Opinión

Caídos del pedestal

No se trata de quiénes fueron, sino de lo que representan para nosotros. Ellos prestaron su nombre a unas ideas, unos sueños. Los que realmente fueron ya no existen. A Unamuno costó muchos años volver a entenderlo y aceptarlo. Como de todos los demás, muchos elegimos quedarnos con lo mejor de ellos, lo que nos queda para siempre en la retina. Los hemos olvidado en toda su dimensión. A lo mejor, hoy día no los seguiríamos queriendo si los hubiéramos conocido en persona, y hasta les llevaríamos la contraria

Hay gente, especialmente los ancianos y los buenos profesores, que ven como a través de una transparencia al joven o al adulto que un niño de doce años llegará a ser. En mi caso, mi descubridor fue un tío mío, un viejo poeta, que un día se presentó en casa con un regalo: Me puso el libro sobre la mesa y me dijo: “toma, léetelo que te sentirás identificado. El autor es como tú: de los que siempre lleva la contraria”. Era extraño. No recuerdo que ya entonces diera yo señales de estar llevando la contraria. Pero lo extraño era el libro. Se trataba de San Manuel Bueno Mártir, de Unamuno. Quien lo haya leído sabrá que no se lo regalaría nunca a un niño de doce años, y de hecho, a poca gente se lo regalaría. No porque el libro sea feo, o problemático, o mucho menos complejo. Se trata de un cura que ha perdido la fe y en ese momento, es capaz de convencer con más ahínco a otros de la existencia de Dios. Eso sí que era llevarse la contraria hasta el fondo.
Pero de lo que sí me sirvió el libro es para identificarme en muchas ocasiones de mi vida con aquel viejo pensador español que era Unamuno. El hombre de todas las contradicciones, que no tenía el más mínimo pudor en abrirse el pecho escribiendo sus dudas más íntimas. Unas veces, era un enardecido defensor de la fe y la tradición, y otras se proponía llevar al límite las posibilidades de la revolución y del racionalismo. Pero siempre desde una posición cercana a los perdedores de siempre. Inventó una forma de hacer novelas que hablaban de situaciones interiores y no tanto de narraciones convencionales. Murió el mismo año que empezó la Guerra Civil en España, en 1936. Por la valentía de exponer sus dudas, con cierta tendencia al exhibicionismo y la provocación, le mandaron al exilio en un par de ocasiones, pero pudo morir al final cerca de la Universidad de la que fue rector, en Salamanca, en el duro invierno, en el último día de aquel año triste.
Durante algún tiempo, tuve a Unamuno en un pedestal, como los bustos y los retratos que de él hicieron célebres artistas. Me parecía un hombre sincero que hablaba de todo lo que nos pasa a todos por dentro. Como él, yo no creí nunca que una persona pudiera mantenerse en una sola convicción durante toda la vida, y que era beneficioso de vez en cuando, cambiar de opinión. Como él, siempre creí que lo que había que mantener intacto era la pasión de aspirar a que un hombre tenga el derecho a desarrollarse de la manera más completa, y hacer que las condiciones en las que vive sean lo más humanas posibles, con todas las necesidades básicas cubiertas por el mero hecho de haber nacido. Un derecho del que emanan todos los demás. Si no recuerdo mal, creo que es uno de los principios del marxismo (corríjanme los marxistas sin pudor, por favor).
A veces he llegado a irritarme cuando veía que Unamuno se apartaba de las ideas con las que yo me sentía cómodo, y parecía que me llevaba la contraria. Era como un amigo de esos de los que no puedes predecir si te traerán o no problemas. Y a muchos les decepcionó su actitud cuando llegó la Guerra Civil. Él, que había defendido a la República de izquierdas, comenzó a coquetear con el bando de Franco, hasta que después se dio cuenta de la barbaridad que representaba. Fue en el paraninfo de su universidad cuando Unamuno ya les advirtió a las tropas franquistas: “¡Venceréis pero no convenceréis”, a lo que un