Opinión

El Poder Oculto


— Oscar-René Vargas —

El surgimiento público de la corrupción gubernamental desató una crisis de credibilidad en el país, una crisis de imagen en el extranjero y una crisis de conciencia entre las élites, separadas por el abismo de la pobreza de las grandes mayorías. Por su naturaleza, la corrupción, real y existente, es empíricamente indemostrable: inmedible e incuantificable. En su secreto, enigmas, acertijos e incoherencias lógicas de esa vasta operación revelan la magnitud de la descomposición gubernamental. La corrupción denunciada demuestra que ha sido una operación simultánea de manipulación y alteración de las leyes, centralmente diseńada y planificada con una meticulosidad y sofisticación que sólo pueden dar la apropiación de los recursos materiales, técnicos y humanos del aparato estatal y el armazón institucional de un poder oculto.;


El poder cambia de mano: es lo que ha estado ocurriendo en Nicaragua a espaldas de todos nosotros, sin preguntarnos, sin consultarnos, sin ni siquiera escucharnos porque no nos concierne, porque ese poder oculto es un asunto de familia. Un poder oculto, que a nadie rinde cuentas, conduce los destinos de este país, el poder de la fracción liberal de la clase dominante a través de sus socios y representantes políticos. Este poder oculto se considera, además, propietario de la nación y ha ido cambiando nuestras leyes para que, en efecto, así sea. El papel totalmente subordinado de la administración de justicia, como lo demuestra la reciente resolución de la CSJ sobre la declaración patrimonial de los funcionarios públicos, servidora de las políticas del Poder Ejecutivo en lugar de ser garante de los derechos de los ciudadanos y de la nación, ha permitido el desarrollo del poder oculto.;


Este nuevo capital liberal se formó y se consolida en los últimos ańos mediante una infinita e invisible violencia contra la sociedad. Sin ese tipo de violencia es imposible que nadie, en este país, pueda reunir en pocos ańos millones de dólares y más. La violencia de la corrupción, no la ley, es lo que rige la conducta interna de ese poder, el poder oculto de la fracción liberal de la clase dominante. Este poder oculto todavía no tiene reglas estables ni para sus relaciones internas con la clase dominante ni para sus relaciones con la población. Y cuando no hay reglas y normas reconocidas por todos, lo que queda es la violencia de la corrupción, una violencia sin ley y sin piedad tanto entre Ťlos de arribať como desde Ťlos de arribať hacia Ťlos de abajoť. El poder oculto actúa como propietario del país. No quiere ni necesita ciudadanos, sino súbditos. No quiere negociar sobre lo importante, sino sólo dialogar sobre lo accesorio.;


El poder oculto debe regocijarse cuando los partidos opositores le ofrecen diálogos sin tener idea clara de con quién en realidad van a dialogar ni sobre qué versarán las conversaciones, como no sea sobre de la política menor, curules, comisiones parlamentarias, presupuestos menores y otras minucias. Y de esas migajas traen la bolsa llena los dirigentes del poder oculto. El carácter del poder oculto lo dice el silencio y el secreto con que los gobernantes rodean la preparación de sus futuros planes, actos y decisiones; mientras la oposición, perdida en su propio extravío, sigue hablando de lo mismo y pide diálogos sin saber para qué ni sobre qué. No saben a dónde van, pero hacia allá se precipitan con los ojos cerrados.;


Sin embargo, ese poder oculto quiere ir más lejos. Quiere cambiar la formación y la propiedad del conocimiento, aquello que es hoy la riqueza esencial de las naciones. Para ese fin, está preparando un asalto contra las universidades públicas, para que se produzca una creciente oligarquización de los sujetos y del contenido de la enseńanza y de los temas y los fines de la investigación. ;


El poder oculto destruyó los contratos colectivos y convirtió en letra muerta las leyes y las protecciones sociales de los asalariados. Hoy una masa impresionante de desocupados asegura, con su presión sobre el mercado de trabajo, la sumisión de trabajadores y sindicatos a los nuevos gobernantes. Esa misma masa engendrada por ellos -desocupados, semiocupados, precaristas, ambulantes, marginales, migrantes a quienes les quitaron la tierra, el trabajo, la esperanza y el porvenir- los quieren convertir en una masa de clientes pasivos, indefesos, sin derechos, condenados a esperar la buena voluntad de las alturas porque su situación misma le impide organizarse como ciudadanos, hacer oír su voz y hacer valer sus derechos sociales.;


Pero un poder que se autorreproduce fuera de las leyes, o cuya norma es la violación de las leyes para poder reproducirse, está condenado a no tener reglas ni ley en sus propias relaciones internas. A través de esa fractura, obra de un poder que no responde a leyes, se ha generalizado la violencia de la corrupción. El poder oculto ha creado o inventado propietarios vicarios para mantener la impunidad de los verdaderos corruptos o cubrir el misterio de la trama. La impunidad y la oscuridad en que ha quedado los actos de corrupción denunciados, la verborrea y las tergiversaciones son la evidencia de una enorme crisis de credibilidad.;


Sin embargo, no acabará de constituirse el poder oculto hasta que muchas cosas pasen. No terminará de consolidarse sin que otras fuerzas se hagan presentes desde otros lugares de esta sociedad herida pero viva, pensante y en buena parte convencida, sí, de que democracia, derechos sociales y justicia son condiciones de su existencia y de su paz. Mucho, mucho ha cambiado en las conciencias de los ciudadanos en los últimos ańos. Los actos de corrupción que se conocieron en los ańos treinta, cuarenta y cincuenta no son tolerables ni perdonables para sociedad nicaragüense de los ańos noventa. Cansada de hipócritas condenas, quién sabe cómo, dónde y cuándo, la conciencia de los ciudadanos de esta nación, conservando el don de la cólera y de la fe inquebrantable, se levantará en protesta verdadera contra la violencia de la corrupción del poder oculto.;


Oscar-René Vargas. Su más reciente libro es: Nicaragua: después del Mitch...¿qué? (abril 1999).;