Política

Un revolucionario... sin revolución

El desapego a los dogmas fue una enseñanza que la Revolución Popular Sandinista le dejó a Víctor Tirado López, pero, ¿cuál revolución? ¿Acaso quedó algo de ella? Pregunta este ex guerrillero que combatió junto a Carlos Fonseca Amador y que al final perduró para contar la historia de cómo lograron sacar del poder a Anastasio Somoza Debayle. Tanta fue su preponderancia en aquellos años, que llegó a ser comandante de la Dirección Nacional del Frente Sandinista, uno de los nueve César que hubo en el gobierno Sandinista de los años ochenta

El “Viejo” Tirado López, como lo llamaban sus pupilos durante la lucha clandestina, recorre diez años de su vida con una parquedad increíble. Es guerrillero de oficio, pero su historia, dice, ya casi está totalmente contada. Ahora sólo devuelve unos pocos trozos de la historia de la Revolución Sandinista que dio la vuelta al mundo y que están en el viento como pelusas que perturban los ojos de unos cuantos revolucionarios.
Los sandinistas no fueron capaces de apreciar la derrota de 1990, dice Víctor Tirado López, alejado ya del partido sandinista que pronto cumplirá cien días de haber retornado al poder. Cuenta este guerrillero, porque, como ya dijo, ése es el único oficio que aprendió, que la primera gran contradicción que hubo entre los sandinistas que sobrevivieron a los resultados de las elecciones presidenciales de 1990 fue que “todo giraba en torno a Daniel (Ortega)”. “¡Esa obsesión de Daniel!”, exclama con cierta decepción.
“Se dedicó, como todos los buenos comunistas, a consolidar al partido para él, una especie de Stalin, de Mao, que está dedicado al partido para que no se le vaya una oveja, para que no haya ovejas descarriadas”.
Nada hay del sandinismo que impregnó la lucha revolucionaria. Menos moral, asegura Tirado López, mientras enarbola su bandera del “rescate al sandinismo” que ahora empuñan los que se fueron del partido de gobierno.
Los hombres que de su patria no exigen un palmo de tierra, como decía Sandino, son los ausentes en el nuevo Frente Sandinista, dice el “Viejo” Tirado López. Este gobierno, expresa, cometerá otros errores, “no como los que, inconscientemente, cometimos antes”.
Según él, los sandinistas, al dejar la “década perdida”, como muchos llaman a la década que gobernó el Frente Sandinista, iban a hacer un cambio, pero “perdimos la oportunidad”. De allí el eslogan de la campaña de 1990: “Todo será mejor”. Pero no pudo ser mejor porque la gente los traicionó. “Fue una derrota con un apoyo infernal”, dice Tirado como buscándole lo bueno a la derrota electoral. Y se acabó la era de los comandantes en Nicaragua.
Nostálgico…
“A mí lo que me llama la atención y me da cierta nostalgia es que el Frente haya cambiado su concepción política y económica sin haber presentado un contenido sandinista en estas elecciones”.
Este contenido quizá se haya perdido en el tiempo, cuando una fisura desligó a los sandinistas y cada cual empezó a formar el futuro por separado, dejando sin vida a los que murieron por la Revolución.
La historia de Víctor Tirado deja una duda revuelta entre las muchas que han surgido desde que algunos sandinistas se quedaron en el partido y otros se fueron. No sólo hay un fundador del Frente Sandinista vivo. El mérito siempre se lo ha llevado Tomás Borge Martínez, pero ahora Tirado López reivindica el suyo también.
Entre las muchas cosas que la Revolución le enseñó antes y después de la derrota, los dos tiempos que los sandinistas insisten en distinguir, está el no encasillarse en ningún esquema. “Lo que uno forma está, después es otra cosa. Te saliste del Frente, te corrieron, te retiraron, te renunciaron, un Frente Sandinista así no vale la pena”. Pero siente nostalgia al ver lo que es hoy del Frente Sandinista. Nostalgia tal vez de haberlo fundado y no estar allí.
