Opinión

Ella era la madre de mi madre


— Julio César Sandoval —

A mi abuelita Rosa Isabel, multiplicada ahora en el espacio.;


En la Mesa de los Santos mi abuelita tenía un cuadro: era la estampa de los Coros Celestiales. En grandes semicírculos almas de blancas vestes miraban hacia un centro todo lleno de luz resplandeciente. ĄEse era el cielo! ¿Dónde estaría yo? Abuelita me indicaba vagamente el fondo desvanecido en ciclorama y me decía: ŤAhí, junto a todos los que hemos salido del Purgatorioť.;


Pensaba en la barrera de los toros. Yo aferrado del gancho de una estaca entre la multitud y allá, en el palco, junto a los chicheros celestiales de liras y flautines, los santos de la Calle Atravesada: los Cuadra, los Zavala, los Cardenal y los Chamorro. Aquí estaban los Siete Planos. Las siete potestades que rodeaban al Paráclito, al Verbo y a su Padre: el Gran Trimurtú, ĄĄĄel Dios de los Ejércitos!!!.;


Y yo me aprendía el nombre de los palcos celestes: ángeles, arcángeles, querubines, serafines... potestades, tronos y dominaciones. Yo conocía a los querubines: eran unas cabecitas con alas, como las abejas que pierden el abdomen tras clavar la ponzońa. Y conocía a los arcángeles, exápodos, de poderosas alas largas... y eran así también las alas de mi Angel de la Guarda al que sólo podían ver los nińos sin pecado. Dicen que si tocaban el kilométrico manto del Obispo y....;


Yo una vez besé la mano del Obispo. Lo hice. Era una mano feble y solemne, enguantada en cabritilla y cuajada de pedrerías falsas. Mi abuelita estaba besando el suelo santificado por la alpargata del Apóstol de Cristo... y los caballeros de la alta aristocracia granadina la mano, el anillo y toda la bisuterías santas. Pero no he logrado nunca ver al Angel de la Guarda.;
Toda la vida me han confundido las grandes diferencias celestiales. En el Cielo y en la Tierra. A las misas episcopales los aristócratas (!) iban de chaqué y chisteras afelpadas. Me divertía el Dr. Bárcenas Meneses, de anteojos y chiquito como una hormiga con nada. Caminaban solemnes a los reclinatorios, mientras en su sitial magestático esperaba Canuto Apóstol.;


Y yo pensaba: Ť¿Cómo después se vestirían en el cielo? ¿Irían los Zavala al Purgatorio?ť;


Se murió mi abuelita. Yo tenía seis ańos y me acerqué a besar su frente sudorosa. Aún tengo sus ojos muy abiertos clavados en el alma. Se murió y la enterraron... y yo, en la noche, me pasaba largas horas rezando al Nińo Dios de Praga para que la sacara del purgatorio. Me quedaba pensando, la veía como el Ťánima solať, una muńequita que, de hinojos y entre llamas, estaba en la iglesia junto a una alcancía inmensa.;


Nunca le tuve miedo a mi abuelita: la amaba, en la oscuridad la buscaba... y a ella le rezaba cuando mi mamá me reprendía. Con los ańos, la figura ampulosa de mi abuela se fue borrando. Yo me iba a la Mesa de los Santos y la buscaba, la buscaba en el cuadro de los Coros Celestiales,... la perseguía en la masa infinita de cabezas difuminadas en el torpe ciclorama. ĄNunca la pude ver! ĄNunca! ¿Quién se llevó ese cuadro? Ahora sé que ahí estaba. Mi abuelita ahí estaba, ahí está.;


No entre las cabezas perdidas de la masa, sino en los Siete Planos, a la diestra del Trimurti divino, donde ahora el cielo ha remodelado un plano nuevo Ąel primer plano! para todas las adorables abuelitas de la tierra.;