Salud y Sexualidad

Esas cosas ocultas


Esas cosas ocultas
Se puede combatir a muerte con otra mujer, pero con aquel que nos mira desde allá arriba es inútil, es una batalla que sabemos pérdida desde antes de colocar las tropas en el campo
Jove
- Parece, doctor, que todas las demás personas han seguido con su vida, yo no, es como si el auto hubiera quedado en un lodazal, pasan las horas, no puedo salir y ya estoy quedándome sin combustible y se me viene la noche encima y yo, aquí, bajo el agua, empapada, hambrienta… tan desolada, mi alma y yo íngrimas, desamparadas.
- ¿Por qué no seguís, Margarita?
- Yo tenía 18, él 20 y tantos, lo amaba al Carlos Aurelio con locura azul, le entregué todo, mi tesoro, el bien más preciado de toda mujer.
- ¿Tu virginidad?
- Mi confianza, doctor, mi confianza. Lo amaba con delirio y tul, dormía; soñaba con él, me despertaba; pensaba en él. Si alguna vez alguna mujer fue culpable de una adicción, esa fui yo, por ese hombre yo hubiera enviado todo al vertedero.
- ¿Y qué paso?
- Bueno, doctor, viajó a Europa a un encuentro mundial de la juventud religiosa. Al regresar me dijo que en el transcurso de días y noches de oración había recibido una revelación; colgar las ropas de su vida mundana y tomar los hábitos para mayor gloria…
- ¿Querés un pañuelo?
- No, gracias… es que entendería la intervención de una mujer, se puede combatir a muerte con otra, pero con aquel que nos mira desde allá arriba es inútil, es una batalla que sabemos pérdida desde antes de colocar las tropas en el campo, todas nuestras muertes cotidianas son inútiles cuando el gran perdonavidas impone su voluntad de hierro.
- ¿No hablaste más con él?
- Claro que sí, aunque la derrota esté asegurada una siempre debe dar la cara, Y sí, doctor, caí lo más bajo que una mujer desesperada puede caer.
- ¿Intentaste convencerlo que no era el llamado del Altísimo?
- No, me hinqué, me arrastré a sus pies, me aferré de sus pantorrillas, lo amenacé con acabar mi vida tirándome del puente más alto y él impávido, inconmovible, me dijo adiós, diciéndome que nunca amaría a otra mujer como me amó a mí, que nunca besaría los labios de otra mujer como besó los míos, es más, que nunca besaría otra mujer de nuevo.
- Es normal, cuando uno abraza una vida por la fe.
- El maldito me dejó convertida en leña para el fuego, no pude amar a otro, no querer otro, no desear otro, sin antes no desear su voz, sus ojos, su boca en mi boca y me entregaba al fracaso, porque todo nuevo amor fundado en el pasado es un fiasco.
- Pero eso fue hace mucho tiempo.
- El tiempo nos hace trampa, el pasado se aferra con las uñas a nuestra carne, todo tiempo pasado fue mejor, doctor, todo tiempo pasado carece de desgracias.
- Y hoy viniste a mí para llorar sobre ese amor perdido.
- No, doctor, esta vez es diferente, no vine a llorar, ni para cacarear que me atiende el psiquiatra de los genios y creativos de Nicaragua, he venido a enterrar ese amor y para siempre, dejarlo aquí con sus miserias, sus hartas cobardías, a reconciliarme con el hijo que no tuvimos, que no tuve, para no arruinar su vida.
- ¿Cómo vas a hacer eso?
- Lo encontré apenas ayer.
- En la iglesia.
- No, con Francesco, lo conoció en el encuentro de jóvenes religiosos hace ya tanto tiempo y no tuvo valor, el coraje, la hombría de decirme que su vocación no era divina, sino de hombres… le llené el pañuelo de mocos, gracias.