Salud y Sexualidad

La venganza

Julia anda feliz como una lombriz --si es verdad que éstas son felices por ignorar su condición de recicladotas de deshechos-- con su feo

Muy a pesar que éste se le pierde de vez en cuando y el teléfono
inalámbrico indique que la persona se encuentra fuera del área de
cobertura, ella sabe que su feísimo hombre de buen olor tiene un
trabajo muy importante con una compañía que hace andar los automóviles
del mundo.
Pero su felicidad no es obstáculo para echar mano de su memoria de
elefante, que nunca olvida, y recuerda, ahora que se ha encontrado con
Carlos Antonio en la calle que fueron novios en secundaria y él la
dejó sin darle un argumento de por qué la muerte tan súbita del amor que
decía tenerle a los 16 años. Julia no olvida, no puede olvidar el año
completo que perdió añorándolo inútilmente.
Ahora sabe que es feliz, casado, con una hija y todo el futuro por
delante. Pero Julia no olvida, no quiere olvidar, el timbre del
teléfono a todas horas acusándola:
- ¡Zorra, dejá a mi hombre tranquilo!
Y ella, inocente al fin, sin entender el origen de esa vos histérica
gritándole a cada rato, luego comprenderá de quién se trata; la novia
de Carlos Antonio, la mujer de Carlos Antonio y ahora la esposa y
madre de la hija de Carlos Antonio. El tonto cometió el error de
contarle alguna vez a quién había querido tanto y Julia, por la
cercanía en el tiempo, mereció el hostigamiento.
No olvidará, de no vengarse, no podrá dormir y por lo tanto suelta con
tranquilidad.
- Lourdes Pérez – dice Julia el nombre en tono de asombro – discúlpame
papito, pero esa es la querida de mi amigo Alberto, él me dijo que
estaba casada, pero no sabía quién era el pobre santo cachón. El
Alberto – prosigue Julia simpática hacia el pobre cachudo – pensaba que
la niña era suya, por eso le hizo un examen de sangre.
Carlos Antonio no sale de su sorpresa, su santa le ha jugado letras y
Claro, su primera reacción es buscar al hombre y golpearlo, Julia le da
la dirección del trabajo de Alberto y Carlos Antonio va en su busca
para "despatarrarlo".
La ira del hombre es demasiado pasional para valorar las cosas con el
corazón caliente y la cabeza fría, no pidió el teléfono móvil, ni confirmó si en realidad era su rival, porque los celos son algo tan primitivo que el millón de
años de evolución se pierden en un par de segundos. Por eso, Julia
tiene tiempo suficiente para comunicarse con Alberto.
- Alberta – le anuncia – va a llegar un hombre a reclamarte por una
tal Lourdes Pérez.
- Ay, amiga en qué me metiste ahora. Y si me baja un diente, ¿vos me lo
vas a pagar, maldita?
- No te preocupés, perro que ladra no muerde, es profesional. Esos no pelean.
- Todavía que hubieras inventado con un chavo, pero vos sabés que las
chicas para mí…
- Vos compórtate varoncito, mira que me debes como cien favores.
- Bueno.
Julia no necesitará conocer los detalles, sabe que Carlos Antonio
preguntará y la Alberta se limitará a decir "preguntale a ella", que
luego, por el bien de la niña, irá a terapia de pareja, cambiarán las
reglas de juego, se esforzarán, pero el veneno ya comenzó a hacer efecto
y esa mujer pagará muy caro por haberla desvelado tantas noches para
tildarla de ramera.
“Ummm – piensa en el almuerzo – la venganza es un plato que sabe mejor tibio”.