Salud y Sexualidad

Sexo telefónico

La diferencia entre ambos es que él tiene una oficina privada, y ella una colectiva, donde no puede mostrar emoción alguna, aunque nada evita que ella sude, cambie de color y se sienta inquieta

No pregunten quién es ni quién soy. Sólo somos amantes, pero no porque la gente nos señale, sino porque al cerrar la puerta no somos dos, sólo uno, expresándonos amor, aunque a estas alturas parezca cliché decirlo.
Con él he llegado a límites que en mi vida ni me propuse ni se me pasó por la mente realizar. Finalmente somos dos personas adultas que se encontraron en la red, con experiencias previas, pero evidentemente con soledad interna.
El día que nos conocimos por lo menos yo comprendí que allí estaba el hombre que había esperado en mis años pasados, nada que ver con el “Príncipe Azul”, pero lo más parecido que podía haber para mí, y me resultó tan conocido, a la vez que me quedó la convicción de que en más de una ocasión nos habíamos encontrado antes, pero no era el momento justo para que fuéramos el uno para el otro.
Pues bien, basta de preámbulos. Me mueve escribir esto porque la experiencia que acabo de vivir con él debe contarse “en caliente” y si algunos amantes quisieran emularnos, aunque anónimamente, sépanlo, es fabuloso: tras más de una semana de no vernos, por las obligaciones laborales y familiares de ambos, siempre mantenemos el contacto por teléfono, y, por supuesto, por nuestros correos electrónicos.
Le envié, como es mi costumbre, mi correo del día, con la imaginación que sólo las mujeres podemos tener, diciéndole lo mucho que me hace falta, los deseos que me recorren la piel y me quitan el sueño y que sólo él puede hacer explotar.
Era de suponer que, en la soledad de su oficina, él diera rienda suelta a la imaginación, y tal como en otras ocasiones ha ocurrido, nuestra conversación le “eleve el espíritu”.
Luego sonó el teléfono. Sí. Al hablar a través del hilo telefónico nuestras hormonas nos hacen recordar lo bien que la pasamos en un bonito lugar privado que nos ha servido de nido de amor durante más de un año de encuentros “furtivos”.
La diferencia es que yo trabajo en una oficina colectiva, es decir, aunque él y yo hablemos “cositas ricas”, como le digo, yo no puedo mostrar emoción alguna. Pero bien que sudo, cambio de color y me muestro un tanto inquieta, pero hasta allí.
Mi amor, en cambio, hoy estuvo muy solo a mediodía y muy ansioso por intercambiar impresiones conmigo. En cuanto empezamos a hablar surgió la lamentación de no habernos podido ver esta semana y enseguida saltamos al tema principal: lo que te hago, lo que me hacés, lo que hacemos, lo que disfrutamos…
Que si te hago la felación, que si te acaricio y te beso y te muerdo y me vas a sentir encima o me aprisionás contra la pared… ¿Qué más le propongo a mi hombre, para demostrarle cuánto lo amo? Sobra la respuesta. Lo importante es mantener el nivel de adrenalina en nuestra conversación y, de no ser porque es pecado jurar, juraría que hace tiempo me despojé de prejuicios y decidí vivir intensamente en la alcoba, sólo sabiendo que quien está conmigo me corresponde en sentimientos.
Ya en otras oportunidades habíamos hablado de la necesidad de vernos más, pero la realidad nos confronta y se nos opone y ni modo, estas pláticas telefónicas sirven en parte para rellenar esa ausencia física. Por eso, en esta semana sin amor carnal, decidí ir hasta el final y le pregunté qué tan entusiasmado estaba con las “cositas ricas” que le decía.
¿Te estás tocando allí? Le pregunté. Para mi sorpresa me dijo que ya se había bajado la cremallera y tenía en sus manos su “arma”. --Pues continuá-- lo reté, aunque no con mucha fe, finalmente era “sólo una conversación”.
Continuamos, yo de retadora, pidiéndole que me permitiera visitarlo, aunque sea unos pocos minutos, pues estaba segura que no demoraríamos más en demostrarnos cuánto nos queremos. Él, por su parte, mesurado, pero cada vez más con la respiración entrecortada, me suplicó que no lo hiciera, para evitarnos problemas, esas entradas sorpresivas a las oficinas que a más de uno han puesto en evidencia.
--Amor, yo quiero que terminés pensando en mí--, fue mi frase más atrevida hasta ese momento, pero no mostraba ni la décima parte de lo que podía pronunciar en una oficina colectiva.
Por unos segundos no pudo hablar, sólo su respiración me dijo qué ocurría. Mi imaginación voló y pude verlo como lo he visto tantas veces, con sus pequeños ojos cerrados, a un paso de la muerte y en la antesala de la vida, a la vez, hubiera dado todo en ese momento para estar con él, sobre él, en su oficina o en nuestro nido, pero sólo podía tenerlo por ese teléfono.
No dejé de hablar, melosa y siempre insinuante, mientras él callaba. Cuando pudo reaccionar me dijo que había sido maravilloso, una experiencia que tampoco él había vivido. Fueron los cinco minutos más intensos para mis cinco sentidos en los años que he vivido.
Managua, 7 de julio de 2006