Lo ideal: buscar una nueva izquierda
Uno de los signos del fracaso del gobierno que preside Daniel Ortega, apenas a cien días de haberlo asumido, dice Víctor Tirado, es la rebelión de los maestros, “allí está el 62 por ciento que no votó por Daniel” y que, sin embargo, ha obviado la gratuidad de la educación.
Lo mejor hubiese sido buscar una nueva izquierda, analiza Tirado López. “Se podía haber descubierto una nueva izquierda”, dice ahora, ya con la cabeza muy fría, observando detenidamente los errores del pasado que no les permitieron recomponer las cosas luego de aquel funesto 25 de febrero de 1990, en las elecciones más limpias de Nicaragua.
Un triunfo de Ortega
“¿Qué íbamos a hacer?”, pregunta Tirado López como dando una explicación del porqué seguían unos pocos en pie de guerra, firmes en la montaña, como queriendo reeditar al “Ejército Loco” del General Augusto C. Sandino, mientras la mayoría de los nicaragüenses descansaban bajo la sombra de Somoza. “No nos íbamos a ir a nuestras casas”, continúa diciendo este combatiente que, al final, prefirió irse del partido, quizá no a su casa, pero sí a perder una lucha que no quiso combatir desde dentro.
Esta lucha, sin duda, la ganó Daniel Ortega, quien logró bajar el porcentaje necesario para ganar las elecciones presidenciales, un fruto del satanizado pacto, “un pacto inmoral”, dice Tirado.
“Bajémoslo al 25% entonces y ganamos nosotros”. ¿Nosotros quiénes? Le pregunto, pues insiste en distinguirse del Movimiento Renovador Sandinista (MRS), partido que “sólo les dio la casilla”, pues él es del Rescate al Sandinismo, la llama que de verdad enciende al MRS, como pretenden hacer creer quienes lo integran.
Del MRS sólo tienen las siglas y la casilla donde la gente votó, los del Movimiento al Rescate del Sandinismo pretenden “restituir la moral del sandinismo, de los héroes y de los mártires”.
Tirado López está ya con varios kilómetros a distancia de su antiguo compañero, aquel que se adhirió a su tendencia, la que al final se impuso. Me refiero a la tendencia tercerista que lideraban los hermanos Ortega Saavedra. “No”, corrige de inmediato: “Él era de mi tendencia, no yo de la suya”.
Los terceristas, Humberto Ortega, Daniel Ortega y Tirado López, cada uno ahora por rumbos distintos y con ideas políticas adversas, eran de la idea que los guerrilleros bajaran de la montaña a la ciudad. Así bajaron y lo demás ya es historia contada: una a una las ciudades de Nicaragua fueron liberadas de los somocistas. Las tendencias nunca se borraron, dice. Nadie se metía en el espacio de acción del otro, cada comandante hacía su trabajo y punto. He ahí uno de los errores que, luego de muchos años, el guerrillero logra ver.
Los sandinistas empezaron a escribir diez años de la historia de Nicaragua, aunque ahora no hay un consolidado de ésta porque cada cual cuenta sólo su parte.
Parece difícil preguntar qué hay hoy del sandinismo que impregnó a aquellos jóvenes que entraron a Managua empuñando sus armas a alguien que salió o que “fue sacado” del partido que gobierna, pero insistentemente pregunto. “No hay similitud alguna”, contesta, seguro, Tirado López, y es obvio que muy poca ha de haber porque el contexto de hoy es opuesto al de antes.
¿Y acaso el mismo Presidente de la República no es parte de ese sandinismo? “Daniel rompe con el sandinismo para ganar las elecciones, cambia todo, porque ya nada de lo que es sandinismo le sirve”. Daniel Ortega quiere ser presidente y eso es su norte, dice Tirado López.
Desde entonces la brújula de Daniel indica otros caminos por donde enrrumbarse. Atrás quedó la Teología de la Liberación de Leonardo Boff, para dar paso a un catolicismo ferviente, ávido de incidir en el Estado.