Salud y Sexualidad

Poemas eróticos de César Vallejo


Eunice Shade

Pluma Erótica

César Vallejo es un poeta universal, un renovador de la lengua hispana, un creador, de los mejores que haya leído Hispanoamérica. Nacido en Santiago de Chuco, Perú. El dolor, la muerte, son sus temas recurrentes, temas que no lo limitaron para escribir también del amor.
Fue un poeta que sufrió en carne propia la injusticia, la pobreza, debido a eso se comprometió socialmente a luchar por los más desamparados a través del marxismo, porque lo consideraba la única opción de salvación para la humanidad.
Fue en la Universidad de Trujillo donde estudió y publicó sus primeros poemas.
Entre sus libros se cuentan Los Heraldos Negros, Reflexiones al pie del Kremlin, y Trilce, este último siendo el más experimental, nihilista y con ciertas influencias vanguardistas.
Vallejo también sufrió de la envidia de sus paisanos. Cuentan que Clemente Palma (un letrado peruano) le dijo cierta vez: “¿Ud. Cree, señor Vallejo, que colocar una imbecilidad encima de otra es hacer poesía?”, afortunadamente Vallejo no se sintió afectado y nos hizo el favor de seguir escribiendo.
Sus últimos años los vivió en Europa, a veces comiendo, a veces no. Allá, se relacionó con otros poetas como Vicente Huidobro, Juan Gris, Gerardo Diego.
Sus restos descansan en Montparnasse, Francia y su poesía vivirá en cada poema que se escriba.

El encuentro con la amada

El encuentro con la amada
tanto alguna vez, es un simple detalle,
casi un programa hípico en violado,
que de tan largo no se puede doblare bien.

El almuerzo con ella que estaría
poniendo el plato que nos gustara ayer
y se repite ahora,
pero con algo más de mostaza;
el tenedor absorto, su doneo radiante
el pistilo en mayo, y su verecundia
de a centavito, por quitame allá esa paja.
¡Y la cerveza lírica y nerviosa
a la que celan sus dos pezones sin lúpulo,
y que no se debe tomar mucho!

Y los demás encantos de la mesa
que aquella núbil campaña gorda
con sus propias baterías germinales
que ha operado toda la mañana,
según me consta a mí,
amoroso notario de sus intimidades,
y con las diez varillas mágicas
de sus dedos pancreáticos.

Mujer que, sin pensar en nada más allá,
suelta el mirlo y se pone a conversarnos
sus palabras tiernas
como lacinantes lechugas recién cortadas.
Otro vaso y me voy. Y nos marchamos,
Ahora sí, a trabajar.

Entre tanto, ella se interna
entre los cortinajes y, ¡oh aguja de mis días
desgarrados!, se sienta a la orilla
de una costura, a coserme el costado,
a su costado,
a pegar el botón de esa camisa,
que se ha vuelto a caer. ¡Pero hase visto!

---

XIII

Pienso en tu sexo.
Simplificado el corazón, pienso en tu sexo,
ante el hijar maduro del día.
Palpo el botón de dicha, está en sazón.
Y muere un sentimiento antiguo
degenerado en seso.

Pienso en tu sexo, surco más prolífico
y armonioso que el vientre de la Sombra,
aunque la Muerte concibe y pare
de Dios mimo.

¡Oh Conciencia!
pienso, si, en el bruto libre
que goza donde quiere, donde puede.

¡Oh escándalo de miel de los crepúsculos!
¡Oh estruendo mudo!
¡Odumodneurtse!

Fotografía: Cortesía