Salud y Sexualidad

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Margarita tiene un enfoque distante de la cobardía fenomenológica de los hombres que sostiene Julia y la fantasía biológica metafísica de Estelí

Julia no entiende a los hombres. Es definitivo que a pesar de tanto esfuerzo teórico el asunto es más que la limitación intelectual a “ellos son de Marte y nosotros de Venus”.
Ella, aunque se le parta el corazón, es capaz de decir: “Ya no, hasta aquí llegan mis sueños contigo”, cosa que ningún hombre que ella intente respetar o conozca hace por el bien espiritual de una mujer, antes amada y luego repudiada.
“Hasta aquí nuestros proyectos, la idea de la vejez con mantitas en los pies y vos a mi lado quejándote del mundo, ya no más el parque, el cine y la disco, adiós”, ha dicho con dolor en más de una ocasión, y se ha visto obligada a decirlo por encontrar en el automóvil del amado -–que se vuelve cadáver-– un dije, una prenda íntima que ella no compraría por la incomodidad de sacarse el “hilo dental” de una zona tan íntima. “El valor no es lo propio de los hombres”, se lamenta Julia.
Estelí tiene una aproximación distinta al problema del hombre, considera -–tras mucho valorar la posibilidad-- que los hombres serían felices si además de su órgano reproductor masculino tuviesen un órgano funcional femenino. “Funcional en el sentido que recibe placer, pero no puede embarazarse. Así ellos pasarían horas dedicados a lo único importante de su existencia: ‘adorarse’”.
Está claro que esta anatomía convertiría a las mujeres en saco reproductivo –-acaso en la mayoría de los casos las ven con esos ojos-–, encargadas de la limpieza de la casa y asegurar la dieta balanceada de los hijos. Es por eso que en la visión de Estelí “el amor es una ficción”.
Margarita tiene un enfoque distante de la cobardía fenomenológica de los hombres que sostiene Julia y la fantasía biológica metafísica de Estelí. Margarita cree --algunos días de la semana cuando aún no se ha excedido de copas-- que los hombres en realidad tienen un problema de retención de memoria que los obliga a verse en momentos distintos como seres diferentes.
Lo explica así: el hombre que se baña para irse de parranda con los amigos no es el mismo hombre que te invita a un trago en la disco, mucho menos el mismo sujeto que te hace el amor con pasión, y nada que ver con aquel que en la mañana huye de tu cama como un ladrón. “Son varios hombres --dice Margarita--, y no es que sean realmente varios, el problema es que ellos piensan en segmentos y estos segmentos no están conectados entre sí... es por eso que no podemos entender a los hombres”.
“Eso explicaría --reflexiona Estelí-- las razones por las cuales no encuentran una verdadera diferencia entre dormir con dos mujeres o con su mejor amigo, amanecer con un implantes de senos y un nombre legal distinto al del acta de matrimonio”.
“No lo explica”, sostiene la afirmación Julia para intentar salvar su argumento. “Los hombres se acobardan porque piensan a largo plazo, si una asume que es inocente, que fue un error, intuyen que vamos a perdonarlos”.
“¿Y por qué perdonarlos entonces?”, pregunta Estelí.
“Porque no hemos encontrado una manera de divertirnos sin los hombres, felices a ratos, pero estamos atadas a la ilusión del amor perfecto”, señala Margarita.
“Perfecto... ¡Sus patas!”, grita molesta Julia, y se va a buscar un chico que pague todas las cuentas pendientes. Lo peor es que siempre hay un iluso con la buena intención de reivindicar el género masculino.