Salud y Sexualidad

El alma vive en el vientre


Efe/ Reportajes
¿Dolor de estómago o dolor del alma? De acuerdo a una investigación de expertos de la Universidad de Bristol, en el Reino Unido, cuando algunos pequeños sufren este problema de forma habitual y persistente, el dolor puede estar relacionado con problemas emocionales en su seno familiar.
El estudio sugiere que los pediatras que tratan a niños con dolores abdominales recurrentes no sólo necesitan considerar los factores fisiológicos, sino también los psicológicos de cada caso.
El psiquiatra Paul Ramchandani y su equipo observaron que los niños que se quejan de dolor estomacal persistente a los seis años de edad son con frecuencia los mismos que se han quejado por el mismo trastorno a los dos años de edad.
Cuando se examinaron las evaluaciones psicológicas de aquellos niños se descubrió que tenían tres veces mayor probabilidad de tener problemas emocionales. Sus madres también tendían a presentar más síntomas de ansiedad y depresión.
El dolor abdominal recurrente es una de las quejas más comunes de la niñez. Según Ramchandani, “para muchos niños el dolor de estómago ocasional es parte del crecimiento y habitualmente es el síntoma de una enfermedad infantil”.
Pero “en el caso del dolor recurrente, que a menudo parece no tener una causa evidente, es necesario considerar el posible papel de la angustia y las enfermedades de los padres en algunas de estas familias”, según el experto.
De la emoción a los tejidos y viceversa
La emoción tiene un vínculo con el cuerpo desde su definición, según la indica la Real Academia Española, que la define como la “alteración del ánimo intensa y pasajera, agradable o penosa, que va acompañada de cierta conmoción somática”.
En su libro “El cerebro emocional”, Joseph LeDoux, profesor del Centro de Neurología de la Universidad de Nueva York, señala que una vez detectado el peligro, el cerebro emite señales a través del sistema nervioso autónomo en dirección a los órganos. Los nervios que llegan a los intestinos, corazón, venas y glándulas salivales y sudoríparas provocan contracción del estómago, taquicardia, alta presión, sensación de frío, sequedad en la boca, entre otros síntomas.
La sensación de “piedra” o “nudo” en el estómago obedece a la contracción de esta víscera en los momentos de tensión, lo cual se relaciona también con la tendencia a la inhibición del nervio vago, que tiene por función preparar el cuerpo para el reposo, y a una mayor actividad del sistema simpático, que depende del sistema nervioso autónomo.
Algunas personas afirman sentir “mariposas en la boca del estómago” cuando están enamoradas. Según estudios recientes, el responsable de este fenómeno es nuestro “segundo cerebro”.
El órgano más psicosomático
“El hecho de que este problema parezca afectar al mismo grupo de niños a través de la infancia, y que también puede continuar en la vida adulta, resalta la importancia de tratar estos asuntos precozmente en el niño”, explica el psiquiatra británico.
El estómago no sólo es el órgano psicosomático por excelencia, porque la mayoría de las tensiones y conflictos emocionales repercuten en su funcionamiento, sino también uno de los que sufren más molestias.
El estrés, la ansiedad, el miedo, el nerviosismo, la irritabilidad y muchas otras secuelas de un ritmo de vida recargado de tensiones, prisas e incertidumbres repercuten en este órgano que parece tener poco que ver con los pensamientos y las emociones.
En esta prodigiosa estructura digestiva, se producen grandes cantidades de jugo gástrico y de enzimas, que se mezclan con los alimentos, fraccionándolos en sustancias más simples, como las proteínas y los aminoácidos, y también destruyen ciertas bacterias, consiguiendo que las comidas se transformen en una sustancia semilíquida, el quimo, que pasa al intestino.
Pero además de su función digestiva, esta víscera es el punto del organismo, además de los hombros, el cuello y la espalda, donde más se somatizan, es decir “se hacen carne” los problemas y conflictos de la mente, es decir, donde una alteración de origen psíquica se transforma en otra de base orgánica y funcional.
Ante un problema que sentimos que nos supera, se nos detiene la respiración, se nos anuda el estómago y sentimos una punzada en la zona abdominal. Si los problemas son permanentes aparecen desde reflujo gastro-esofágico, mal aliento, gases intestinales, aerofagia, digestiones pesadas y lentas y estreñimiento, hasta una persistente sensación de acidez y ardor estomacal.
En última instancia, puede desarrollarse una úlcera gástrica, la enfermedad psicosomática por definición, consistente en una herida circular u oval en las paredes estomacales, debido a que su revestimiento ha sido erosionado por los ácidos gástricos.
Sus síntomas: dolor, quemazón, hinchazón, distensión del abdomen, náuseas o vómitos, después de las comidas.
Revoloteos en el epigastrio
Científicos estadounidenses han demostrado por medio de experimentos, que los cien millones de células nerviosas que rodean el tracto digestivo funcionan como una especie de cerebro secundario abdominal, dedicado a controlar un gran número de reacciones corporales en correspondencia con los procesos psicológicos.
Además, sus informaciones influyen por medio de una serie de trasmisiones nerviosas sobre las decisiones que toma nuestro cerebro principal, el pensante.
De acuerdo con los trabajos estadounidenses, los sentimientos y las intuiciones suben “de las tripas”, junto con muchas otras señales procedentes del vientre, como las náuseas, el vómito y el dolor. En el cerebro, la memoria emotiva recoge y almacena todas esas informaciones viscerales.
Entre éstas figuran tanto las sensaciones desagradables como el dolor de barriga que sentimos ante un examen inminente cuando hemos estudiado, o la revolución de tripas que suscita la proximidad de un sujeto aborrecido, como las placenteras, por ejemplo el cosquilleo provocado por la presencia de la persona amada.
Cada vez que estamos en una situación vivida con anterioridad, nuestros sentimientos y conducta quedan determinados por los datos inconscientes que se extraen de nuestro “banco de memoria” de la emotividad. En ese catálogo, la sensación de mariposas en el epigastrio se vincula con el enamoramiento.