Opinión

La licitación de la fe


Cuando uno quiere adquirir un producto, una propiedad o un servicio, normalmente acude a la tienda, a los anuncios clasificados, a las agencias de bienes raíces, etc. En estos casos uno realiza una adquisición simple. Sin embargo, cuando el producto, la propiedad o el servicio requeridos son complejos o muy importantes, la adquisición se suele realizar por medio de un proceso de licitación. Tal es el caso de la construcción de un edificio, la compra de una flota de aviones, etc. Este procedimiento es ampliamente utilizado tanto en el sector público como en el privado, porque constituye una buena manera de que el adquiriente defina con claridad lo que quiere adquirir y de que los interesados en suministrarlo compitan en condiciones justas.
Ahora bien, ¿qué puede ser más complejo e importante que la adquisición de una fe religiosa? Tal adquisición tiene, sin duda, enormes repercusiones en esta vida; muchos piensan que también en la otra. Pienso que se trata de un caso típico de algo que conviene adquirir por medio de licitación, no mediante una adquisición simple.
Por otra parte, para que los licitantes potenciales consideren que el proceso es justo, deben cumplirse algunos requisitos básicos.
1. La inclusión del mayor número posible de licitantes, sin crear condiciones propicias para la exclusión de algunos interesados.
2. La igualdad de oportunidades en la exposición de las diferentes ofertas.
3. La veracidad de lo ofrecido por cada licitante. No sólo debe ser cierto todo lo afirmado por los oferentes, sino que éstos no deben omitir nada que sea relevante para el conocimiento del producto por parte del adquiriente.
4. La evaluación de las ofertas por personas calificadas y neutrales.
En el caso de la licitación de la fe no se cumplen dichos requisitos, sin importar en qué sitio o en qué época se lleve o haya llevado a cabo. Expondré un caso hipotético en el que el adquiriente es un nicaragüense promedio de la actualidad; utilizo este ejemplo porque es el que más conocido podría resultarnos, pero repito: en otros sitios, en otras épocas y con otras fe religiosas, la situación es parecida.
El cartel de licitación de nuestro caso podría decir, de manera resumida, algo así:

“Yo, Juan Pérez, convoco a todos los interesados a que presenten sus ofertas para el suministro de una fe religiosa con los siguientes atributos:

1. Poseer un texto sagrado. La sacralidad y autenticidad del mismo deberán ser probadas y certificadas.
2. Una institución que interprete dicho texto y que sirva de guía moral. Deberán presentarse todos sus antecedentes, probados y certificados.
3. Una cosmovisión. Ésta no deberá estar reñida con ninguna teoría científica que haya sido apoyada de manera contundente por las evidencias.”
Lo que probablemente ocurriría sería lo siguiente:
1. Muchos oferentes potenciales no presentarían su oferta. El dominio del cristianismo es tan grande que probablemente sólo algunas iglesias cristianas presentarían ofertas. Habría pocos licitantes, por lo que no se cumpliría el primer requisito.
2. No todos los licitantes potenciales tendrían las mismas oportunidades. Las iglesias cristianas llevarían años de estar adoctrinando, desde la cuna, al adquiriente; desde que éste era un bebé comenzaron a predisponerlo para aceptar la oferta de algún licitante cristiano; todo con la colaboración de los mismos padres y familiares del adquiriente. Durante los primeros años de vida se forman los circuitos neuronales; es muy difícil cambiar lo que se interioriza a esas edades. Robando a Darwin una idea de su autobiografía, podría afirmar que cambiar en un adulto su condicionamiento religioso adquirido en la niñez es tan difícil como lograr que un mono que haya crecido observando el pánico de su familia ante la aparición de serpientes, aprenda a no temerle a los ofidios. El adquiriente, además, vive rodeado de publicidad que ensalza las virtudes del producto de los licitantes cristianos. Por estos lares, las experiencias místicas de las personas están llenas de imágenes icónicas cristianas. Por ejemplo, una persona bajo los efectos de alguna droga, o en un trance cercano a la muerte, o privada de suficiente oxígeno, etc., en la India alucinaría viendo a Krishna, nunca a Jesús; aquí, en cambio, Krishna no tiene ninguna oportunidad. En resumen, tampoco se cumple el segundo requisito.
3. El adquiriente normalmente no constataría la veracidad de las ofertas de los licitantes cristianos porque éstos usualmente ocultan, o no les dan suficiente énfasis, hechos muy relevantes sobre el producto que ofrecen. Como ejemplo, tenemos que normalmente los adquirientes potenciales de la fe cristiana ignoran, entre muchas otras cosas, lo siguiente:
a. Que no existen los libros originales de la Biblia.
b. Que los que escribieron sobre Jesús en la Biblia, no lo conocieron.
c. Que el evangelio más antiguo, el de Marcos, se escribió 37 años después de la muerte de Jesús.
d. Que los manuscritos más antiguos conservados de la Biblia, no están en su idioma original, sino que son traducciones al griego.
e. Que dichos manuscritos son como cinco mil y que en ellos se han detectado más de trescientas mil incongruencias.
f. Que en la Biblia abundan los pasajes llenos de crueldad, injusticia, errores científicos, etc.
g. Que durante los tres primeros siglos de nuestra era el cristianismo consistía en una gran diversidad de grupos con doctrinas diferentes que competían ferozmente entre sí, hasta que el emperador romano Constantino, a inicios del siglo IV, le brindó su apoyo a los proto-ortodoxos, hoy católicos. Antes de eso, no existía ninguna de las actuales versiones de la Biblia; lo que en un momento era ortodoxo, un par de décadas después era herético, según se movía el péndulo del poder. Posteriormente, con el ascenso al poder del emperador Teodosio, los católicos pasaron de perseguidos a perseguidores; aniquilaron no sólo a los paganos y sus textos, sino también a los grupos cristianos rivales y sus escritos.
h. Que la Teoría de la Evolución está plenamente comprobada y que ésta implica que las especies cambian de manera muy lenta, pero continuamente. Se trata de un proceso ininterrumpido que nos lleva desde las bacterias hasta todos los seres vivientes actuales, incluyendo a los humanos. No existe un momento preciso en el que el humano se hizo humano, de la misma forma en que no hay un momento exacto en el que un niño se hace hombre o una taza de café pasa de fría a caliente. Yodo esto nos lleva a las siguientes preguntas: ¿en qué momento infundió Dios el alma a los humanos? ¿no tenían alma los padres de los primeros humanos que la tuvieron?
i. Que los crímenes del cristianismo han sido tantos que el autor alemán Karl Drechner pudo escribir una obra en diez tomos intitulada “Historia Criminal del Cristianismo”. Esta obra sólo analiza el primer milenio de nuestra era, por lo que quedan por fuera las cruzadas, la inquisición, la conquista de América, las quemas de brujas, etc.
Como vemos, tampoco se cumple el tercer requisito.
4. Las ofertas no serían analizadas por personas calificadas y neutrales, ya que los consejeros del adquiriente normalmente son los mismos agentes de los licitantes cristianos. Es decir, tampoco se cumple el cuarto requisito.
Como consecuencia de todo lo anterior, lo más sensato que el adquiriente podría hacer es declarar desierta la licitación, no adquirir el producto, y alertar a otros posibles adquirientes de que el proceso de licitación no es justo sino que está amañado. Sin embargo, en la práctica a la mayoría de los adquirientes de fe religiosas ni siquiera se les ocurre abrir un proceso de licitación, sino que se conforman con una adquisición simple. Tal vez con el explosivo avance reciente de las comunicaciones y del conocimiento científico esta situación cambie
en el futuro, para bien de la humanidad.

pedrocuadra56@yahoo.com.mx