Opinión

La bancarrota decolonial


Una vez escribí, bajo el principio hegeliano, que la historia se repite dos veces, que los decoloniales, al parecer, buscaban materializar la segunda parte de la película La Misión, donde la utopía de los guaraníes es dirigida por jesuitas y termina en una matanza. Recomendé que la hicieran en clave de humor y que, en lugar de Robert De Niro en el papel principal, a Walter Mignolo lo interpretara Jim Carrey. Parece que la cosa, sin embargo, va para tragedia otra vez.
La escuela decolonial empezó siendo una copia de las consideraciones postcoloniales de Edward Said y de la influencia de Homi Bahba en pensadoras “chicanas” que presentaron sus tesis en universidades del suroeste de EU. Lo menos que copiaron los decoloniales fue precisamente lo que ha terminado por vengarse de ellos: la suspensión escéptica de toda promesa emancipadora, que nunca hicieron los postcoloniales.
Con todo, la escuela decolonial fue una propuesta fecunda. Mientras duró la búsqueda fue rica, porque la búsqueda es la fuente de esa producción, no la lucidez de su meta (como dicen los taoístas) que los empezó a obsesionar al volver afirmativa la apofática postcolonial.
Bhabha destruyó la dicotomía colonizador /colonizado, que siguen empleando los decoloniales para justificar su empresa redentora, manteniendo en el lado oscuro la modernidad/colonialidad, y en el lado claro, donde están ellos por supuesto, la decolonialidad. En Bhabha lo que hay es una expresión de los híbridos que han producido estos encuentros asimétricos, claros de quién es el hegemónico en todos los términos, desde intersticios mímicos, donde el subalterno retuerce la episteme dominante y trata de ponerlas, hasta donde puede, a su favor. “Hasta donde puede”, significa usar todos los recursos del espectro subalterno, desde defender al amo, a su modo, hasta enfrentarlo (casos minoritarios), pasando por las mil variedades intermedias, como en una campana de Gauss.
Un mestizaje de esta naturaleza sólo se diferencia del que se vive en América Latina, porque los mestizos de “aquí”, lo somos racialmente, pero no en el pensamiento (alemán por definición). Basta con hacer epistémicamente lo que ya somos epidérmicamente.
Debemos a los decoloniales, hay que reconocerlo, situar al pensamiento como el valor más alto y de mayor calidad en las relaciones de poder entre el eurocentrismo y sus excolonias, y fue en mi discusión con ellos, que logré averiguar que el pensamiento, la base de todo, de la que se han beneficiado siempre los filósofos alemanes como sus máximos exponentes, es el gran problema (como lo miró Krishnamurti), no la gran solución, como los decoloniales lo presentan, creyendo descentrarlo en su propio terreno, siguiendo así, sin saberlo, la tradición inaugurada por los pensadores germanos, de ir incluso contra sí mismos. En este sentido, todos somos alemanes por el pensamiento y judíos por nuestros nombres. Cada uno somos, en consecuencia, como pequeñas segundas guerras mundiales.
Apenas la escuela decolonial abrazó de nuevo el discurso emancipatorio o liberador, como le llaman ahora, empezó su bancarrota y su desliz (como la Clacso lo hace desde hace rato) a fuerzas verdaderamente políticas en el subcontinente que terminarán por cooptarlos a costa de dividirse entre ellos mismos, entre los que sostendrán los viejos métodos heurísticos con los que nacieron y los que terminarán abrazando el socialismo del siglo XXI en cualquiera de sus variedades.
Ahora Mignolo recurre al doble fondo de todo discurso, en sus últimas entrevistas, y empieza a defenderse como político y no como académico. Los marxismos, que decapitó la víspera, ahora quiere reensamblarlo con fragmentos a conveniencia; no es el “afuera” al que se refiere si no a la “exterioridad”; no es emancipación eurocéntrica, sino liberación decolonial; etc.
Todo porque está convirtiendo su escuela en un movimiento que empezará a girar alrededor de las reglas del poder, desde que corren el peligro de terminar siendo los intelectuales orgánicos del socialismo del siglo XXI, con Dussel dejándose premiar por Chávez, Walsh apoyando críticamente a Correa, Mignolo alucinando con Evo, Midence sirviendo a Ortega y mi viejo amigo Grossfoguel, enseñando su machetón a los infieles, como yo, que amenazan el nuevo dogma.
El “efecto de verdad”, que Mignolo convirtió en fundamento desde que “inventó” -- y lo dice con un cinismo que las normas maquiavélicas desaconsejarían, pese a que sea cierto -- a su Aristóteles amerindio y a su Platón afrodescendiente, redondeó su archeos con un telos emancipador, repitiendo exactamente todo lo eurocéntrico que dice combatir) que, por la recaída y bancarrota de su escuela, que empezó interesante, se volvió una escuela prometeica vulgar, necia en atribuir sentido a un dolor que imagina en sujetos que no son ellos, pero desearían serlo, montada sobre los dos ejes más odiosos de occidente: la representación (aunque le llamen acompañamiento y “mandar obedeciendo”) y la emancipación. En el fondo es la continuidad de esa profunda espina atravesada en la garganta occidental: la promesa judía que un día, un día, precisamente ese que no veremos, todos seremos felices.