Opinión

…Pero es mi amor


A un viejo abogado y político que padecía de Alzheimer, su hijo le ayudaba a ejercitar la memoria mostrándole fotos de seres queridos. En algún momento, tomó una de su madre, y al acercársela le preguntó si recordaba el nombre de aquella mujer, que era su esposa. Dudó unos segundos, arrugó el entrecejo, como haciendo un esfuerzo infinito por encontrar las letras de un nombre, poder dibujarlo en el aire, un nombre que habría salido tantas veces de sus labios, pero que ahora quedaba atrapado en algún agujerito negro, de esos que se traga el Alzheimer. De pronto, se le iluminó la cara. No porque hubiese dado con el nombre, sino porque sabía decir quién en verdad la mujer de la foto. Y contestó: “No me acuerdo de su nombre, pero ella es mi amor”.
Esta escena real fue recopilada para una serie televisiva sobre la enfermedad antes de que el abogado muriese, recientemente. Su respuesta ante la foto que le muestra el hijo confirma el poder del corazón sobre el de la memoria racional. Y esa respuesta, además de emocionar por sí sola, confirma también otras cosas que conviene recordar. Uno: que las personas que padecen Alzheimer suelen verse afectadas por pérdidas de memoria más o menos cuantiosas, pero la manera en que a veces tratamos a estas personas es como si creyésemos que no están faltos de memoria sino de entendimiento, de voluntad y hasta de corazón. La respuesta ante la mujer de la foto nos recuerda que más allá de lo que la memoria alcanza y estima oportuno recordar; más allá de lo que la razón aprecia, la vida verdadera, la que se retiene, la que se recuerda, está grabada en los sentimientos. Y a esos no se les pueden engañar.
También es cierto que al final muchos pacientes de Alzheimer ven mermadas sus facultades o apenas pueden ya relacionarse de manera convencional con las cosas cotidianas. Mi abuela Marichu había tenido una vitalidad y una salud de hierro durante toda su vida. Comenzó a padecer Alzehimer, y en cuatro meses murió. En ese período de tiempo, pasó de no reconocerme, a invitarme a jugar con ella como si fuera una niña de casi noventa años. Reía y reía sin parar, parecía incluso que se burlaba inocentemente de todos los que la rodeábamos. Ella recordaba que su vida había consistido principalmente en la alegría, y ésa fue su herencia para mí.
No voy a hacer una traducción política de todo ello. Porque no la hay. Pero sí hay una que al menos a mí me toca y es sobre el lugar donde está la verdadera memoria, que es el corazón. No sé si ustedes lo sienten, pero a cualquiera que conserve o viva en mayor o menor medida ideales políticos de izquierda (si es que se puede llamar así), y que ha simpatizado con el sandinismo, gran parte de lo que ahora ve, no corresponde con esos ideales. No diré que uno se siente traicionado (la pero traición es contra sí mismo y contra los que a uno rodean), pero evidentemente podríamos decir como aquel moribundo que dio fin a su vida frustrado: “No, no era esto”.
Seguramente, muchos de los que simpatizaron con las causas de los setenta y ochenta en Nicaragua, que fueron las mismas en los mismos años y aún antes en otros países hermanos, ahora piensan que las letras del partido que llevó el liderazgo de la Insurrección Final, no corresponden con lo que fue. Ese partido podrá un día desaparecer, y probablemente lo hará de una forma u otra; podrán desaparecer los nombres hasta de los mártires con los que se llenan la boca quienes ostentan el poder y quienes defienden su memoria desde otro lado. Pero el corazón no olvida en lo que creyó, que es lo mismo que lo que sintió. Es como cuando uno le pregunta a un maestro, o a un antiguo estudiante de los que participaron en la Campaña de Alfabetización, e inmediatamente le brillan los ojos recordando. Es como cuando uno le pregunta a tanta gente en los barrios que se organizaban hasta para hacer ataúdes. También le brillan los ojos recordando, como se recuerdan los hijos que hace tiempo no se ven. En la distancia y en el tiempo, todo se vuelve más puro, más lindo de lo que realmente fue, porque el corazón elige mirar las cosas del modo que hace brillar a los ojos.
Tanto dentro de las filas del gobierno, como fuera de él, es difícil hoy día encontrarse con ese brillo de entonces en los ojos. Entre el personal de las instituciones, algunos aún conservan ganas de hacer cosas por la gente en pro de una convicción; y por supuesto también hay intereses de prevalecer por encima de todo y de todos; eliminar un Estado de Derecho por unos programas que encumbren (según sueñan) a la familia en el poder hacia el cuadro de honor de los líderes revolucionarios. Pero la realidad es que si uno pregunta en América Latina, ellos no están ahí, y probablemente no estarán. Son otros.
Pero ellos no son lo importante, ni la clave del asunto. Pasarán, cambiarán (ya lo cantaba mejor que nadie “La negra”, Mercedes Sosa). Y sólo cambiando la perspectiva, sólo volviendo a las razones del corazón, sin condicionarlo a unas siglas, a una fidelidad partidaria, a unas frases huecas, antiguas, repetidas, podridas, una renovación verdadera podrá verse al fin. Dentro de ese Frente que gobierna y fuera de él. Pasará el tiempo, pasará. Es probable que no recordemos quiénes fuimos, cómo se llamaban nuestros líderes, ni cómo definíamos nuestros ideales. A este paso perderemos la memoria hasta de lo que Nicaragua un día fue capaz de hacer con menos recursos aún de los que se tienen hoy día. Pero como los maestros niños de la alfabetización, o como el viejo abogado, seremos capaces de reconocer a primera vista lo que realmente valió la pena y sigue valiendo la pena, con un brillo en los ojos. Él no lo dijo en pasado, sino en presente: “Ya no recuerdo su nombre, pero ella es mi amor”.

franciscosancho@hotmail.com