Salud y Sexualidad

La dura vida de un aprendiz de Bruce Lee en China


Templo Shaolin, China / EFE
Miles de extranjeros viajan cada año a las inmediaciones del Templo Shaolin para aprender artes marciales, aunque no todos triunfan en su propósito, debido a la dureza de la enseñanza y la disciplina que exige.
Cerca de este enclave de la provincia central china de Henan, donde el indio Boddhidharma comenzó a entrenar a los monjes hace 1,500 años para que defendieran el monasterio, viven jóvenes veinteañeros de todo el mundo que buscan la mágica combinación de lucha y meditación zen inventada en Shaolin.
Pero no todos logran su cometido: algunos se quejan del lento progreso que experimentan durante sus meses en las escuelas, otros de las escasas peleas.
Y muchos, de la dureza de los métodos en estas escuelas, que por su austeridad, los gritos de los profesores y las órdenes marciales, recuerdan a cuarteles del ejército, aunque llenos de niños en este caso.
“Esto es peor que el servicio militar”, asegura Ofer Barocas, un joven estudiante israelí que lleva un mes y medio en una de las escuelas de kung fu, y que puede establecer la comparación, pues ha estado tres años en el ejército de Israel, como manda la ley de su país.
Ofer se levanta, como el resto de estudiantes, a las 6 de la mañana, 20 minutos después se da las primeras carreras del día, y tras un frugal desayuno vuelve a los ejercicios a las 9, rutina que a lo largo del día se va repitiendo y es aún más dura para los que llevan más tiempo.
Su escuela, llamada Xiaolong (“Pequeño Dragón”), se encuentra en las afueras de la ciudad de Zhengzhou (capital de Henan, centro), a hora y media del templo Shaolin en el que todo empezó.
El director de la escuela, Xie Xuyong, es un antiguo monje-guerrero de Shaolin, que colgó los hábitos en 1999 para abrir esta escuela.
“A los que se quedan en el monasterio no les molesta en absoluto que nos vayamos. Eso ayuda a extender el kung fu”, cuenta a EFE el ahora profesor, mientras muestra las instalaciones en las que viven los alumnos y las aulas donde estudian chino y budismo.
Por unos 370 dólares al mes, la escuela da a los alumnos extranjeros techo, comida y formación, aunque eso sí, hay que respetar las reglas: sólo se puede salir del recinto los sábados por la tarde, y si se regresa después de la hora convenida, se recibirá una reprimenda o puede haber flexiones “extra”.
Xie reconoce la dureza, pero explica que es necesaria para aprender el espíritu del kung fu, y admite que él como monje recibió castigos físicos durante el aprendizaje, aunque ahora no aplica estos métodos en su centro.
Y advierte a los estudiantes extranjeros que el kung fu no es como las películas: “Que no esperen ancianos de larga barba blanca volando por las montañas, eso es sólo ficción”, comenta, riéndose de los clichés que ha creado el cine.
“A veces me dicen los que vienen que por qué no les obligo a transportar agua en cubos, como a Jackie Chan en sus películas. ¡Ya tenemos agua corriente, no hace falta!”, señala.
Lo que sí coincide con las películas del género es la forma en la que los profesores al principio exasperan a los alumnos para poner a prueba su paciencia y sus deseos de aprender kung fu: como cuando Kesuke Miyagi, mentor de “Karate Kid”, le obligaba a “dar cera y pulir cera”.
“Sí, al principio apenas aprenden nada. Queremos ver qué tipo de personas son, si son buenas, ya que no se puede enseñar un arte marcial a alguien que podría usarlo para matar”, explica Xie.
Si se muestra esa bondad, y con paciencia --el profesor recomienda al menos un año en una escuela-- se puede prosperar en las artes marciales, y encontrar la sabiduría física y espiritual que al principio cuesta tanto hallar.
No todos los estudiantes quieren esperar: el alemán Ole Wegener, cinturón negro de karate que fue a China para conocer otras artes marciales, se queja de la falta de combates contra sus compañeros chinos.
Ante ello, el profesor Xie comenta que “es peligroso poner a pelear a los chinos, que llevan más tiempo, con los que vienen de fuera, que pueden lastimarse”.
Los niños chinos que estudian en la treintena de escuelas de los alrededores de Shaolin suelen iniciar allí sus estudios a los seis años, lejos de su familia.
Muchos de ellos pasan 15 años internos, volviendo a sus casas sólo un mes al año, y salen convertidos en expertos en kung fu shaolin, tai chi y sanda (boxeo chino).
El destino de estos chicos --hay muy pocas niñas-- suele ser la Policía y el ejército, que gustan de reclutar a expertos en artes marciales, aunque alguno de ellos será profesor, actor para espectáculos o incluso estrella de cine, emulando al gran Jet Li.
El monasterio, que cada año recibe millones de turistas (el año pasado la de Vladimir Putin, amante de las artes marciales, estaba antes rodeado de escuelas, pero fueron obligadas a trasladarse para no dañar el paisaje de las montañas Songshan, consideradas sagradas