Opinión

San Jacinto: Revisitado


San Jacinto fue el resultado de seis meses de resistencia del “Ejército del Septentrión” al filibusterismo, organizado en Chontales y el Norte del país por los jefes, oficiales y tropas legitimistas, quienes declararon en Matagalpa —el 20 de abril de 1856—, estar dispuestos a “a sostener, hasta derramar la última gota de sangre, la independencia nacional”.
Quienes ignoran este origen inmediato no ubican correctamente la memorable “batalla” que no lo fue sino en términos específicos, “y quizás no llegue siquiera a categoría de combate” —anotó Adolfo Ortega Díaz en 1828—; pero fue la primera jornada que se ganó en América contra la esclavitud: ¡está antes que Gettysburg! (la batalla del 1º al 3 de julio de 1863, en la cual el Ejército Federal derrotó al de la Confederación del Sur de los Estados Unidos, constituyendo una derrota determinante del esclavismo), de manera que San Jacinto, no obstante su pequeña dimensión, la precede.
Pero, para ubicarla en su momento histórico preciso, es necesario recordar que el 20 de junio de 1856, el presidente Patricio Rivas (al frente nominal del gobierno de la coalición controlado por William Walker desde el 23 de octubre de 1855) destituyó al filibustero, quien se vio libre de realizar su verdadero proyecto esclavista. Es decir, convertir a Centroamérica en un territorio al servicio de la causa del Sur. De ahí que haya llegado a visitarle y a auxiliarle el 20 de agosto de 1856 Pierre Soulé —Senador del Estado de Louisiana—, considerado —según un periódico de Hispanoamérica— “campeón perdurable de la anexión de Cuba para aumentar el número de los Estados Libres en que se hiciera eterna la esclavitud”.
No por casualidad la bandera de Nicaragua, enarbolada por las fuerzas walkeristas, fue sustituida por una nueva en que la franja blanca era más blanca que las azules y, en vez del viejo escudo federal con cinco volcanes y la leyenda Dios, Unión, Libertad, llevaba una estrella roja de cinco puntas. Además, la bandera del primer batallón de rifleros mandada por el coronel Edward E. Sanders ostentaba el arrogante lema de “Five or none”, o sea, las cinco repúblicas centroamericanas o ninguna.

Walker y su presidencia espuria
El filibustero se hizo “elegir” Presidente el 12 de julio de 1856, a raíz de un remedo eleccionario controlado por sus hombres —casi todos extranjeros— y circunscrito a los departamentos de Granada y Rivas. Su administración espuria se manifestó en tres decretos: la publicación de las leyes en español e inglés, lo cual “tendía a hacer caer la propiedad de las tierras baldías nacionales en manos de los individuos de habla inglesa” —según sus propias palabras—; la confiscación de las propiedades de sus enemigos legitimistas (75 haciendas y 42 casas), destinadas a sus hombres, y el restablecimiento de la esclavitud —que se limitaba a las etnias de origen africano—, abolida en 1824 por la Asamblea Constituyente de Centroamérica.
A finales de agosto, una partida de 60 hombres —entre soldados filibusteros y mozos de campo, a las órdenes de Ubaldo Herrera—, al servicio de Walker, merodeaban bestias y reses en las haciendas a las orillas del Lago de Managua para proveerlas al ejército filibustero. Volvían desprevenidos arriando los animales robados cuando un grupo de 25 sabaneros los atacó de improviso persiguiéndolos y echando al aire sus sogas. Herrera y seis filibusteros fueron lazados y muertos. Los sabaneros rescataron 52 mancuernas de reses, 10 bestias y algunos hombres. Así fue iniciada, por los más humildes nicaragüenses, la Guerra Nacional antifilibustera.

