Política

De la lucha ideológica a sólo afán del poder

El regreso al poder del FSLN y sus dilemas recuerdan encrucijadas de los ochenta. Cuando ganó la guerra en el 79 derrumbó un modelo “atípico” desde el punto de vista de la tradición burguesa. La crisis de dominación oligárquica anterior al somocismo en Nicaragua se resolvió de forma distinta al resto de Centroamérica. Durante el somocismo se agudizó la crisis de los partidos tradicionales y de las formas oligárquicas de dominación. El Partido Conservador quedó excluido del gobierno desde 1927 y nunca más volvería al poder, salvo a través de pactos. La estructura libero-conservadora, rota por primera vez con la rebelión de Sandino, volvió a romperse con el alineamiento de fuerzas alrededor del FSLN en los setenta. Después de la muerte de Carlos Fonseca, el “foquismo guerrillero” fue relegado por la estrategia insurreccional y las alianzas con la burguesía descontenta con el somocismo.

Erick Aguirre

“Ejercer la crítica de la nación es una forma de optimismo;
sólo el silencio es optimista,
y la crítica, como la caridad,
empieza por casa.”
Wole Soyinka

(Primera de tres entregas)

Pocos días después que el candidato Daniel Ortega fue proclamado presidente de Nicaragua, no pocos periodistas y observadores empezaron a preguntarse acerca de los factores claves que permitieron su triunfo electoral después de permanecer más de una década fuera del Ejecutivo. Pero ahora que Ortega ya gobierna, resulta apremiante emprender un recuento de hechos históricos que podrían permitir reconocer el derrotero político del FSLN antes y después de su primera derrota electoral, y apreciar con mayor claridad las circunstancias históricas de su regreso al gobierno.
El regreso al poder del FSLN y sus actuales dilemas como partido gobernante, inevitablemente nos recuerdan (salvo las circunstancias de guerra) los viejos dilemas con los que se enfrentó cuando gobernó en los ochentas, y ante los cuales mostró mucha ambigüedad y confusión en cuanto a lo que podía significar, en las décadas finales del siglo XX, una estrategia de izquierda desde el ejercicio del poder. Especialmente en una nación centroamericana subdesarrollada y dependiente del gran capital internacional, que además, por razones geopolíticas evidentes, se circunscribe claramente en el área hegemónica de poder de los Estados Unidos de América.
Los dilemas que enfrentaba en plena década ochenta el FSLN lograron acentuar en su seno las contradicciones derivadas de su doble naturaleza de frente político y organización militar instaurada en el poder. Su experimentación con una política de alianzas inicialmente efectiva en la etapa pre-insurreccional e insurreccional contra la dictadura de Somoza (pero a la postre llena de improvisaciones en su periodo de gobierno), terminó por desencadenar un proceso de desnaturalización política que se agudizó durante los años posteriores a su primera derrota electoral.

El modelo somocista y la crisis de dominación oligárquica
El FSLN llegó al poder en 1979 luego de un periodo histórico durante el cual la dinastía Somoza había consolidado un modelo de poder dictatorial que desde el punto de vista de la tradición burguesa era más bien atípico, y llevaba casi medio siglo de funcionamiento. Su prolongación en el poder desde el asesinato de Agusto C. Sandino en 1934 y la amañada elección del primer Somoza en 1939, se apoyó en diversos factores que incluyen la tradición bipartidista de los grupos elites de poder en Nicaragua (que por medio del control del Partido Liberal le permitió al somocismo salir de sus eventuales crisis recurriendo a pactos y componendas con el Partido Conservador), la acumulación de poder económico a través de la confusión corrupta de sus intereses familiares con los del Estado, la subordinación de las Fuerzas Armadas y el apoyo permanente de los gobiernos de Estados Unidos.
Aquí es importante subrayar que la crisis de dominación oligárquica existente con anterioridad a la instauración y consolidación del modelo dictatorial somocista, en Nicaragua se dilucidó de una forma distinta a la del resto de países centroamericanos. Antes de la sublevación de Sandino en 1927, la oligarquía conservadora nicaragüense había sostenido su hegemonía por periodos prolongados. De 1858 a 1893 sobresale en la historiografía el periodo de los “treinta años conservadores”, lleno de presidentes ilustrados y “progresistas”, mezcla de librepensadores, hacendados “civilistas” y generales “bienhechores”, que sin embargo legitimaron su dominio a través de “leyes” y medidas patriarcales y discriminatorias, hasta su interrupción con la revolución liberal encabezada por José Santos Zelaya en 1893.
El gobierno liberal de Zelaya duraría 17 años. La profundización de sus reformas políticas y su retórica nacionalista provocó su derrocamiento en 1909 y la consecuente intervención militar estadounidense, lo cual permitió a los conservadores regresar al poder político, aunque por un corto periodo que fue conocido como “la restauración conservadora”, pues en 1927, en plena ocupación militar, Estados Unidos los instarían a compartir alternadamente el poder con los liberales por medio del “pacto del Espino Negro”, ante el cual se rebela Sandino e inicia su guerra “anti-oligárquica y antiimperialista” que culminó con la salida de los marines norteamericanos y la firma de un acuerdo de paz traicionado por el primer Somoza, quien desde el control del Partido Liberal y de la recién organizada Guardia Nacional, se convierte en su asesino y en el caudillo de Nicaragua.

