Salud y Sexualidad

De repuesto

No quiso continuar con la duda y lo besó con pasión, le desgarró la camisa, total, era muy fea, y sin darle tiempo al preservativo lo hizo de ella en el piso del apartamento

Julia está feliz. La han invitado a una cena, y no es cualquier tipo de cena, ésta incluye velas, vino blanco y mariscos. Es una cena, pues, como la de las películas románticas.
Es claro que para Julia, al igual que en cualquier cita romántica, la idea de besar antes de la cena romántica no le parece atractiva, ya que la comida deja de ser lo que supuestamente es: romántica. Si no esto se convierte en lo que no debe ser: cena y sexo.
Es claro que Julia no tiene nada contra el sexo. Lo incluye dentro del menú de cualquier cena romántica, pero es parte del ritual asumir y mentalizarse de que sólo se trata de una cena romántica y nada más que eso; una cena para conocerse y nada de sexo. Considera que de esa manera la cena será romántica.
Es claro que ustedes, queridos lectores, y yo, no entendemos bien el criterio que aplica Julia para diferenciar una cena romántica de cualquier otra cena que termina con cuerpos enrollados en las sábanas, la pregunta obligada del preservativo y qué te gustaría hacer para evitar las improvisaciones decepcionantes. Suficiente es saber que Julia tiene bien claro su criterio de cena romántica.
Como en esta ocasión ella es la invitada y su anfitrión se encarga de la cocina, llegó puntual a las diez de la noche.
Le sorprendió que el hombre no vistiese para la ocasión -- pantalones cortos y una camiseta--, aunque trata de no molestarse, porque desde la cocina le llegó un olor a comida quemada y, por supuesto, la enfureció el hecho de que él actuase como si no la conociese.
Apaciguó la furia de Julia su exquisito olor, un verdadero perfume para caballeros de diseñador, es decir, un aroma que fue diseñado para atraer a las damas y no para ocultar el olor de “acabo de usar el inodoro”.
¿Soy una dama? --se preguntó Julia, y en esa interrogante resumía todas sus dudas sobre su verdadera naturaleza. Al menos lo que las hormonas decían y lo que ella admitía en su vida diaria.
No quiso continuar con la duda y lo besó con pasión, le desgarró la camisa, total, era muy fea, y sin darle tiempo al preservativo lo hizo de ella en el piso del apartamento.
Ricardo no protestó, no le dio tiempo, se dejó llevar, hacer y se entregó al deleite sorprendido. Ambos gritaron de placer, descansaron sudados, exhaustos, muy cerca del nirvana, y entonces el desastre; se abrió la puerta principal del apartamento.
“Disculpa, tuve que ir por un buen vino --explicó Ricardo a Julia–. Y continuó diciendo “Ya veo que conociste a mi hermano gemelo. En unos minutos tendré listo todo”, dijo antes de darse cuenta de que su hermano había ocupado el lugar que él había anhelado tanto.
“Es tu culpa -- intentó explicarse Julia--. Me dejaste con él y yo pensaba que eras vos”.
“No sos ninguna dama”, dijo Ricardo.
“En mi defensa diré que ustedes se parecen mucho”, dijo Julia, y luego abandonó el apartamento para siempre.