Las dos acciones: 5 y 14 de septiembre
Sin el contexto anterior no se puede comprender la batalla de San Jacinto el 14 de septiembre de 1856, precedida de un primer rechazo el 5 del mismo mes a los filibusteros, quienes dejaron seis muertos en el campo y lleváronse un número indeterminado de heridos. Dos horas y media de fuego nutrido duró esa acción en la que los atacantes dejaron abandonados armas, cantidades de municiones y otros pertrechos. En su parte oficial, el coronel José Dolores Estrada, refirió desde San Jacinto, desplazado allí para impedir el merodeo filibustero, que éstos en su huída dejaron “quince rifles, muchas paradas, cuatro espadas, un botiquín con su correspondiente repuesto de medicinas, un estuche de cirugía, quince bestias mulares y otras tantas caballares con sus correspondientes monturas, diez botes de latas y otros muebles de menos importancia como chamarras, gorras, sombreros, cuchillos, espuelas, botas y pistolas descompuestas”. Los defensores sufrieron un muerto y tres heridos. El coronel Edmund H. McDonald comandaba la fuerza walkerista.
Habiendo reconcentrado a casi todos sus soldados dentro de la hacienda, las pérdidas del coronel José Dolores Estrada fueron mínimas. En su auxilio, el 11 llegó a San Jacinto un contingente escaso de indios flecheros de Matagalpa, al mando del capitán Francisco Sacasa; pero no quedó prueba documental de que hayan participado en la acción, excepto el propio Sacasa, que fue herido y, según el poeta Juan Irribaren, muerto, como lo cantó en un soneto a raíz del acontecimiento: “Disputando tu patria al extranjero / exhalaste tu aliento postrimero”.
Desde el 12 de septiembre los filibusteros organizaron en Granada otra expedición a San Jacinto, al mando de Byron Cole, el aliado de Walker que había hecho posible su presencia en Nicaragua, firmando un contrato de “colonización” con los demócratas de León. Por lo menos 65 filibusteros (probablemente más) llegaron a las 5 de la mañana y se detuvieron unos momentos para disponer el plan de ataque. Este tuvo dos momentos: el primero de tanteo por las tres columnas —dirigidas por los oficiales O’ Nelly, Watkins y Milligan—; y el segundo de penetración por el punto vulnerable: la trinchera del lado izquierdo de los defensores.
Estos se organizaron también en tres grupos, aprovechando las características del sitio, rechazando tres veces la embestida; a la cuarta, Estrada concibió un efectivo movimiento envolvente enviando a Cisne, Siero y Fonseca con 17 hombres, detrás de la Casa-hacienda, para atacar sorpresivamente por el Este. “La retirada de los voluntarios de San Jacinto —reconoció el mismo Walker— fue irregular y desordenada”. A raíz de ella, el jefe de los filibusteros e iniciador del movimiento esclavista en Nicaragua, Byron Cole, fue muerto por uno de los campesinos que lo capturaron después del combate: Faustino Salmerón, en la hacienda de San Ildefonso. En realidad, el encuentro bélico fue desigual entre los patriotas de cotona, caite y fusiles de chispa y los invasores del Destino Manifiesto con sus rifles de repetición Minié, Misissipi y revólveres Colt; superioridad de las armas que fue desvirtuada por el ardor patriótico y la habilidad táctica de los nicaragüenses. Cinco horas había durado el combate: de las siete a las once de la mañana.
Aunque el número de los combatientes y el de las bajas fueron apreciablemente mayores en otras acciones de la guerra contra Walker, la de San Jacinto no cede el primer lugar a ninguna en importancia. Los dos combates de San Jacinto, considerados como una sola batalla en dos etapas, fueron los únicos de la Guerra Nacional en los que nicaragüenses y norteamericanos se enfrentaron sin auxiliares quedando una resonante victoria de los “nicas”. Es por ello que ha pasado a ser el acontecimiento más memorable en la historia patria nicaragüense; y siempre se revive la orden espartana de Estrada: ¡“Firmes, firmes hasta caer el último”! Andrés Castro, quien derribó a un filibustero de una pedrada al faltarle fuego a su carabina, se inmortalizó como espléndido símbolo de esa lucha desigual que elevaría la moral de la resistencia patriótica, organizada desde el Norte de Nicaragua.
En su parte oficial, el comandante de la División Vanguardia y de Operaciones del Ejército del Septentrión, coronel José Dolores Estrada, afirmó el propio 14 de septiembre: “Yo me congratulo al participar el triunfo adquirido en este día sobre los aventureros”. Veintisiete muertos tuvieron los filibusteros (más 12 heridos y 3 desaparecidos) contra cincuenta y uno de los defensores. Añadía Estrada: “Se le tomaron, además, 20 bestias, entre ellas algunas bien aperadas (…); 25 pistolas de cilindro y hasta ahora se han recogido 37 rifles, 47 paradas, fuera de buenas chamarras de color, una buena capa, sombreros, gorras y varios papeles que se remiten”.
La gesta de San Jacinto perdura en la memoria de los nicaragüenses y su principal héroe —“Tata Lolo” Estrada, entonces de 65 años— se ha glorificado. En Masaya fue recibido bajo un triunfal arco de flores el 6 de octubre de 1856. El gobierno de Nicaragua lo nombró General de Brigada el 25 de julio de 1857 y los de Guatemala, El Salvador y Costa Rica le otorgaron condecoraciones en 1858. Dos años después, unos amigos iniciaron en Managua la conmemoración de la batalla, mediante suscripción pública; y en 1861 ya se celebraba el 14 y 15 de septiembre en Granada “con el júbilo digno de tan grandiosos recuerdos”. Durante el paseo callejero con música, se pronunció este brindis en verso: “Al invicto General / Que en su luciente acero / Enseñó al filibustero / Lo que es la Libertad; / Dediquemos esta fiesta / En ese día de gloria / Y que dure en su memoria / Por toda la eternidad.