Opinión

Jaime Labastida y la liturgia civil de México


El poeta, periodista, editor y —yo diría— filósofo mexicano, cuyo nombre encabeza estas líneas, opta por llamarse pensador disidente. ¿Disidente de qué?
De la liturgia civil de su patria, que el pasado 15 de septiembre por la noche celebró —con todo esplendor—, la conmemoración del inicio de su bicentenario como país independiente. Para Labastida, me limito a dos ejemplos: Hernán Cortés no conquistó México, ni Miguel Hidalgo inició la Guerra de Independencia el 16 de septiembre de 1810. Cortés —argumenta— no pudo conquistar México porque México, en tanto nación organizada, no existía; lo que hizo fue destruir el más importante de los señoríos asentados en la cuenca lacustre del valle de Anáhuac: el de los Tenochas, quienes extorsionaban a otras cinco sociedades independientes. ¿Con qué fin perpetró Cortés esa destrucción? Para obtener un derecho territorial: el dominio para un imperio en el sentido romano-occidental del término que pasaría a un nuevo señor, es decir: el monarca de España.
Al sostener que Cortés conquistó México, se traslada una noción moderna a una época anterior: la de la conquista, en la cual esa noción carecía de sentido. Y concluye: hacer equivalente la conquista de Tenochtitlán a la conquista de México, ampliarla hasta el día de hoy, es cometer un error de graves consecuencias. Por ello, un patrioterista —que lo acusó de apátrida— propuso a Labastida el ostracismo, o sea: que legalmente se le desterrase, ya que ofendía y lesionaba la mexicanidad. “Podría ser apátrida y tener razón —respondió—. También podría ser patriota y estar equivocado. El amor patrio puede enceguecer (…) Se puede morir por la patria, aunque es preferible vivir por ella”. Como ésta, en su ensayo “Mentiras de nuestra historia”, emite otras muchas verdades.
Paso a la siguiente: Hidalgo no podía independizar un país que tampoco existía. El cura “independentista”, ante la usurpación francesa de la península, enarbola la bandera de Fernando VII —rey de España y de la América española—, en cuyo nombre se levanta. Esto es lo que se discute en el Ayuntamiento de México. Preso en Bayona, Fernando VII fue obligado a abdicar a favor de un extranjero. “Te lo dije, Fernandito/ no te fueras a Bayona/que el infame Napoleón/te quitara la corona” —se recitaba en León, capital de la provincia de Nicaragua en el Reino de Guatemala—. “Pepe Botella” —hermano de Napoleón— era ese extranjero. Entonces —razona Hidalgo—, ¿en quién reside la soberanía disuelta?
De acuerdo con la tradición remontada a la Reconquista, retorna a los pueblos, en concreto a los Ayuntamientos. Precisamente, Cortés se valió del Ayuntamiento —fundado por él— de la Villa Rica de la Vera Cruz para recibir de ese poder soberano la potestad de entrar en un territorio desconocido. Así, cuando Hidalgo gritó la noche del 16 de septiembre, ¡Viva Fernando VII!, intenta legitimar la revuelta, proponiendo que la Nueva España fuera reconocida como un Reino más de la Corona española. Aspira a igualar los derechos de los españoles criollos y de los españoles europeos, o peninsulares. Reivindica los derechos de la tierra en contra de los derechos de la sangre. Prefiere el ius soli en lugar del ius sanguini.
En esta dirección, pretende hablar de “los derechos de las tribus sometidas trescientos años atrás”, contradiciendo una realidad jurídica: los pueblos indígenas apoyaban sus reclamaciones en los títulos otorgados por los reyes de España que, a su vez, los hacían derivar de la donación —a través de Bulas— de Alejandro VI, el Borgia (y ésta, no faltaba menos, de Dios). ¿No es el caso aún en Nicaragua de nuestros Sutiavas, que sustentan la legalidad y legitimidad de sus tierras en el Título real de 1726?
Exento de maniqueísmo (los revolucionarios versus los reaccionarios), Labastida prosigue su razonamiento: “Todas las leyes que rigen la República Mexicana, hoy, se derivan del reconocimiento expreso de las leyes anteriores, emanadas de cuerpos jurídicos que se consideraban válidos, cuerpos —en verdad— ficticios: el soberano, los ayuntamientos, las Cortes (como la de Cádiz), el Estado, las cámaras, la nación…”
