Opinión

Con los pies en la tierra


— José Steinsleger —

Helder Camara, el más blanco de los obispos de Brasil, vestía;
de negro y le decían rojo. Los pobres le creían "santo" y los;
ricos "comunista". Pero él ni siquiera fue "teólogo de la;
liberación" sino el más fiel observador de la encíclica Pacem;
in Terris, del papa Juan XXIII (1963). Pureza, seriedad y;
coraje. Y por sobre todo, inequívoco compromiso terrenal:;
hacer de la Iglesia católica una institución consecuente con;
el verbo que la justifica.;


Nacido en el seno de una familia de clase media baja;
(Fortaleza, Ceará, 1909), cinco de sus hermanos murieron, aún;
nińos, como todavía mueren a diario los nińos del nordeste;
brasileńo, por disentería y falta de cuidados. A los 22 ańos;
el joven Helder quiso cambiar el mundo y, de la mano del;
obispo de Ceará, entró por la puerta equivocada. Adhirió al;
movimiento fascista "Acción Integralista" hasta que el;
cardenal Leme, de Río de Janeiro, lo convenció que éste no era;
el camino.;


Los pueblos del nordeste brasileńo, descritos por el sociólogo;
Josué de Castro en Geografía del hambre (1949) y Guimaraes;
Rosa en Gran Serton: Veredas (1956), acaso la mayor novela;
latinoamericana (de nervio similar al que diez ańos después;
anima a Gabriel García Márquez en Cien ańos de soledad), fue;
el mundo de Don Helder.;


En 1956, Helder Camara jugó un papel destacado en la;
Conferencia de Obispos y en 1958 apoyó a las Ligas Campesinas;
de Francisco Juliao, que movilizaron a los trabajadores;
rurales para conseguir una reforma agraria radical.;


Atento a la evolución cultural, defendió las actividades del;
Cinema Novo, en particular los filmes que trataban la realidad;
del nordeste, y cerró filas con cineastas como Glauber Rocha;
al decir que no encontraba "la menor coincidencia entre los;
valores del pueblo brasileńo y los de una intelectualidad;
elitista y alienada".;


Cuando en 1964 las Fuerzas Armadas dan el golpe que sepulta a;
Brasil en una dictadura de 21 ańos, Helder Camara permanece en;
su pequeńa "iglesia das fronteiras", allá en Recife, donde hay;
zonas que sería simplista definir como subdesarrolladas o;
prehistóricas porque los hombres son felices si encuentran;
restos de comida en la basura.;


"Y a esas gentes ¿qué quiere que les cuente yo? ¿Qué tienen;
que sufrir para ir al paraíso? La eternidad empieza aquí en la;
tierra, no en el paraíso", confiesa a la periodista Oriana;
Fallacci en 1970. Sin embargo, no colgó los hábitos, como el;
cura guerrillero Camilo Torres. Pero tampoco cayó en la trampa;
de la "justicia como ecuanimidad" y los "contratos sociales";
vagamente racionales sobre un tipo de justicia que ahora;
llaman "equidad".;


En la entrevista, Helder Camara se mostró partidario del;
"...socialismo de justicia y el derecho de tener rostros;
diferentes, cuerpos diferentes, voces diferentes y cerebros;
diferentes para que cada uno reciba lo esencial para vivir,;
siendo distinto...;


"Lo peor --dijo-- es el silencio de la prensa, de los;
ciudadanos y la debilidad de nosotros los cristianos,;
demasiado habituados a inclinarnos ante el poder y las;
instituciones o bien, acostumbrados a callar... Yo, como;
religioso, no puedo aceptar ningún tipo de violencia. Pero yo;
detesto a quien permanece pasivo, a quien calla y amo sólo a;
quien lucha, a quien se atreve". ;


"Las religiones están en deuda con la humanidad, pero la deuda;
más grave la tienen los cristianos, y entre ellos los;
católicos... Somos nosotros, los sacerdotes, los responsables;
del fatalismo con que los pobres se han resignado siempre a;
ser pobres, y los pueblos subdesarrollados a ser pueblos;
subdesarrollados... Yo, al cielo, quiero enviar hombres, no;
despojos. Y mucho menos despojos con el estómago vacío y los;
testículos machacados".;


Helder Camara dormía rodeado de gallinas que lo alertaban de;
quienes iban a ponerle bombas, o se acercaban para dispararle;
con metralla o escribían en color sangre "Morte ao bispo;
rosso" los muros de la iglesia, a los que repintaba una y otra;
vez con manos de cal. Todos los días recibía insultos y;
amenazas de muerte por teléfono.;


--"¿Y por qué contesta usted?" --, pregunta Fallacci.;


--"Porque responder al teléfono es mi deber. Si me enojase con;
los hombres sería un sacerdote con el fusil a la espalda, que;
yo respeto mucho, pero no es mi elección. Podría ser;
cualquiera que se sintiera mal, que me necesitara, que pidiese;
ayuda. Soy un sacerdote, ¿si o no?".;


La Jornada, México;