Opinión

Alemania se elimina o el renacer de teorías racistas


“¿En qué país estamos?”, pregunta el niño. “En Berlín, hijo, en el nuestro, Alemania“, responde la madre. La interrogante surge al ver las numerosas mujeres vestidas de acuerdo a la religión islámica, cubiertas de los pies a la cabeza. Están en Kreuzberg, también conocido como “el barrio turco” o “la pequeña Estambul“, el distrito más densamente poblado de la capital alemana.
Las mujeres que el niño ha observado, son parte de los ciento veinte mil turcos que viven en Berlín y de los más de dos millones que hay en Alemania. Este último número supera el total de inmigrantes procedentes de todos los otros países de la Unión Europea, constituyendo la mayor colonia extranjera.
El crecimiento demográfico de los extranjeros, especialmente de turcos y árabes, y sus consecuencias, dan origen a las tesis de Thilo Sarrazin, quien recientemente ha publicado un libro intitulado (en traducción literal): “Alemania se elimina”. Publicación que ha provocado una verdadera tormenta de debates en la sociedad alemana, la renuncia de su autor del Consejo Directivo del Banco Central y su posible expulsión- ya en trámite- del Partido Social Democráta.
En el libro, un verdadero éxito de librería con ciento cincuenta mil ejemplares vendidos en dos semanas, el autor desarrolla tres tesis principales: 1) El riesgo que significan los inmigrantes y su crecimiento 2) La base genética de la inteligencia 3) La inmigración musulmana y su no integración en la sociedad alemana.
En Alemania cerca del 20 % de la población es o procede de familias inmigrantes. En Berlín el 25 % de niños que nacen tiene ascendencia extranjera.
La emigración hacia Alemania aumentó especialmente a finales de los años cincuenta del siglo veinte, cuando ante la carencia de mano de obra, se suscribieron acuerdos para su reclutamiento y permanencia temporal con diversos países, especialmente Turquía. La mano de obra importada fue fundamental para la reconstrucción, pero no tuvo en paralelo una política de integración. Y como suele ocurrir, los llegados se asentaron y se reprodujeron y ahora hay hasta tres generaciones que les han sucedido.
Hace cinco años, Alemania aprobó una nueva ley de inmigración que establece la obligación de los inmigrantes a asistir a los cursos de integración. Los cursos, con duración de 630 horas, centran 600 en el aprendizaje del idioma alemán, y lo restante a informar de la historia alemana, su cultura, y sistema político.
Sarrazin afirma que “el 70% de los turcos y el 90% de los árabes no se encargan de la educación de sus hijos y no hacen otra cosa que producir niñas con velo que sólo sirven para vender frutas y verduras”. Estas afirmaciones, calificadas por diversas voces como insultantes, no han hecho mella en las simpatías a favor del polémico escritor. Una encuesta reciente, y ante la eventual expulsión de Sarrazin del PSD, dio a conocer que al menos uno de cada cinco alemanes estaría dispuesto a votar por un nuevo partido fundado por él. Nada mal como piso electoral.
Lo más notorio del fenómeno, en particular de la comunidad turca en Alemania, es el caso de las mujeres. La antigua política de inmigración no permitía trabajar a las esposas de inmigrantes relegándolas al hogar y aunque las nuevas leyes posibilitan igual acceso laboral, más del 60 % de ellas no ejercen trabajo formal extradoméstico. Peor aún, el hecho de mantenerse enclaustradas lleva a que un altísimo porcentaje no domine el alemán, a pesar de tener diez años o más de vivir en Alemania. Es claro que este comportamiento autoexcluyente lo determinan las creencias religiosas musulmanas.
En paralelo, los inmigrantes tienen acceso a las prestaciones del Estado, lo que ante la falta de pleno acceso al mercado del trabajo, conlleva a una distorsión ya que muchos de ellos terminan viviendo de la asistencia social. En Berlín el 34 % de los turcos dependen de ella (frente a 1% de alemanes). El 40 % de alemanes piensa que los inmigrantes desempleados deberían ser expulsados del país.
Todos reconocen la existencia del problema planteado por Sarrazin y la necesidad de discutirlo, pero muchos critican sus lapidarias conclusiones, la manera en que ha expuesto y especialmente plantear “diferencias genéticas” de razas. Advierte el presunto riesgo de que se produzca “el fin de la cultura alemana” ya que los turcos y los inmigrantes árabes- dice- tienen más descendencia que la población autóctona y llama a defender “los valores occidentales y la propia cultura del pueblo”. Afirma que estos fértiles inmigrantes son menos inteligentes que los alemanes de origen europeo, dado que el 80 % de la inteligencia es hereditaria. ¡Refiriéndose en primer término a los judíos! Estas afirmaciones sin ningún valor científico y en un país tan sensible al tema del racismo, son harto provocadoras.
Mientras la polémica aumenta, se dio a conocer que Alemania necesitará a partir del 2015, no menos de 500,000 inmigrantes anuales para reemplazar la fuerza laboral que sale del mercado y que no se sustituye por el bajo porcentaje de natalidad de los alemanes y la edad jubilación que ahora es a los 65 años.