despiadado general, le repuso con una amenaza: “¡Muera la inteligencia!” Otro escritor allí presente, José María Pemán, quiso reducir un poco el tono de la polémica, y dijo algo que empeoró aún más la situación: “¡No; mueran algunos inteligentes!” Algo así, como “no me ayude compadre”, debió de pensar Unamuno. Pero bueno, a él no hizo falta matarle. Se murió solito al poco tiempo de ese incidente. Estaba bajo arresto domiciliario. Su muerte probablemente no fue a causa de la guerra, sino probablemente por lo mismo que tantos que se quedan viudos, y no entienden ya los últimos pasos sin la compañera de siempre. La suya se llamaba Concha. Pocos se casan con sus amores de infancia. Unamuno sí. Y tuvo con ella nueve hijos (parece que el hombre aprovechaba el tiempo y no sólo escribía y daba clases). Ella había fallecido dos años antes.
Pero hace muy poco, encontré un escrito por el que Unamuno terminó de caérseme del pedestal. Era una carta dirigida a él por otro intelectual. En ella, aquel hombre que alguna vez le había admirado también, le contaba una visita al lago de Sanabria, alrededor del cual había observado cómo la población casi se moría de hambre (eran años muy duros en aquella otra España, en realidad no hace tantos). También le recordaba, que junto al lago había un restaurante para turistas, y que en el libro de visitas, le había llamado la atención la letra de Unamuno. Se trataba de una alabanza del paisaje de la zona, y ni una sola mención del autor al pueblo que se moría de hambre.
Es absurdo, ya lo sé, pensar que un hombre, y menos un intelectual, va a ser coherente toda la vida. Incluso creer que un hombre como aquel, con la mirada tan honda sobre el sufrimiento humano, no pudiera dejarse llevar por la belleza del paisaje antes de la miseria que sobre él había. Pero es lo que ocurre con las personas que uno idealiza. Y cuando descubres su otro lado, de dudas y de miseria, piensas que si hasta ellos sucumbieron, qué tan lejos podrás llegar tú con tus convicciones. Las sombras de Ghandi, por ejemplo, un tipo realmente idealizado, pueden llegar a ser del tamaño de sus luces. Hay que preguntar en Cachemira lo que Ghandi significa para muchos musulmanes, y las muertes de las que le acusan. Pero eso no hace que Ghandi no se Ghandi. Del Ché, se cuentan los atroces fusilamientos a antiguos militares y colaboradores de Batista sin ninguna piedad. De las tropas de Sandino, la innecesaria crueldad que les dio fama en la montaña. Y así podríamos nombrar a tantos ídolos. Pero ya no son lo que fueron realmente. El Ché no es Ernesto Guevara. Es una fotografía, un icono en una camisa, en la chapa de una boina. Ghandi no es un abogado formado en Londres y un político independentista, sino el adalid de la no violencia. No se trata de quiénes fueron, sino de lo que representan para nosotros. Ellos prestaron su nombre a unas ideas, unos sueños. Los que realmente fueron ya no existen. A Unamuno costó muchos años volver a entenderlo y aceptarlo. Como de todos los demás, muchos elegimos quedarnos con lo mejor de ellos, lo que nos queda para siempre en la retina. Los hemos olvidado en toda su dimensión. A lo mejor, hoy día no los seguiríamos queriendo si los hubiéramos conocido en persona, y hasta les llevaríamos la contraria. Pero nos hemos quedado con la mejor parte, aún sabiendo sin que eso nos moleste, la otra versión de los hechos. Es como aprender a vivir con nosotros mismos: a veces lindos, buenos, luchadores; y otras traidores, incoherentes, mentirosos, cobardes. Nosotros mismos caídos pues de nuestro propio pedestal. Pero en algún momento, decidimos qué parte nos merece más la pena, como cuando el corazón se decide a quién querer y por qué. Y eso, me parece, es lo que más se acerca al perdón. Y probablemente al amor. Creo que era de eso de lo que quería hablarles, pero ven, no puedo abusar de este espacio. Será otro sábado.

franciscosancho@hotmail.com