Política

El adiós del Nuncio

Con los sandinistas la relación fue difícil en algunos aspectos, pero nunca se rompió comunicación. Habla de su agradecimiento al cardenal Miguel Obando, la amistad entre ambos, pero explica que “los horarios romanos son lo que son”. Deja el corazón en Nicaragua y se va entusiasmado a Irán, una región que no le es ajena

Jean-Paul Gobel, Nuncio Apostólico, es ceremonioso, cortés y enérgico. Se despide de Nicaragua con verdadera congoja y estuvo dispuesto a conversar sobre su relación con distintos gobiernos, los sandinistas y el cardenal Miguel Obando y Bravo.
Gobel, doctor en derecho canónico y francés de nacimiento, es un hombre alto, comedido y muy cuidadoso en sus expresiones. Desde enero de este año conocía de su traslado a Irán cuando el Vaticano le notificó que la plaza allá estaba vacante. Irán, nuevo aliado del gobierno sandinista, es un país con diez mil cristianos entre 65 millones de musulmanes mayoritariamente chiítas.
Pero no le es ajeno en nada al Nuncio, quien ha sido un trotamundos especialista en países en conflicto, pues donde ha estado -–la mayoría de las veces-- siempre hay alguna guerra civil, revolución o golpe de Estado, como en Senegal, Mozambique, el Cáucaso... y Nicaragua, en guerra civil hace 20 años.
Cuando se le pregunta cuál es el legado que deja en Nicaragua, cuál es el árbol que plantó en esta tierra, contesta con aplomo: “Yo dejo mi corazón”. Lo dice y la tez se le pone rojiza como un tomate, los ojos se le humedecen. Y entonces cuenta una anécdota ocurrida después de su primera estadía en el país: “Una vez estoy en Siberia, y de pronto los músicos que tocan, entonan Nicaragua, Nicaragüita... fue algo muy emocionante para mí, y pregunté si la podían tocar otra vez”.
¿Por qué Irán, señor Nuncio?
Irán es un país de setenta millones de habitantes. Irán es un país bíblico, es la antigua Persia. Irán tiene una historia conocida de casi cinco mil años, seguramente es uno de los jugadores importantes en el día de hoy, y aún más en la región. La presencia cristiana está muy reducida. Las iglesias cristianas que están en Irán son iglesias orientales de principios del cristianismo, con ritos que no son el rito católico latino que conocemos aquí. Uno de los importantes es el rito caldeo. La única iglesia católica son los ortodoxos que aún hablan el arameo, la lengua del Señor. Así que estamos en plena historia de la humanidad. Para mí hay otro factor que ha influido. Durante cinco años yo he sido Nuncio en dos países con frontera con Irán: Armenia y Azerbaiyán. Si no me equivoco, una provincia de Irán lleva el nombre de Azerbaiyán. Estaré a dos días en coche de un hospital donde fui administrador. Para mí es el regreso a una región que conozco muy bien.
¿Qué experiencia le dejó Nicaragua en estos seis años de su vida?
Para mí ir a Irán no es ningún problema, es un desafío. Lo que sí me cuesta mucho, eso sí me duele, es dejar Nicaragua. No somos máquinas, no somos computadoras, somos hueso, carne y corazón. Y tú no puedes pasar doce años de tu vida en un país como Nicaragua sin encariñarte. Nicaragua es el país donde pasé más tiempo de mi vida, después de mi país natal. La primera vez que llegué a Nicaragua fue exactamente veinte años atrás, en 1987. Estuve seis años y después volví en 2002. Hay familias en Nicaragua que ahora conozco en sus cinco generaciones. Así que, confieso que dejar Nicaragua es una gran tristeza, mi problema no es Irán, mi problema es dejar Nicaragua.
Una monja nos sirve café diligentemente, café nica para él, e italiano para mí. El Nuncio se emociona al hablar de Nicaragua. Es efusivo. “Los nicas tienen algo... ¡A veces son insoportables!... pero uno no quiere dejar Nicaragua... yo no tengo palabras para expresar mi cariño a esta tierra, a este pueblo”, insiste.
¿Cómo fue su relación con los gobiernos?
Tengo amigos de todos los colores. Cuando regresé aquí en 2002, presenté mis cartas credenciales, visité a todos los partidos, y encontré a gente conocida, sobre todo sandinistas, porque ellos gobernaban en los ochenta. Así que la relación personal no fue difícil, ciertamente hemos tenido en el pasado contradicciones, a pesar de éstas, nunca se ha cortado la comunicación. Nunca. He pasado aquí durante la administración Bolaños, con cuyos funcionarios tuve relaciones también muy fluidas, muy fáciles.
¿Cómo fue su relación con el cardenal Miguel Obando? Mucho se ha especulado...
Mucho se ha especulado. Cuando pienso en el Cardenal, mi primer sentimiento es de agradecimiento, como si yo tuviera con él una deuda afectiva y sicológica. Yo llegué en julio del 87 y dos meses después yo estaba solo en Nicaragua, y no sabía con quién hablar mis problemas. Y no puedo olvidar la manera bondadosa con la cual me ha recibido, y los consejos muy buenos que me ha dado. Yo no era Nuncio en ese entonces, he sido encargado de negocios y hemos pasado momentos muy duros apoyándonos. Mi sentimiento que domina para él es de reconocimiento, yo he sido formado por salesianos, él es salesiano, tengo muchos amigos salesianos. Me he encontrado con él recientemente y el encuentro fue muy amigable.
¿Fue difícil transmitirle al Cardenal que el Papa había aceptado su renuncia aquella madrugada?
Somos humanos, no somos máquinas. Para nadie es fácil recibir una noticia de ese tipo. Ahora... los horarios romanos son lo que son... Es importante el aspecto humano, yo comprendo muy bien lo que él ha sentido.
El Nuncio se despidió recordando que el oficio periodístico, en el mejor sentido, es una labor profética, y expresó sus mejores deseos hacia las mujeres y hombres de prensa de Nicaragua. Su última meta: celebrar la Purísima antes de abandonar el país y darse una escapada acá durante sus vacaciones.