Opinión

¡Un mujerón!


Las cosas (objetos, fenómenos, elementos, etc.) no tienen sexo y sin embargo tienen género y a veces dos. Es el caso de calor y caparazón, voces referidas al género masculino, pero que en el uso popular de nuestro país –particularmente en las zonas rurales y urbanomarginales- se emplean como femeninos: la calor, la caparazón. O el caso de dinamo, de género femenino en el uso peninsular, pero que en Nicaragua está suficientemente extendido su empleo en masculino: el dinamo. Y lo mismo ocurre con sauna, femenino en el español europeo, pero masculino en Hispanoamérica.
Don Manuel Alvar, en su Diccionario VOX, afirma que es incorrecto el empleo de sartén en masculino; sin embargo, la Nueva gramática de la lengua española explica que es masculino en muchos lugares de España y América. En Nicaragua las cocineras y amas de casa dicen el sartén. En España “toman la sartén por el mango” y nosotros “hagarramos el sartén” como podemos, porque aquí muchos no llevan agarradera.

Cambio de género y cambio de especie
Por otra parte, ocurren casos en los que el cambio de género implica un cambio de especie. Entre río y ría, por ejemplo, hay cambio de género y de sentido pero no de especie, porque la ría es un ‘ensanchamiento navegable de un río en su desembocadura’. Pero hay situaciones en las que sí el cambio de género implica un cambio de especie, porque los objetos o conceptos designados no poseen ningún elemento en común. Es el caso de acto y acta, bombo y bomba, cuento (narración) y cuenta (operación aritmética), modo y moda, palmo y palma (palmera), palo y pala, pito (bocina) y pita (planta), rayo (línea de luz) y raya (lindero), ruedo (redondel) y rueda (pieza en forma de disco) y muchos más.

Sustantivos homónimos y sustantivos con doble género
Hay casos en los que el género (masculino o femenino) depende del significado con que empleemos determinados sustantivos. Se trata del doble género característico de una misma palabra, como afirma Manuel Seco, “usada con distintos sentidos”; por ejemplo: el orden (‘buena disposición de las cosas entre sí’) y la orden (‘mandato’). El caso de margen es distinto: es masculino cuando se refiere al ‘espacio en blanco en un escrito’ y puede usarse en masculino o en femenino (aunque predomina el femenino) cuando se refiere a ‘extremidad y orilla de una cosa’: “la margen derecha del río Coco”.
En otros casos, son dos palabras distintas que tienen la misma forma. Se trata de homónimos, como: el corte (‘abertura que queda al cortar’) y la corte (‘conjunto de personas que acompañan a un personaje real’), el pez (‘animal vertebrado acuático’) y la pez (‘sustancia negruzca, residuo del alquitrán’), el coma (‘estado de inconsciencia prolongado’) y la coma (‘signo ortográfico’), el cura (‘sacerdote que regenta una parroquia’) y la cura (‘procedimiento para curar o curarse’).

El cambio de número implica cambio
de género
A veces, el empleo del plural impone un determinado género con o sin diferencias de significación; así, dote (capacidad o cualidad de alguien) y arte sólo admiten el género femenino: las dotes, las artes; y mar y azúcar, sólo masculino: los mares, los azúcares. Pero en singular es ambiguo, como el sustantivo mar (el mar, cerca del mar, viaje al mar, etc., y la mar, usado en poesía, y alta mar, muy frecuente entre nosotros). Azúcar, que puede ser correctamente empleado en masculino o femenino: el azúcar moreno, la azúcar blanca. Con este sustantivo, también es admisible con el artículo el y un adjetivo en forma femenina: el azúcar blanca, el azúcar refinada. Se trata, como explica el DPD, de un resto del antiguo uso del español medieval.

Evolución del género
Dice la Academia en su Esbozo de una nueva gramática de la lengua española que “muchos neutros griegos en -ma han pasado al español en diferentes épocas, directamente o a través del latín, especialmente como tecnicismos o para componer tecnicismos”. Así, algunos sustantivos terminados en -a como la lágrima, la calma, la chusma, la estratagema adoptaron en general como en latín el género femenino. Pero la tendencia culta, considerando quizá más próximo al neutro griego, impuso el género masculino a muchos sustantivos de esta índole: el enigma (‘hecho o dicho difícil de entender’), el drama (‘pieza teatral o suceso de la vida real’), el anatema (‘excomunión o maldición’), el dilema (‘disyuntiva o situación ambigua’), el estigma (‘marca, huella o afrenta’), el fantasma (‘ser no real’), el epigrama (‘composición poética breve de pensamiento agudo y satírico’), el emblema (‘insignia’), el síntoma (‘indicio de cierta cosa’) y otros.
Afirma el académico Manuel Seco en su Gramática esencial del español que “si es poco segura para determinar el género de un nombre la terminación en -o o en -a, menos lo son otras terminaciones”; y menciona ejemplos como en -e: el diente, el monte, el cisne, el dique, el coche, el norte, etc., frente a la nave, la salve, la noche, la leche, la parte, la muerte, la nube; en -u: el espíritu, frente a la tribu; en consonante: el solaz, el trasluz, frente a la paz, la luz; igualmente, el corazón, el montón, frente a la razón, la porción; también, el dolor, frente a la flor; el análisis, frente a la síntesis.

Cambio de género por sufijo y cambio semántico
Cuando el género de una palabra cambia por sufijo, experimenta también un cambio semántico en el derivado; compárense, por ejemplo: batalla (‘cada episodio de una guerra’) y batallón (‘unidad militar compuesta de varios soldados’); banco (‘asiento donde pueden sentarse varias personas’) y banqueta (‘banco pequeño’); botella (‘vasija de cristal generalmente cilíndrica’) y botellón (‘aumentativo de botella’); brazo (‘miembro del cuerpo humano que comprende desde el hombro hasta la mano’) y brazada (‘cada impulso dado con los brazos al nadar’); calle (‘camino para andar entre las casas en una población’) y callejón (‘calle muy estrecha’).
A veces, dos derivados de una misma raíz expresan matices diferentes. Así, de mujer tenemos dos derivados: uno masculino (mujerón) y otro femenino (mujerona). Pero entre uno y otro hay rasgos significativos: una mujerona designa a una mujer alta, un poco más de lo normal, simplemente; pero un mujerón (uso nicaragüense), además de alta, connota una condición estética: es hermosa y atractiva.

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