De ahí que, en otro orden de ideas, considere el mexicano —o “lo mexicano” — como un ente metafísico. Labastida desea que se cierren las heridas porque —define el imaginario colectivo de su país— “México es un país vuelto hacia atrás, que lame las heridas porque no sabe cerrarlas, sino que se goza en ellas. La conquista, por un lado; la guerra de Independencia, por otro. No podemos dejar en paz a Cortés ni se estima traer a México las cenizas de Porfirio Díaz; todas esta fechas, aciagas sin duda, son heridas que sangran; peor aún, de las que supura el pus”. Por eso reitera que se restañen, proponiendo mirar unidos —todos los mexicanos— el futuro. Es lo que anhelamos para la Nicaragua desangrada: que se suturen las heridas y se establezca una verdadera reconciliación o concordia histórica, sustentada en un consenso nacional.
A la altura ensayística de Octavio Paz, el mismo Labastida indaga en la identidad cultural del mexicano. Para él, México tiene un pasado grandioso como para enorgullecerse; pero —contrario a la opinión de los “ideólogos de lo mexicano” — la estructura mental, las lenguas, los símbolos, la significación, la multitud de conceptos de los pueblos prehispánicos, sólo pueden ser entendidos por un arduo esfuerzo de comprensión. Por eso sostiene que los actuales mexicanos hispanohablantes —occidentales diferentes a otros occidentales— están más cerca de Cervantes que de Netzahualcóyotl. (Analógicamente, los nicaragüenses hispanohablantes, es decir, la gran mayoría de nuestra población, encontramos nuestras más vigorosas raíces en Rubén Darío y en Sandino, más que el remoto Macuitl Micuistli —nombre del cacique Nicarao— y en el mítico Tamagastad, padre del olimpo niquirano). Pero en la medida que nada humano puede sernos ajenos, el otro es también semejante. “Nuestra herencia —proclamaba Jorge Luis Borges— es el Universo”.
Labastida puntualiza: “Los mexicanos que conformamos la mayoría nacional o la nacionalidad dominante de este país, somos occidentales, occidentales de un extremo del mundo. Tenemos rasgos que nos hacen semejantes a los hombres de Occidente, si por este término entendemos los herederos culturales de Grecia y Roma”. “Al propio tiempo, poseemos una serie de rasgos que nos diferencian no sólo de los pueblos orientales, también de modo necesario, de otros pueblos occidentales, los de América Latina incluidos”. Otra analogía: la mayoría de nuestra población es católica o protestante, es decir, profesamos religiones legadas por Occidente.
Retomando a Edmundo O’Gorman, Labastida precisa que América no fue descubierta por Colón, que “América” no existía ni geográfica ni conceptualmente para nadie, ni para quienes la habitaban ni para los europeos que acompañaron a Colón. Si los primeros ignoraban que vivían en un continente y la existencia del otro (Europa, África y Asia), los segundos se tropezaron con él, creyendo haber arribado a un extremo del Asia.
El pensador mexicano destaca esta verdad: “Con toda la violencia, la sangre y la injusticia que es inherente al proceso de conquistas y colonizaciones, Cristóbal Colón descubrió, para todos los hombres, el carácter universal de la historia; nos hizo, al mismo tiempo, hermanos y enemigos, habitantes comunes de una tierra común, en la que estamos, desde entonces, enlazados”.
Y añade que la visionaria ruta del almirante es más trascendente que haber enviado hombres a la Luna, pues este acontecimiento, productivamente hablando, ha sido equivalente a cero. En cambio, al abrir un camino circular entre los continentes, Colón facilita a Magallanes y Elcano que demostrasen la redondez de la Tierra. “Esto hizo posible una revolución total en concepto del mundo. Copérnico y Galileo no se explican sin Colón, el movimiento del Sol —y de la Tierra con él— se comprende mejor gracias a la gran hazaña colombina”.
Para Jaime Labastida —evocando el positivismo de Comte— el hombre se ha desarrollado en tres grandes etapas o Edades: la Mítica, la Religiosa y la Científica. Dentro de ésta se vive en México, pero las dos que la preceden no han muerto. La Mítica aportó en Mesoamérica la domesticación del maíz, del perro y del guajolote (chompipe para los nicas), entre otros animales y plantas; también talló la piedra y los metales conocidos. Los Aztecas ofrecían al Quinto Sol sacrificios humanos para postergar su extinción. En la Nicaragua de los años 80, quienes engendraron otro Sol, el de la Revolución, le ofrendaban la sangre de la juventud para alimentarlo y mantenerlo encendido. Actuaban, acaso sin conciencia de ello, míticamente. Entremezclada, nuestra Edad Mítica ha prolongado nuestra Edad Religiosa como lo explican en sus monumentales ensayos Eduardo Zepeda-Henríquez (Mitología nicaragüense) y René Mazacuratti (Un Quetzacóatl que nunca muere). De ambas no hemos salido aún. Y tampoco hemos entrado, con firmeza, a la Edad Científica.

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