Salud y Sexualidad

Viejas trampas

El amor de una mujer de 40 años por un chico de 20 no entiende de esas sutiles diferencias de la cultura y el espíritu

Estelí no puede dejar de odiar a su ex marido por haberle arrebatado tantos suspiros, por haberse declarado transexual, y principalmente por ser capaz de conseguir más teléfonos personales que ella cuando anda en la calle con sus escotes atrevidos.
También lo odia porque no quiere sentirse como una divorciada mantenida por el ex marido. Por lo tanto, ha tomado la feliz decisión de aportar con sus conocimientos a la formación de los universitarios.
Después de todo, sus padres y la indiferencia del marido le hicieron invertir varios años en educación superior de la mejor calidad del mundo.
Ética y religión parece, para el público mundano, una clase cuyo único propósito es hacer perder a los alumnos cuatro horas semanales en diatribas sin sentido sobre la importancia de tener principios en este mundo cruel.
Al final, cualquier docente que se respete se sentirá satisfecho con algún alumno que muestre sus principios elementales en el ejercicio de su profesión y la vida cotidiana, aunque para eso tengan que transcurrir 40 años de docencia. En la hora de la hora, un buen acto vindica toda la existencia.
Estelí es aún idealista, quizás por eso su énfasis en la práctica ética en la vida cotidiana. Espera que tanto insistir sobre lo mismo active algo en el inconsciente de sus alumnos.
Sin darse cuenta, su apasionamiento en el tema pronto despierta el interés del joven músico que intenta pasar por última vez la clase de ética, misma que en el pasado ha preferido abandonar por mantenerse en desacuerdo con una ética divorciada de lo real.
Al menos eso le dice a Estelí, quien pasa varias noches feliz porque alguien en el universo coincide con ella en algo tan elemental. Entonces se siente muy docente.
Moisés, su alumno, se aplicó en ética. Compartieron un café, una camaradería especial llena de citas de autores famosos y otros no tan conocidos, al menos les bastó saber que ellos encontraron algo en común en el mundo de la ética. Luego él la invitó al cine, una cinta premiada, otro café, un beso... y las disculpas de rigor.
Estelí, luchando consigo misma para no manchar su expediente profesional, piensa todas las formas de decir: “Gracias, pero no. Hay cosas que podrían ser lindas si son, pero no pueden ser”.
Luego piensa que ha pasado la vida controlando a la mujer indecente que habita dentro de ella, la que no fue a la escuela católica, la que no llegó virgen al matrimonio, la que no sospechó los sueños transexuales del marido, la que no amó, la que deseó carne sin compromiso y nada más.
Entonces Moisés le dice que sólo ellos se tienen. Pueden ser amigos, nada más; pero besarse y hacer el amor, qué más da. Y las piernas le tiemblan porque el joven le habla ahora como un hombre, como siempre quiso que le hablasen, “pero es un niño quien se lo dice, es legal, pero es un niño”.
Se entrega a una pasión desenfrenada, sorda a las habladurías de que la ética está por lo general reñida con la carne. Pero el amor de una mujer de 40 años por un chico de 20 no entiende de esas sutiles diferencias de la cultura y del espíritu.
Luego se preguntará en qué momento aprenden los hombres esas artes, olvidando que es la madre quien, sin buscarlo, los forma para hacerles decir lo que todas las mujeres quieren decir: “Te amo”, deja que el mundo se nos venga encima, pero te amo. Viejas trampas, no de los hombres, son de las mujeres que darían la vida por escuchar esas palabras y que sean ciertas.