Opinión

Del bicaudillismo al tripartidismo


— Carlos Fernando Chamorro —

Las minutas del pacto entre liberales y sandinistas, distribuidas a la prensa la semana pasada, permiten apreciar de forma descarnada los objetivos comunes logrados por ambos partidos, en este nuevo capítulo de nuestra interminable transición política. ;


El más visible, porque se trata de la sustitución de personas en los cargos públicos, es la repartición de cuotas de poder en las instituciones del Estado. ;
La colegiación de la Contraloría, la ampliación de la Corte Suprema de Justicia y del Consejo Supremo Electoral, y el discutible recorte del período de los Magistrados del CSE, representa un asalto a la institucionalidad política, en tanto se está imponiendo el interés estrictamente partidista por encima del imperativo de profesionalizar las instituciones. ;


Las consecuencias de esta acometida afectarán directamente los programas de gobernabilidad financiados por la comunidad internacional y la confianza en las instituciones a largo plazo. La elección del próximo presidente de la Corte Suprema de Justicia, marcada ahora por la influencia política del pacto, es sólo un botón de muestra de lo que está por venir. Sin embargo, es poco probable que la comunidad internacional logrará articular una estrategia unificada frente al pacto, y es aún menos probable que la ciudadanía reaccionará en defensa de instituciones que percibe distantes y alejadas de sus problemas cotidianos. El fracaso de la movilización anti-pacto así lo ha confirmado. ;


La segunda dimensión del pacto es la renegociación de las reglas de la competencia política con que los pactistas han establecido barreras políticas al ingreso de terceros. En nombre del sano criterio de disminuir la excesiva dispersión de partidos, han establecido obstáculos para el acceso de nuevos actores. Igual que las inhibiciones en 1995 tenían una dedicatoria personal, las disposiciones del pacto para la formación de las alianzas están concebidas para dificultar el ingreso a la competencia política de nuevos actores, que tienen mayor potencial de capitalizar la existencia de más del 60% del electorado que no se adscribe al PLC y la FSLN.;


El pacto no sólo elimina la suscripción popular, aumenta el porcentaje de votos para preservar las personerías jurídicas de los partidos, y establece el financiamiento post electoral, sino que encarece la posibilidad de hacer alianzas a los nuevos actores y ofrece incentivos para que éstas se formen alrededor de los partidos fuertes ya existentes, vale decir, liberales y conservadores. ;


Pero ninguno de estos obstáculos es verdaderamente insalvable, si existe la oportunidad de competir por el poder en las elecciones locales del 2,000, en un calendario distinto al de las elecciones presidenciales del 2,001. Por las razones que sean, el pacto ha dejado abierta una ventana que libera al voto local de la presión del Ťvoto en cascadať que dominó las elecciones de 1996. El desafío ahora es cómo tranformar esa oportunidad en un pujante movimiento político. La ruta de escape del bicaudillismo hacia el tripartidismo o hacia un sistema más abierto y representativo, pasa por estas elecciones municipales, y no necesariamente por la selección a priori de candidatos presidenciales. Una nueva alternativa política que está obligado a construirse de la noche a la mańana, porque sus bases actuales son sumamente precarias, no se hace únicamente con ideas, candidatos o recursos económicos. Requiere organización, cuadros fogueados, alianzas sociales, y sobre todo vender la convicción de que se pueden ganar elecciones. De ahí la importancia estratégica de las elecciones locales que se realizarán en solamente quince meses. Si los resultados de la contienda del 2,000 ofrecen una repetición del panorama del 96, con mayoría liberal y minoría sandinista o viceversa, y un número insignificante de alcaldías en manos de otras fuerzas, la elección presidencial del 2,001 difícilmente podrá liberarse de la atadura bipartidista. En cambio, si las elecciones municipales arrojan un porcentaje considerable, aunque no sea mayoritario, de alcaldías y plazas electorales importantes en disputa, y otras en que sandinistas y liberales sean derrotados por una tercera fuerza o coaliciones locales respaldadas por una alianza nacional, este resultado sellará el escenario del 2,001.;


Es tiempo, por lo tanto, de abandonar las fútiles especulaciones sobre eventuales candidatos presidenciales en función de porcentajes de popularidad en las encuestas, y empezar a plantearse cómo ganar elecciones locales, de manera que la credencial de los presidenciables del 2,001 sea la efectividad de su aporte en las elecciones municipales del 2,000. ;


Este panorama ineludible le ofrecería al naciente movimiento social agrupado en torno a la democracia local y la descentralización del poder, una oportunidad de oro para participar en política, e influir en los programas, coaliciones locales y selección de candidatos. A fin de cuentas, ésta podría ser la única, y quizás la última oportunidad, para que la política deje de depender de caudillos -de derecha, izquierda o centro- y empiece a girar en torno a una plataforma de acción para cambiar el país desde abajo. ;