar * Desde su encierro se rehabilita y ve hacia delante, para no caer jamás

Pablo Antonio Alfaro Velázquez es el vivo ejemplo de lo que ocurre cuando los jóvenes deciden alejarse de sus padres para seguir las “enseñanzas” de malas amistades. A él éstas lo indujeron a todo tipo de vicios, desde su temprana infancia

ESTELÍ
Este adolescente, de 17 años, hoy reconoce que en su casa siempre recibió buenos consejos de sus padres, porque son trabajadores y honrados, pero lo que él llama “esas compañías”, lo hicieron desde muy pequeño introducirse en el mundo de las adicciones.
Pronto, del dañino tabaco pasó al alcohol, y sin tropiezos de pronto a las drogas, siendo aún un niño.
El episodio del ventanal
Esa vida lo llevó a que en una oportunidad, bajo fuertes alucinaciones que le provocaban las sustancias que consumía, destruyera un ventanal de vidrio que había en una casa vecina. En un arranque de furia, pensó que las ventanas eran un cuerpo gigante que pretendía exterminarlo, y lo mejor que podía hacer era desbaratarlo él antes que ser la víctima.
La propietaria del inmueble, ante esa situación, presentó denuncia contra Pablo Antonio, para que respondiera por los daños, y como el joven y su familia no tienen recursos para pagar, al final del proceso fue condenado.
En la calma de su aislamiento, el jovencito, quien gracias al Código de Niñez y la Adolescencia en vez de estar tras los barrotes se encuentra rehabilitándose en el Centro de Albergue de la Asociación de Niños, Niñas y Adolescentes Huérfanos, por la Educación y la Salud, Anahupes, señala que él se introdujo inicialmente al consumo del tabaco, motivado por unos amigos, quienes cuando él tenía nueve años le dijeron que al fumar experimentaban una sensación “extraña y bonita”. Pero qué va… allí empezó su perdición.
El primer cigarro
“Como mi papá cosechaba tabaco, y yo era pequeño, las hojas no tenían ningún significado, pero cuando un amigo llegó a la casa, las enrolló para hacer un cigarro y empezó a fumarlo y me invitó a que yo también lo hiciera”, rememora Pablo, el joven espigado, moreno, de hablar fluido y originario de una ciudad norteña.
“Ese mal amigo me dijo que estaba perdiendo lo que tenía en mi casa, ya que podía fumar”, asegura este muchacho, quien aseveró que en una oportunidad sus padres hasta lo corrieron de la casa porque ya no soportaban su comportamiento, en los inicios de su adictiva esclavitud.
En esa época, recuerda, se fue a alquilar un cuartito en una casa y empezó a trabajar en una carpintería, pero no tardó en caer a los pies de las drogas. “Después de los cigarros le hice a la pega, posteriormente a la marihuana”, destacó.
Libertad para la pega
Según Pablo, a su escasa edad ha consumido hasta la piedra de crack, no obstante señaló que esa droga no le “pareció” y que su vicio favorito es inhalar pegamento amarillo, porque además de ser barato (accesible en cuanto a precio) podía “ñatear” (inhalarla) en cualquier lugar.
“Ese vicio me llevó a la ruina, significó una pérdida grande en mi vida, ya muchas personas no me tenían la confianza de siempre, y me rechazaban cuando estaba bajo los efectos de la pega”, aseguró Pablito, visiblemente arrepentido. Según Pablo, su mamá ya no le tiene la misma confianza y aprecio que antes, pero es que además de sus vicios, varias veces la metió en serios problemas debido a la droga y la vagancia.
No obstante, tiempo atrás, su mamá lo internó en un centro de rehabilitación ubicado en Managua, ansiando que Pablo de una vez por todas se alejara de las malas costumbres, pero al joven no le agradó el ambiente y retornó a Estelí, donde después del incidente del ventanal y su consecuente condena por daños, asegura estar tranquilo, ya que recibe una atención adecuada y profesional.
Cambiar para siempre
Destacó que su encierro, ha sido un nuevo proceso en su vida y espera cambiar para siempre, porque la situación que llevaba antes era sumamente difícil.
“Antes el vicio me agobiaba y sólo tenía fuerza y voluntad para buscarlo, y me olvidé siempre de lo bueno que es estar con la familia, superarse, trabajar, luchar por salir adelante”, manifiesta.
Ahora, Pablo Antonio sabe trabajar en albañilería y también aprendió a cocinar, así como a elaborar una serie de artesanías.
El joven agradeció todo el apoyo que el personal de Anahupes le ha brindado para encontrar una nueva vida, ya que aún le falta tiempo por permanecer en rehabilitación en el centro-albergue que tiene esta ONG en Estelí.
A partir de esta semana, el joven Alfaro Velásquez se encuentra rehabilitándose en un centro situado en la ciudad de Condega, Estelí, donde se perfeccionará en el arte de confección de hamacas, un oficio que al parecer le gusta mucho.
Sufrimiento de la familia
Pablo no pretende erigirse en ejemplo para los jóvenes, sólo cuenta su azarosa historia para que quienes la conozcan, sepan a qué se enfrenta un esclavo del vicio. Refiere que hubo personas mayores que aconsejaban a sus padres para que lo supieran orientar y así dejara las drogas, pero al parecer ellos no encontraron las herramientas necesarias, y fue la vida quien se encargó de hacerlo.
Aun así reflexiona que en varias ocasiones mintió a sus progenitores, y por eso ellos creían que él se estaba rehabilitando, cuando en verdad cada día se hundía más en el fango de las drogas. Para entonces, Pablito había perdido la autoestima y desvalorizó su vida.
Así fue como perdió a su novia y a varios amigos que siempre trataron de alejarlo del vicio. Nada que ver con el jovencito que era su vecino y lo llamaba su amigo, que llegaba a la bodega donde su padre almacenaba el tabaco, y que lo indujo a fumar.