Salud y Sexualidad

El hombre perfecto

Ella hizo el amor con Róger, o por lo menos así dijo llamarse él. Pero ese día Margarita se llamaba Daisy

Jove

Julia, Margarita y Estelí están cansadas de la gran capital, un pueblo que recta entre el polvo. Para las siguientes vacaciones faltan unas semanas, para su fortuna el poder les permite "investigaciones de mercado".
Está claro para ellas que en estos días hay países del área que es mejor no visitar; no vaya a ser que a una la confundan con otra persona y termine quemada a la orilla del camino.
Nadie -–aunque al menos el contador se los hizo saber-- creería en una investigación de mercado en Cancún, para allí poder valorar la variedad de carnes. Por eso, en la cultura del turismo internacional Costa Rica es el mejor ejemplo de lo que un país debe hacer para incentivar el turismo. Entonces nuestras amigas toman vuelo para el país vecino.
Costa Rica, al menos San José, sí tiene un aire al primer mundo; serán sus edificios, la gente blanquísima pidiendo en las calles con una educación ‘piola’, qué sé yo. Sólo sé que allá las cosas se sienten diferentes.
Sin embargo, los ticos tienen una masculinidad “distinta” al resto de centroamericanos.
“No es que los ticos sean menos machos --explica Estelí-–, es que les gusta platicar más, y si andan de ánimos hasta te acompañan en las compras”.
Al menos las chicas están convencidas de que Estelí fue víctima de compras compulsivas, y casi al momento se vio en la necesidad de comprar todo lo que le gustase sin valorar que su compañía era más bien una buena amiga de nombre Sergio.
Margarita decidió otro camino, quizá por la necesidad urgentísima de la carne buscó en los bares de la ciudad un hombre. El típico macho sobreprotector que pondría su pecho para defenderla del mundo.
En el Café Mundo, en pleno centro histórico, hizo el amor con Róger, o por lo menos así dijo llamarse él. Pero ese día Margarita se llamaba Daisy, las razones por las cuales cambió su nombre son posible saberlas luego, pero no son tan importantes como saber que hicieron el amor en una silla, ante la mirada envidiosa de los comensales que los miraron besarse con pasión.
Julia decidió buscar el amor, o pensó que el amor la había encontrado en San José. Geovanny tenía los dientes blanquísimos y cuando él la beso, ella sintió miedo. Pensó que el mundo se le vendría encima, el corazón estuvo a punto de salírsele del pecho.
“No me quiero enamorar”, confesó Julia.
“Yo tampoco”, le dijo Geovanny.
Pero no pudieron evitarlo, desde Le Monastere, en las colinas de Escazú, vieron la ciudad, las estrellas y estuvieron a punto de declararse el eterno amor que circunstancias así demandan. Fue entonces que notó el gran defecto.
Cuando a Geovanny le picaba el oído, desaparecía sus dedos dentro de la oreja, se rascaba con violencia y terminaba con un sonoro "ahhhhhh" de satisfacción.
Entonces algo dentro de ella se quebró.
“Se murió la ilusión”, le dijo Julia, y lo abandonó en el bar como un niño con hambre.