Crisis de los partidos tradicionales y decadencia conservadora
Durante el largo periodo somocista se agudizó en el país la crisis de los partidos tradicionales y de las formas oligárquicas de dominación, que se vieron sustituidas por el modelo dictatorial de la familia Somoza. El Partido Conservador quedó excluido del ejercicio del gobierno desde 1927, y nunca más volvería al poder político, salvo a través de los pactos y componendas a los que eventualmente recurría el somocismo en momentos de crisis, principalmente en la década cincuenta y a inicios de los años setenta, precisamente al inicio y al final del nada breve lapso que le tomaría al FSLN consolidarse como alternativa de poder.
La estructura social libero-conservadora, rota por primera vez con la rebelión de Sandino, vuelve a romperse con el alineamiento de diversas fuerzas alrededor de la opción político-militar del Frente Sandinista en la década del setenta. Muchos conservadores que siempre se mantuvieron alejados de los pactos y componendas con el somocismo y que luego evolucionarían hacia posiciones democristianas y socialdemócratas, después de eventuales, débiles e inútiles conatos de rebelión militar contra Somoza, terminaron por incorporarse a los intentos insurrecionales del FSLN, especialmente después del asesinato del periodista Pedro Joaquín Chamorro en 1978, quien precisamente había defeccionado del Partido Conservador después del último pacto de 1970, manteniendo hasta su muerte una posición vertical de oposición al somocismo desde el diario La Prensa, del cual era director y propietario, y desde una organización de inspiración socialdemócrata fundada por él mismo y que llamó Unión Democrática de Liberación (UDEL).
Pero antes de volver al “momento cumbre” de 1979 es preciso hacer énfasis en las rivalidades respecto a las estrategias de lucha y las políticas de alianzas al seno del sandinismo en la etapa pre-insurreccional de su lucha contra Somoza, en medio de las cuales, finalmente, el pragmatismo de la llamada tendencia “tercerista” o “insurreccional” encabezada por los hermanos Humberto y Daniel Ortega, logró establecer su hegemonía al momento de sellar definitivamente la unidad sandinista en 1978.
Después de la caída en combate del máximo líder y fundador del Frente Sandinista, Carlos Fonseca, en 1976, el “viejo foquismo guerrillero” que operaba en las montañas pasa a ser relegado por una estrategia que privilegia las ofensivas insurreccionales urbanas de forma paralela al establecimiento de alianzas (e incorporación directa a sus propias filas) con sectores empresariales antisomocistas y figuras provenientes de la oligarquía conservadora tradicionalmente descontenta con el somocismo, que además le sirvieron para promover el cerco diplomático internacional que terminó por presionar decisivamente al último Somoza.
Tales son las circunstancias históricas en medio de las cuales el FSLN irrumpió, con el pueblo armado a sus espaldas, en el poder político. Su desenvolvimiento en el gobierno durante los siguientes diez años estuvo marcado por muchos obstáculos que vinieron a agregarse a sus propias dificultades para definir su derrotero como organización política y la consecución del necesario consenso social para la clara articulación de una nueva propuesta de régimen político para Nicaragua. Sus contradicciones internas respecto a las estrategias de lucha política se vieron atenuadas en virtud de las conveniencias impuestas por la necesidad de unidad del sandinismo (por un lado como Partido o “ex Frente guerrillero”, y por otro como gobierno sujeto a compromisos tácitos con aliados carentes de un estricto arraigo sandinista), una vez instaurado en el gobierno.

eaguirre@elnuevodiario.com.ni