Opinión

A las sombra de las muchachas dormidas


— Sergio Ramírez —

A pesar de todos los desbordes de la globalización, la;
narrativa japonesa sigue siendo aún hoy entre nosotros;
bastante exótica, al grado que como ocurre con casi todas las;
literaturas orientales, las traducciones al espańol nos vienen;
de segunda mano, del inglés o del francés.;


Creo que la primera novela japonesa que leí fue El Samurai, de;
Shuzaku Endo, que me causó una honda impresión por su trama;
perfecta en la que el destino de un hombre está sellado desde;
el principio como juguete del poder, o de lo que siempre se ha;
llamado las razones de estado: un viejo guerrero que en los;
albores de la consolidación del imperio, a comienzos del siglo;
XVII, es enviado a Roma, por la vía del México virreinal, para;
una gestión ante la corte papal, inútil desde el principio y;
que no es sino su sentencia de muerte. Desde entonces entendí;
que las novelas japonesas, con toda su calidad panteísta de;
fidelidad a la belleza de los objetos de naturaleza muerta en;
sus descripciones, valen como alegorías de la vida pública, o;
de la vida privada, montadas en un engranaje impecable.;
;
Recuerdo estas calidades ahora que se cumple el centenario del;
nacimiento de Yasunari Kawabata (1899-1972), ganador del;
Premio Nobel de Literatura en 1968, y sin duda uno de los;
grandes escritores de este siglo. Mi conocimiento de Kawabata;
es muy reciente, y se lo debo a Gabriel García Márquez, quien;
en una de esas tardes plácidas de conversación sin horarios en;
su casa del Pedregal de San Angel, me habló en 1997 de esa;
pequeńa maravilla que es Las bellas durmientes, que sólo;
encontré tras una larga búsqueda en la Librería Gandhi, y que;
leí en el avión de regreso a Managua, donde la dejé olvidada,;
por uno de esos imperdonables azares del destino, pero que el;
destino mismo me compensó luego cuando la siguiente vez, Gabo;
me regaló uno de los dos ejemplares de la bella y rara edición;
francesa que recién había recibido, publicada por Albin Michel;
con ilustraciones y fotografías de Frédéric Clément.;
;
Gabo, fascinado por la historia de Las bellas durmientes habló;
alguna vez de la idea de emprender un remake, volviendo a;
escribirla, e incluso, con afán de detective, se puso sobre;
las pistas literarias que le ayudaran a desentrańar la factura;
del libro y sus entretelones misteriosos; de ello hay;
constancia en un cruce de cartas suyo con otro Premio Nobel;
japonés (1994), Kenzaburo Oé (La Presa, el grito silencioso);
documentado en la revista Nexos de México. Pero al fin dejó el;
proyecto, y se decidió mejor por sus memorias.;
;
No es para menos, porque se trata de una historia de terrible;
belleza, que no necesita durar muchas páginas: clientes ya;
viejos acuden a una casa de citas donde habrán de encontrarse;
en el silencio de los aposentos con muchachas desnudas, y;
narcotizadas, a las que está prohibido hacer despertar. Pueden;
pasar la noche en el lecho al lado de las bellas durmientes,;
pero no pueden tocarlas. Uno de esos ancianos va a;
encontrarse, entre el espanto y el delirio, frente al muro;
final de su vida, imposible de abrir, como símbolo de la;
decrepitud y de todo lo perdido para siempre.;
;
Después, en mi exploración de Kawabata, me encontré con;
Belleza y tristeza, (Vintage) una historia de amores trágicos;
que me recordó mucho la fatalidad irreparable que acude a las;
novelas de Somerset Maugham, como en El velo pintado, o a las;
de Vladimir Nabokov, como en Risa en la oscuridad, donde la;
muerte sobreviene como remedio de la pasión extraviada.;
;
En una librería de viejo de Georgetown de este ańo con otra;
joya de Kawabata, breve también, (en francés se escribe;
Kawabata Yasunari, y en inglés Yasunari Kawabata, igual que en;
espańol, vaya a saberse porqué), La bailarina de Izu,;
(Counterpoint, 1997) la primera de una serie de historias;
autobiográficas, que da título al libro, traducido por Martin;
Holman.;


La textura del relato, igual que en Las bellas durmientes,;
descansa aquí también en una arquitectura delicada, casi;
etérea, que copia fielmente la intensidad del dolor de la;
memoria: el muchacho estudiante de veinte ańos que se pone;
tras los pasos de una bailarina adolescente que va con su;
tambor por las aldeas como parte de una tropa de comediantes;
andariegos, entregado a la persecución de una ilusión efímera;
e imposible, y que por imposible sobrevive en el recuerdo.;
;
Kawabata, quien en los ańos veinte representó la vanguardia;
narrativa del Japón, maestro de la modernidad, escribió;
novelas más extensas, (País de Nieve, Kioto, El retumbo de la;
montańa), pero yo he querido recordarlo en su centenario por;
esas tres filigranas inolvidables. Mentor de Yukio Mishima;
(Confesiones de una máscara, El pabellón de oro), también él;
se suicidó, como su discípulo, conforme los antiguos ritos;
japoneses. Un personaje trágico, de la propia textura de sus;
libros.;


Managua, septiembre de 1999.;