Salud y Sexualidad

Bailarina privada


Jove

-- ¡Estás loca Margarita! --le grita Julia con la esperanza vana de hacerla desistir de la idea de volverse bailarina erótica.
-- Es cierto que es una noche --intenta respaldar la opinión Estela--, pero esas cosas marcan de por vida.
-- No me va a pasar nada --lo dice con convicción Margarita, mientras elige su mejor Kira para la noche.
-- ¿Estás consciente de que las mujeres en ese antro se desnudan? --persiste Estelí-- si te piden en un privado tenés que ir.
-- Ya chicas, tampoco se me va a caer el monito, es una noche, es como aquella vez que alquilé el Teatro Nacional para bailar una noche.
-- ¡No es lo mismo! --continúa con su grito Julia-- no es el Teatro Nacional, es un "ramerío".
-- ¿Y esa palabra? ¿ “Ramerío"? --pregunta riéndose Margarita.
-- Soy educada, no voy a llamar las cosas por sus indignos nombres.
-- No se discuta más, si quieren ir a verme en mi gran noche, están invitadas. Además sólo voy a bailar.
-- Eso dicen todas --comenta resignada Estelí--, que por los estudios, sus hijos y terminan en las manos del pecado.
-- No se preocupen, además, el dueño del club es amigo mío.
-- ¿Cómo es eso? --habla Julia con deseos de saber cómo alguien se vuelve amiga del dueño de un antro.
-- Es una historia muy larga.
Es viernes, día de pago, cae la noche y las empleadas del banco planean el día siguiente, en el salón, colorear sus ya descolorados mechones amarillos, para mantener la imagen corporativa, no hay box en la ciudad, ni concierto, nada, sólo quedan los vicios de la ciudad aguardando para intercambiar monedas por exceso, pasión y una que otra
conquista.
Margarita se ha colocado la peluca, las chicas aguardan a que haga su presentación triunfal, ahora están cómodas, un par de tragos de agua ardiente relajan a cualquiera, además, la poca luz del local las ha convencido del anonimato total de la experiencia de bailarina erótica de Margarita, su buen nombre quedará a salvo.
El baile de Margarita no fue de Antología, bastará decir que el acto a lo "Flash Dance" no tiene mucho efecto entre los hombres, quizás en el cine, pero el hombre promedio quiere ver, tocar, ver, besar si se lo permiten, y en el espectáculo de Margarita no hay mucho que ver, fuera de una que otra contorsión, capaz de asombrar a los niños en el circo, pero no a los esforzados hombres de los nigth club.
Derrotada, por la puntual indiferencia del público, Margarita baja del escenario, pide un trago, acompaña a las chicas en la mesa y con dolor observa cómo una chica gorda es premiada con un billete de 100 dólares por mostrar --sin ritmo-- sus partes íntimas.
-- Aquí falta glamour --se queja Margarita.
Finalmente un rayo de esperanza, su amigo dueño del club se acerca.
-- Quieren verte bailar --le dice con la humildad de un hombre que reconoce la belleza.
-- ¿Quién?
-- Es un señor cliente fijo de aquí, de muy buena familia.
-- ¿Le dijiste que no hago privados?
-- Mira pipita, yo te hice el favor de dejarte realizar tu sueño de bailarina. El señor, la verdad que no tiene fuerzas, sólo quiere ver un poquito y paga lo que esta gente deja en 6 meses…
-- ¿Sin sexo?
-- Eso es decisión tuya, él ya está avisado.
-- ¡Estás loco! --masculla Julia escandalizada--. Mi amiga jamás se prestará a esas libaciones.
-- Dile que acepto --comunica firme Margarita--, quiero sacarme la espinita de los abucheos, además, quiero saber cuánto pagaría un anciano por verme bailar.
-- Como si lo necesitará --observa Estelí.
Solas, Julia y Estelí aguardan, esperan lo peor, por ejemplo que le corten los labios a Julia por dejar insatisfecho al cliente o bien la vendan a un potentado saudita. Margarita viene apurada por el pasillo, hace señas de que salgan, que se apuren, pasa a su lado
explicando.
-- No me reconoció por la peluca y lo oscuro, pero vámonos.
-- ¿Tuviste algo con él? --la sigue sofocada Julia.
-- ¡Claro que no!
-- ¿Entonces se murió? --explora con humor Estelí.
-- Es mi papá, es mi papá.