Salud y Sexualidad

La boda

Estelí tiene bajo su embrujo a un chico de unos 19 años; en la flor, la verdadera flor de la inexperiencia, y a lo lejos observa a la abuela siguiendo los acontecimientos desde su silla de ruedas

Margarita está con el trago en la mano. Es la última copa, el último brindis. A lo lejos su prima Josefa baila feliz, recién casada con el hombre que ella una vez amó y perdió.
“No sé qué hago mal”, reflexiona Margarita con Julia sobre su suerte en el amor.
¿Hacer mal qué?, pregunta Julia que está más preocupada por Estelí, que tiene la costumbre de excederse de copas en las fiestas para darse el gusto de atrapar un polluelo.
Después de todo, en la sociedad occidental es de sobra conocido el axioma “borracho no vale”. Si bien Estelí no ingiere alcohol hasta la inconciencia, el actuar con cierta relajación de espíritu llena de valor a más de un adolescente calenturiento.
Está claro que a causa de las madres tan vigilantes, la mayor parte de las veces, las amigas (Julia y Margarita) tienen que rescatar a Estelí de las garras, es decir uñas, de las madres ofendidísimas, molestas no por el arrojo de Estelí, sino por la envidia de no tener una moral elástica y dejar al viejo en el golf y ellas irse por ahí a la sombra de los chilamates a disfrutar de la aventura del amor como si aún estuviesen en la adolescencia. Pero eso quedó allá lejos, destruido por el tiempo, y no les queda más que castigar a quien se atreve a sentir como una joven.
“¿No es que todos queremos relaciones sanas?”, prosigue Margarita.
“Es una forma de decir: dulce amor, no me lastimes”, argumenta Julia.
“Yo les digo que son libres y me abandonan cuanto más les amo. En el amor no son necesarias las verdades, tu error está en decirles que podrás vivir sin ellos”.
“Eso no tiene nada de malo, es maduro”, contesta su amiga.
“Será muy maduro, pero ellos, al igual que nosotras, quieren vivir la fantasía. Nadie quiere escuchar que el amor se acaba”.
“Pero se acaba, es una realidad de la vida”.
“Mira, lo que vos tenés que hacer es agarrar una letra del guatemalteco trovador”.
“¿Quién?”
“Richard”.
“Ahhh”.
“Si…, Richard. Y le decís a los chicos esas cosas, verás cómo no se apartan de vos”.
Buen consejo el de Julia, para alguien que no tuviese botella y media de cristal en el cuerpo. Margarita retoca su maquillaje, va a la pista de baile a mezclarse y esperar la ocasión.
Julia le pierde el rastro, pues Estelí tiene bajo su embrujo a un chico de unos 19 años; en la flor, la verdadera flor de la inexperiencia, y a lo lejos observa a la abuela siguiendo los acontecimientos desde su silla de ruedas, ella dueña y señora del salón, sorprendida por el atrevimiento de una mujer mayor tratando de conquistar a su nieto.
El padrino pide a los invitados silencio. Se propone hacer un brindis por la feliz pareja, la bella y elegante pareja que ese día ha contraído matrimonio, les recuerda algunas de sus obligaciones y una que otra estrategia para mantener la llama del amor viva.
Margarita pide el micrófono. Observa a los ojos del recién casado y le habla:
“Sé que debí decirte esto antes... El problema no fue hallarte, el problema es olvidarte. El problema no es tu ausencia, el problema es que te espero”.
De ahí en más el pandamonium, la abuela asfixiando a Estelí, la novia con rosas en mano tratando de desfigura a su prima, nuestra Margarita, quien ésta feliz de al fin abrir su corazón al amor.