Opinión

Un olvido muy temprano


— Mónica Zalaquet —

Por Mónica Zalaquett;
Mientras las aguas vuelven a su curso en los campos, en las;
ciudades comenzamos a sumergir la mente en la rutina navideńa, a;
dejar atrás el amargo sabor de la desgracia y a olvidar demasiado;
pronto la tragedia de esos campesinos que a fin de cuentas, siempre;
han vivido en la marginación.;


El huracán "Mitch" evidenció que en Nicaragua no sólo existen los;
dos países retratados certeramente en las caricaturas de Manuel;
Guillén: el de los miserables de la ciudad y el de sus prósperos;
habitantes, sino también el ignoto país de los habitantes rurales,;
del cual nos enteramos solamente en caso de sequías, desastres o;
insurrección.;


Esta fragmentación de mundos se corresponde bien con las dos;
economías existentes; la muy publicitada del mercado externo y los;
grandes capitales y la silenciosa del pequeńo productor de;
alimentos, heredero del mundo indígena, cuya desmerecida actividad;
resulta sin embargo indispensable para nutrir a los nicaragüenses,;
estabilizar los precios de la "canasta básica" y defender los;
salarios frente a las constantes devaluaciones de la moneda.;


En Nicaragua la tragedia fue de todos, pero mucho más de unos que;
de otros, mucho más de los pobres que de los ricos y mucho más del;
campesino que de cualquier otro sector. Los cinco o seis mil;
muertos, ochocientos mil afectados y las cuarenta mil viviendas;
destruidas o dańadas se concentran en los pequeńos poblados del;
norte, occidente y de la Costa Atlántica, territorios remotos de;
los que apenas tenemos noticias en los medios de información.;


Tengo la impresión de que muchos quedaron sorprendidos al comprobar;
su enorme dependencia del mundo rural, cuando de la noche a la;
mańana encontraron los mercados desabastecidos de verduras, los;
granos escasos y carísimos y a millares de comerciantes sin saber;
a qué atenerse. Hasta entonces quizás, descubrieron que detrás de;
su diario gallopinto estaban los damnificados de ahora, gentes;
cuyas comunidades ni siquiera conocían y de cuyos nombres se;
enteraron por primera vez cuando los hizo famosos la devastación.;


Y en esos momentos, cuando aún no llegaban las provisiones que;
apuradamente vendió Costa Rica, distinguimos nuestro rostro de país;
rural, escondido bajo la imagen de las hamburguesas y pizzas que;
insiste en vendernos la publicidad, el rostro de maíz y de frijol;
de los campesinos y campesinas que nos alimentan, y que ahora están;
sumidos en el abandono y la desolación.;


En situaciones como ésta, las ficciones desaparecen y las;
realidades emergen crudas y descarnadas. Desaparece esa ficción de;
urbanismo y cosmopolitismo forzado que nos impone un concepto;
excluyente y extranjerizante de prosperidad, y aflora la fragilidad;
de nuestra economía campesina. Se esfuma el jolgorio permanente con;
que algunos celebran un crecimiento económico de cifras y aparece;
la triste realidad de una masa inmensa de pobladores marginados.;


Quizás fue el haber vivido tanto tiempo en la ficción lo que hizo;
tan grande la pérdida de sentido de realidad de los sectores;
gobernantes, y tan difícil y aparatosa su aceptación de las;
magnitudes apocalípticas de la tragedia. Quizás fue el hecho de;
vivir en dos mundos tan distintos, el motivo por el cual unos;
todavía no aceptan la gravedad de los hechos y otros se preguntan;
cómo es posible que aquellos se nieguen a ver las realidades.;


Quizás fue la embriaguez del poder, ese distanciamiento de las;
vidas de tantos nicaragüenses, ese creer solamente lo que nos dicen;
los incondicionales, lo que hizo minimizar los hechos al extremo de;
hacer exclamar a la dolida vicealcaldesa de Posoltega "si no fueron;
perros los que murieron sino nuestros familiares".;


