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Margarita se desentiende de la conversación, discutir por el líquido seminal de un hombre no es algo que considere de su altura

¿Estás loca? --regaña Estelí a Margarita-- “El Bobby puede ser muchas cosas, pero algo que definitivamente no puede ser es un padre”.
“Si pensás que van a casarse estás alucinando, amiga” --le dice Julia mezclando la ira y la alegría ante la posibilidad de que Margarita esté esperando un hijo de su pera madura.
“No es seguro todavía” --trata de sonar tranquila Margarita, sin poder entender en qué momento decidió quedar embarazada. Quisiera culpar al reloj biológico, pero sabe muy bien que ese tipo de inquietudes nunca han pasado por su cabeza, tampoco la posibilidad de embarazarse alguna vez, lo cual a sus ojos sería una renuncia total a su independencia, pues ella puede verse a sí misma como mala mujer, arpía, destruye hogares, pero nunca se ha imaginado como mala madre.
¿Por qué el Bobby? --le pica la curiosidad a Julia-- “Con tantos fanáticos que derramarían la sangre por vos, te buscaste al único que es incapaz de recordar tu nombre 20 segundos después de un orgasmo”.
“Estaba ahí” --miente Margarita con descaro, ya que un par de semanas antes ha contratado a un investigador privado para seguirle los pasos al Bobby y avisarle de cada uno de sus movimientos, mientras su cuerpo se alistaba para la fertilización.
“Que te crea yeyo” --se contiene Julia, quien sospecha una conspiración entre las sombras.
¿Cuándo lo sabrás? --evita Estelí con su pregunta un conflicto innecesario, feliz de no ser la única del grupo con el rótulo de madre.
“Voy al médico esta tarde” --trata de decirlo con indiferencia, pero un rayo de luz le ilumina la mirada.
¡Tramposa! --grita ya molesta Julia al leer en el comportamiento de Margarita que ha tendido una trampa, una que ella hubiese querido tender antes, si al menos la acompañase el valor para ese tipo de decisiones alocadas. En la noche culpará a Sor María, por esa educación que le impide actuar según sus mayores deseos.
Margarita se desentiende de la conversación, discutir por el líquido seminal de un hombre no es algo que considere de su altura. Paga la cuenta, se va para su cita con el médico.
Le sorprende que al sentirse madre la visita al ginecólogo pierda todo su anterior erotismo, en consecuencia no es capaz de imaginar los ojos del doctor posados hambrientos en su sexo, que en un arrebato animal la posea sobre la camilla, ahogar los gritos de placer y que las otras clientes no se enteren. Sabe que es una ficción, pues los
doctores son inmunes a las mujeres desnudas, con los años, le confesó más de uno, es como ver uñas, son distintas en todas las mujeres, pero son básicamente las mismas uñas al final de los dedos.
¿Para cuándo? --pregunta Margarita ansiosa.
¿Para cuándo qué? --responde el doctor confundido.
“El parto doctor, el parto, sé que estoy embarazada, lo siento en todo mi cuerpo”.
“Me gustaría hacerte unos exámenes” --dice él.
“Doctor, si un examen de embarazo no dura más de diez minutos”.
“No estás embarazada Margarita… --le dice el doctor con tono grave--, tenés un quiste en los ovarios”.
Margarita no escucha más, quiere estar embarazada, quiere ese amor gratuito de las novelas de las siete de la noche. La devoción de madre e hijo. No escucha, no quiere saberlo, no le interesa que quizás no pueda tener hijos, tampoco los temores del doctor de que quizás sea algo grave.
Margarita no escucha, pero llora, no por la vida que podría perder, sino por la vida que no ha tenido.