Opinión

En el País de la Ley Silva


— Darwin Juárez —

S iendo testigo de los más recientes y;
vergonzantes sucesos de la vida política nacional, me pregunto qué dirían lumbreras ya idas como Rubén Darío que en más de alguna ocasión respondiera altiva y orgullosamente a los que en medio de su vocinglera ignorancia le asociaban con desdén a esta tierra. Rubén siempre les respondió en ;
los términos de cuán equivocados estaban si creían que Nicaragua era la Papuasia. Lo paradójico es que a un siglo de distancia, nuestro gran vate, muy a su pesar, tendría que aceptar la humillación de que mientras la Papuasia se ha civilizado, nosotros hemos experimentado tal involución que los diz que ŤPadres de la Patriať no han vacilado en hacer del Legislativo un legítimo ring de boxeo, donde pendencieros de uno y otro bando zanjan a trompadas sus diferencias. ĄQué ejemplo para los ;
jóvenes! ĄQué cátedra de civismo y parlamentarismo!;


Y es que, lógicamente, lo anterior no es de gratis. Los Ťtraidosť políticos (¿o más bien debo decir las pantomimas?) no nacen y se manifiestan así porque sí de la noche a la mańana. Tampoco era de gratis el show pugilístico que cada vez y cuando brindaba el Congreso Nacional en la dorada época del General Somoza, cada vez que una crisis política sacudía el país. De cuando en cuando liberales y conservadores encendidos de Ťamor patrioť cruzaban puńetazos —y hasta había ya quienes eran reconocidos por tener un buen Ťpunchť para terminar zanjando sus diferencias indistintamente en una mesa de tragos, negociando privilegios y cuotas de poder.;


De modo que el ring side parlamentario de lujo Ťdicen que acaban de estrenar sillas italianas los seńores diputadosť no es nuevo. Lo nuevo lo constituye en todo caso la lista de ranqueados que debutó esta semana que recién concluye. Y quizás el otro elemento novedoso lo constituya el hecho de que el funcionamiento democrático a que se vio forzado el Legislativo anterior, durante el Gobierno de Dońa Violeta, ahora ha retrocedido a los tiempones del Congreso Nacional, cuando lo que contaban no eran los argumentos y razones de los legisladores (Ąqué iban a argumentar ante las macanudas razones Ťdel hombreť!) sino los votos a la hora de aprobar o rechazar tal o cual proyecto de ley (a esa hora hasta el más dormilón se levantaba como estimulado por un chuzo eléctrico).;


Bueno, pero para algo sirve la impunidad. Perdón, quise decir la inmunidad de que gozan los seńores diputados. Después de la trifulca no hay querellas judiciales, no hay citatorias de la policía y cada quien a su casa, a que le pongan hielo, faugmentos y algo más para calmar los nervios. Sólo que tras el enclaustrado recinto de los ŤPadres de la Patriať —cada quien a su nivel— los hijos de las protestas estudiantiles no pueden decir lo mismo. Afuera, en lugar de ganchos al hígado, arańos, pellizcos, mordiscos y fuego cruzado de palabras pesadas, las pedradas, los gases lacrimógenos, los morterazos y las balas de goma son otra cosa, y la gente no va a parar a su casa (aunque algunos, como los de San Antonio estén en sus casas) sino al hospital.;


Del otro lado está un día rutinario cualquiera. Usted va tranquilamente, transitando despacio por las calles, como mandan las leyes de tránsito, y de repente un guante anaranjado, el ulular de las sirenas, policías tensos y malcriados, y una inmensa caravana de carros fúnebres corriendo a velocidad prohibitiva en las estrechas y maltrechas calles de Managua o de cualquier otro lugar del país, son la advertencia segura de que si no te quitás de quito (cuando menos ya se contabilizan cuatro personas a quienes la imprudencia temeraria de andar tranquilamente por las calles les ha costado pasar a mejor vida, Ąy no pasa nada!).;


Bueno podrá, decirse, eso sucede en Managua, la Capital del país que ya cuenta con más de un millón de habitantes y no sé cuanto montonón de carros. Entonces será mejor irse a liberar el estrés a una soleada playa del Pacífico. Y sucede que cuando se está más distraído, siguiendo las recomendaciones del terapeuta, haciendo su solterapia, su aeroterapia y su marterapia, viene una andanada de cuadraciclos que si no se aparta de su camino, seguro que le hacen una traumatoterapia ;
que no le dejan un hueso sano para componer otro. ĄY no pasa nada!;
Si desde arriba andan las cosas así, ¿qué podemos esperar de los de abajo, de aquellos que asumen el estatu quo sin refinamientos y fabrican en serie copias burdas del proceder de las cumbres? No sorprende entonces las aquelárricas noches de pandillas y pandilleros, de secuestradores, asaltantes, narcotraficantes y mafiosos, para quienes no hay más ley que la ley del garrote, y no entienden ni se someten a otra razón como no sea la Ley del Talión, del ojo por ojo y del diente por diente. ¿Nos diferenciamos en algo del antiguo Farwest? Sí, seguramente, por el grado de salvajismo al que estamos llegando. No hay que leer acuciosamente los periódicos para ver la descomposición moral galopante que está carcomiendo la sociedad, con toda suerte de crímenes atroces mientras los criminales se ríen cínicamente de las leyes.;


Ciertamente que no andamos en taparrabos como en la Papuasia con que Darío ponía en su lugar a sus gratuitos detractores. Pero aparte de la vestimenta, ¿qué nos diferencia, a nosotros, pobladores del segundo país más pobre del Continente? A lo mejor en la Papuasia ahora son más civilizados que nosotros. A lo mejor ahí los jefes tribales resuelven sus disputas conversando y negociando acuerdos que no llegan a convertirse, como las leyes aquí, en el calcetín nuestro de cada día, hecho al gusto y medida del cliente que está en el poder.;


Si los seńores diputados Ťentre quienes, claro está hay sus honrosas excepciones— u otros entendidos en leyes tienen argumentos para convencernos de que aquí no vivimos en el país donde impera la Ley Silva (recuérdese que silva en latín es selva), que por favor nos ilustren y nos saquen de este craso error. Pero mientras habemos quienes tenemos la certeza de tener en la mano los pelos pardos de la mula, y por eso decimos que la mula es parda, aquí seguiremos reclamando por el derecho ciudadano de salir del pantano legal e institucional en que hemos caído; seguiremos propugnando porque Nicaragua salga de la ciénaga de la Ley Silva. Como Aracné, es menester reemprender de nuevo la aparentemente interminable tarea de forjar un legítimo Estado de Derecho, en el que la única trompada admisible sea el demoledor golpe de los argumentos y la razón. Y como diría nuestro gran Rubén, es hora ya de despertar, de tocar la diana que agite Ťla expresión del terrible clarín del pensamientoť, ante la cual no hay Ley Silva que resista.