Opinión

¿Un nuevo impuesto para hacer pipí?


— Julio Francisco y Theódulo Báez Cotés —

Esta columna que siempre elaboramos a cuatro manos por encargo del poeta Luis Rocha, hoy será escrita en primera persona ya que don Theódulo José por andar de fanático del trabajo se privó de este paseo. 15 de septiembre de 1999, diez y veinte minutos de la mańana. Aduana de Peńas Blancas, lado de Nicaragua (víspera del Ťdía de júbilo nacional por haber conquistado el título de país más desgraciado de Américať). ;


Docenas de pasajeros de transporte colectivo y de vehículos particulares aguardábamos la pasada del fornido inspector aduanero (bastante cipotón, chirizo y cara de buena gente), cuya función exclusiva era meter la mano en cuanta valija medio abierta se le ponía enfrente. Extrańado por el conspicuo sistema de control de nuestras fronteras (¿y la famosa Ley de Autodespacho?), decidí preguntar al personaje de la mano pachona qué pretendía encontrar con esa innovadora técnica de registro aduanero. ŤUrgando se encuentra la droga, amigóť, fue la respuesta lacónica de quien parecía insinuarme que en virtud de andar de necio, me aprestara a abrir mi maleta de una vez por todas.;


Mientras el chirizo continuaba impertérrito su non grata faena, una viejita enfilada me contó muy molesta que ella había visto sonrojarse a más de una dama honorable cuando aquella mano implacable penetraba indiscreta en recovecos privados de ciertas maletas de tan ilustres matronas. Y para adornar el caso, la pícara anciana me secreteaba al oído: Ťque Dios me perdone, pero no me faltan ganas de ponerle al chirizo ese una ratonera en mi valija, para que al registrarla el muy puńetero sepa lo que es cajetať. Si les digo que me hice el serio por solidaridad con el chirizo, les miento; celebré a mis anchas el ingenio de la viejita. ;


De pronto, lo inesperado: a la típica velocidad de quien se las sabe todas, una camioneta Lincoln, azul, placa 117-103, y una Toyota Prado, verde, placa 178-824, con un ministro de Estado a cuestas y toda su familia, llegaron raudos a la delegación aduanera. Para serles franco, sospeché de inmediato que muy pronto sería testigo de un soberbio episodio digno de un artículo crítico sobre las preferencias de que iba a ser objeto el séquito ministerial. Pero no fue así. Me equivoqué por completo y por mal pensado. Todo transcurrió en relativa calma y sin atropellos ni servilismos de ninguna clase, salvo los acostumbrados lances –más tontos y ridículos que odiosos– de uno que otro escolta de estrambóticos guantes naranja. ;


¿Pero qué tiene que ver la manopla del chirizo con la llegada del ministro chaleco safari? A nuestro amigo aduanero le pasó algo raro, se las vió de a palito: ocurre que su ingrata misión fue suspendida a causa de la intempestiva llegada del seńor ministro a la fila de los registrados. El pobrecito creyó que recibiría una reprimenda severa por esa mano indiscreta que entraba y salía, razón por la que se las pintó disimuladamente, antes de que el susodicho llegara, concediéndonos sin quererlo aquella anhelada amnistía. Pero, Ąoh error el de nuestro chirizo! ĄEl ministro se acercó a la fila porque al lado vendían unos olorosos quesillos que al ratito atacaba con apasionada fruición!;
Liberado ya de la gratuita asoleada me dí una vueltecita por los servicios higiénicos y... Ąsegunda sorpresa!: un simpático rotulito anunciaba el cobro de tres córdobas por entrar, previa entrega del correspondiente alińo de papel higiénico de ley, que una amable seńora entregaba en la puerta luego de efectuado el pago del más novedoso impuesto registrado en los anales de nuestra historia fiscal. Por lo pronto, dije para mis adentros, no caeré en la tentación de discutir con algunos entendidos por ahí que podrían defender este cobro ilegal por no ser Ťimpuestoť, sino Ťtasa por serviciosť. Eso sí, traté de explicarle a la seńora que la medida era injusta pues en esa zona tan árida una persona sin reales arriesgaba morirse de inesperadas urgencias.;


En eso estaba cuando... Ątercera sorpresa! Del mencionado recinto veo salir al chirizo, pálido, sudoroso y asustado. Me queda viendo con sabor de venganza y me dice: Ťpague, no sea pinche amigó, que hasta el ministro pagó para hacer pipíť. Si el ministro entró o prefirió ir al bańo de los jefes, no lo sé; si pagó o fue exonerado, tampoco lo sé. De lo que estoy seguro, porque me consta, es que el seńor ministro no suspendió el cobro ilegal de ese feo tributo. En el umbral del servicio, un bandido con cara de universitario y muchas ganas de tomarme el pelo, sentenció: ŤA lo mejor el ministro alegó que derogar impuestos sólo compete a la Asamblea Nacionalť. Dejé sentada mi protesta por el grosero tributo forzado por las circunstancias, pagué los tres pesos, me despedí del chirizo y entré.