Salud y Sexualidad

El enfermero

Era dulce, no recuerda una carne tan dulce en su vida, y vaya que nuestra Margarita ha vivido tanto

La ambulancia entró al reparto a las 8:30 p.m. Alguien escuchó a Margarita pedir ayuda, otro marcó el número de emergencias, la puerta principal del apartamento fue derribada para salvar la vida del paciente.
Margarita, inmóvil en su habitación, alcanzó a quejarse de dolores en el pelo. Luego se desmayó o quiso desmayarse para completar el drama (de esa obra secreta que todos llevamos dentro, en la cual la muerte nos sorprende en la más triste de las soledades; es necesario reconocer que hay soledades felices, pero no son del campo de esta historia), pero no estaba su cuerpo para tanto, pues al final de cuentas no estaba muriéndose, aunque la llevaron al hospital por su insistencia.
Margarita pidió un privado, aunque los hospitales no son hoteles, su personal se mantiene dispuesto cuando el cliente puede cubrir los gastos de una hospitalización sin sentido. Luego ordenó un menú ligero, que le tomasen la temperatura cada cuatro horas y que su doctor llegase a verla al día siguiente.
¿Y qué le iba a decir el doctor a nuestra chica? "Margarita tenés que descansar". "Margarita no trabajes tanto". "Margarita esas son cosas de chiquilla. Ve, enfrenta la vida, ya encontrarás el amor".
Todas esas cosas ya se les ha dicho antes, y como el médico no es otro que su tío, es probable que la levantara de la cama y con una palmadita en el hombro la mandara para la casa con la voz paternal: “Madura”.
Es por eso que se pasa la noche llorando, no porque el tío no la entiende, llora por ese vacío en el corazón, ese vacío que nadie ha copado antes, piensa --quiere pensar-- que es la edad, es un dolor temporal, pero ya está vieja. Con 26 años encima sabe que el mundo girará en la esquina y la dejará ahí aventada en la cuneta.
Cavilaba Margarita esas y otras cosas como “Carolina Herrera, ya es una marca para el montón”, cuando entró el enfermero. Nada particular en él, no se destacaría en la multitud, pero le sorprendió su diligencia tan silenciosa. Le vio a los ojos y escuchó un rumor de río.

¿Cómo te llamas?, preguntó Margarita.

El enfermero le dijo su nombre, pero Margarita no quiso recordarlo, ¿para qué?, se dijo. Si la angustia de la existencia se combate con el sexo.

Era dulce, no recuerda una carne tan dulce en su vida, y vaya que nuestra Margarita ha vivido tanto. "Sexo casual", le dijo Margarita, y el enfermero aceptó sin decir palabra. Margarita quiso quererlo, lo quiso por su pureza, por ajeno a su mundo, por estar lleno de pureza.

Él preguntó si se verían de nuevo. Margarita quería tocar ese paraíso nuevamente, pero sus manos --lo sabe-- están sucias.

“Gracias --le dijo Margarita–, pero el amor no entrará nunca por mi puerta”.

Margarita abandonó el hospital, no tenía lágrimas para llorar, pero lloraba. Ya ni el amor incondicional podía salvarla.