Opinión

¿Imperialismo humanitario?


— Agusto Zamora R. —

Imagínese un país con poca población, territorio pequeńo, sin aliados poderosos ;
y limitado poderío militar. Imagínese que tiene problemas internos, de cualquier índole, y que esos problemas son considerados por un país poderoso o por un grupo más poderoso de países, como motivo para una intervención armada, una ocupación militar o la autorización de bombardeos indiscriminados o selectivos. Imagínese que esos problemas internos son promovidos, alentados, financiados o magnificados desde el exterior por esos mismos poderosos países, que luego arguyen tales problemas internos como razón para intervenir contra el pequeńo país, teóricamente soberano. Imagínese las justificaciones de la intervención: injerencia humanitaria, principio democrático, defensa de la estabilidad regional... Motivos presentables, impolutos, óptimos para construir sobre ellos campańas de propaganda, hasta la saturación, siguiendo el modelo de la Comisión Steel creada por Wodrow Wilson en 1916, para convencer al pueblo norteamericano -hasta ese momento devoto pacifista- de que la entrada de EE.UU. en la I Guerra Mundial era un imperativo categórico, dada las atrocidades perpetradas y la brutalidad innata del Imperio Alemán.;


Imagínese ese cuadro y tendrá un retrato robot, no de un nuevo Derecho Internacional, sino del nuevo disfraz del imperialismo, es decir, del aggiornamento del viejo y resabiado imperialismo, que desde el suicidio de la URSS viene haciendo su presentación en sociedad (Iraq, Somalia Haití, Sudán, Afganistán). Historias parecidas encontrará en el pasado, con distintos nombres: el big stick, el Ťimperialismo misioneroť de Wilson y, por supuesto, la Ťcruzada anticomunistať. Hay, se dirá con razón, diferencias fundamentales entre esos casos y Kosovo. Cierto. La diferencia esencial es que, en los casos citados, el desastre humanitario fue provocado por el interventor, dueńo del poder militar y de los medios de comunicación. El intervenido puso los muertos y el silencio. El modelo se repite: países débiles, atacados por un Estado poderoso y con problemas internos (reales o creados por el interventor) esgrimidos para derrocar gobiernos o hacer fracasar sistemas.;


Cuando la Ťamenaza comunistať, el pretexto recurrente fue la defensa de la libertad contra el totalitarismo. Del libre mercado contra la economía estatalizada. Bajo esa bandera, los gobiernos occidentales se Ťdefendieronť sin escatimar medios, incluyendo el genocidio. Suharto llegó al poder en Indonesia, en 1966, sobre los cadáveres de 600.000 Ťcomunistasť. El general en jefe de las tropas norteamericanas en Vietnam afirmó que ŤVolveremos Vietnam a la edad de piedrať y lanzaron sobre el pequeńo país asiático más bombas que las empleadas en toda a II Guerra Mundial. Los muertos superaron los dos millones y un tercio de Vietnam sigue inutilizado hoy día. En América Latina, la Ťdoctrina de la seguridad nacionalť llevó al genocidio de los indios guatemaltecos, a la política de exterminio de la izquierda y a los desaparecidos. Unos 800.000 latinoamericanos fueron víctimas de esa política. En 1975 Indonesia invadió Timor oriental e inició una carnicería étnica que dejó 250.000 muertos, Aunque la opresión persiste, Timor vale nada. Turquía (como antes Iraq) puede destruir a los kurdos con las armas y el dinero de Occidente. La guerra continúa, pero los muertos no existen. Sin televisión no hay Ťrealidadť. ;


Desaparecida la URSS, los viejos pretextos perdieron su validez y eficacia. Se imponía la elaboración de nuevos paradigmas que permitieran mantener la vieja política de intervenciones armadas, coacciones económicas y sometimiento de los países débiles, de acuerdo con la nueva distribución de poder en el mundo. No bipolar, sino pretendidamente unipolar, con EE.UU. como Estado hegemónico. Dos, entre los pretextos ensayados, han encontrado un éxito notable: la injerencia humanitaria y el principio democrático. Ambos engarzan maravillosamente con aquel Ťdeber de civilizaciónť que pretendió justificar la expansión imperial europea en el siglo XIX y el aniquilamiento de los conquistados. (Continuará);