Porque no fueron perros --terrible tener que aclararlo-- sino;
campesinos los que murieron, esos ciudadanos que han sido;
considerados a lo largo de la historia como gente de tercera en;
nuestros países, gentes que en la escala de valores de cierta;
mentalidad criolla y vergonzante pertenecen a un nivel demasiado;
inferior para darles tanto crédito, para llorarlos mucho, para;
suspender las fiestas navideńas y promociones escolares, o alterar;
la rutina de gente blanca, civilizada y educada, que pasa las;
tormentas a buen resguardo.;


Pero esa mentalidad, más generalizada de lo que desearíamos creer,;
es la que apagó tan pronto el piripipí de las radios, la que puso;
en su lugar música romántica y anuncios de ofertas navideńas, la;
que va desdibujando el horror, para reemplazarlo por otras más;
domésticas preocupaciones. Porque la vida sigue en las ciudades,;
aunque en el campo se haya suspendido, y las angustias del;
campesino que se despierta pensando qué hará para sobrevvir, vuelve;
a ocupar el alejado sitio que normalmente tiene en la jerarquía de;
intereses que reina en la nación.;


No pretendo cuestionar la humana tendencia a recobrar la normalidad;
después del caos, ni tampoco menospreciar la solidaridad y el apoyo;
desinteresado que tantos nicaragüenses de las ciudades brindaron;
generosamente a los afectados en el campo. Pero es inevitable;
constatar con tristeza que si las víctimas del aluvión de Posoltega;
hubiesen sido habitantes de una colonia capitalina es muy posible;
que el duelo, el respeto y el sentimiento de pérdida, no estuviese;
desapareciendo tan pronto, y en vez de ocuparnos de las navidades,;
estuviésemos actuando más en correspondencia con la situación.;


Si algo bueno puede dejarnos este desastre, es la posibilidad de;
cuestionar a fondo esa mentalidad inhumana y antipatriótica que si;
bien se explica como heredera de la estrecha visión criolla que nos;
ha gobernado por siglos, atenta ahora contra la atención de;
emergencia que requieren esos hombres, mujeres y nińos que en nada;
se diferencian como humanos de los demás nicaragüenses, aunque sean;
mestizos, desvalidos e iletrados.;


Ha llegado el momento de cuestionar a fondo esa mentalidad equívoca;
que pretende levantar una economía orillando al grueso de los;
habitantes, esas consideraciones acerca del crecimiento que nos dan;
envolturas de riqueza con multitudes paupérrimas, esas visiones de;
progreso que por un elitismo absurdo no toman en cuenta la fuerza;
y potencialidades que representan para el desarrollo de un país;
rural como el nuestro los pequeńos productores del campo.;


Esta tragedia constituye la oportunidad de entender que no podremos;
desarrollarnos mientras no comprendamos que esos campesinos y;
campesinas afectados por la tragedia, y también por un olvido de;
siglos, constituyen un sector clave para el crecimiento y la;
estabilidad económica y social del país, un sector realmente;
prioritario para cualquier plan de reconstrucción y que no son sólo;
los simpáticos adornos de nuestras postales y nuestro folklor.;


Si el huracán Mitch hundió a muchos, también sacó a flote la;
miseria que estas concepciones han sembrado en el país, originando;
innumerables guerras y afectando las vidas de demasiados habitantes;
de las ciudades y del campo. El errático huracán desenmascaró lo;
escandalosamente desatinado y execrable de ese criollismo;
enquistado en nuestro inconsciente político, criollismo incapaz de;
ver en las gentes sencillas y trabajadoras a seres con los mismos;
derechos ciudadanos que los otros, visión segregadora que al;
amenazar con el olvido a tantos nicaragüenses está atentando más;
que cualquier desastre natural contra nuestra población.