Opinión

Humanizar para construir


Antes que nada, le daría a las universidades la oportunidad de pensar más, es decir, de no seguir el clásico discurso académico de toga y birrete.
Los estudiantes no son cartoneros olímpicos. No los pondría a competir. Sacaría del discurso académico la palabra “competencia”. Invitaría al alumno a retirarse a los rincones de su recinto, a meditar, a reflexionar, a disfrutar el estudio. El alumno está idiotizado por la bulla de los tiempos modernos, la moda, los medios, la política y, encima de todo, la idea del éxito.
El éxito malentendido como el clímax laboral, el status social alcanzado por un valor de academia. No es ese el éxito que vale.
Por eso sacaría a todos los estudiantes de la competencia por el éxito y los haría pensar más, como universidad, los invitaría a fracasar primero. Fracasar en el buen sentido, es decir, fracasar para crecer y alcanzar el verdadero éxito: la felicidad. Sus compañeros no son sus rivales. La competencia incentiva la rivalidad y no creo en la rivalidad como medio de realización personal. La idea del éxito tiene que ser promovida de otra manera.
Si yo fuera una universidad, no vendería mi visión y mis objetivos al tradicional cliché de ser una universidad que forma profesionales líderes, competitivos y entrenados para el perfeccionismo que se gana bajo el precio de la “excelencia académica”. Mejor dicho, formaría profesionales con calidad humana y técnica, y cuando digo “profesionales”, me refiero a jóvenes independientes y con criterio.
La calidad técnica de un profesional no puede mejorar mientras no mejore su calidad humana, y yo centraría mi tarea en humanizar a los estudiantes. Y con esta humanización, no me alejaría de la técnica, o de la necesidad de trabajar con la tecnología y las máquinas, sino que trataría de crear en los estudiantes una visión del mundo moderno menos materialista, y no por eso, menos real, sino más cercana al uso de las máquinas como medios de realización personal, no como objetos de manipulación social y de dominio de unos sobre otros.
El cotizado prestigio que busca una universidad solo se consigue con estudiantes que alcanzan la paz interna a través del estudio, me refiero a la vocación profesional. Esto hace falta en profesionales con mucha calidad técnica y poca calidad humana, quienes también fracasan en su realización personal. No invitaría por eso, como universidad, a fracasar en este sentido.
La falta de vocación que tienen los estudiantes mecanizados, quienes luego de haber pasado por un frío pupitre, llegan al ambiente laboral a respirar más indiferencia, es producto de la falsa idea del éxito que promueven las universidades nicaragüenses hoy en día.
Alumnos que llenan su espíritu con conocimiento y sienten motivada su creatividad a través del estudio: son los verdaderos estudiantes a formar. ¿Y cómo se estimula la imaginación de un estudiante? Dejándolo pensar y dejándolo equivocarse. Por romántica que suene esta idea, así debería de ser la realidad del estudiante.
Muchas veces los alumnos también son chantajeados por medio del puntaje clasificatorio. Se utiliza el puntaje como un medio de coerción, manipulación y amedrentación sobre los alumnos. Recordemos que el puntaje debe ser simbólico. Es un medidor para calificar al estudiante, no un fin intelectual para estereotiparlo, o asustarlo por medio de un examen final que pretenda sacarlo de la universidad cundido de traumas.
La humanización que recomiendo a las universidades nace de la creciente decrepitud que las caracteriza. Todas ellas se empeñan en ofrecer carreras que luego den plata para ganar plata y que la plata fluya en un país que no la tiene. Y si la tiene, deambula solo entre algunos privilegiados que representan una abrumadora minoría.
Las universidades no invierten en Antropología, Psicología, Sociología, Filosofía, Trabajo Social, Filología, Literatura, y todo ese abanico de materias que encierra el humanismo y sus temas esenciales. No, esas carreras no dan plata. Por eso las universidades no las promueven y dejan al país indefenso, en la más honda ignorancia.
Casi siempre el alumno es un joven indeciso y confundido. Con los típicos dieciséis o diecisiete años, salen de la secundaria los alumnos nicaragüenses y van como peces tras el anzuelo, buscando un trozo de carne que los alimente. Quisiera decirles a las universidades que sus alumnos no son objetos culinarios.
No pueden cantarles a los estudiantes la canción de que ciertas carreras dan plata y otras no. Eso crea en el estudiante la idea de que tiene que estudiar para salvarse y no para convivir en la sociedad como pleno individuo. Es un discurso cortoplazista que engaña al estudiante con la idea de que en poco tiempo, estudiando Turismo, Contabilidad, Derecho o Administración, hará dinero y hará familia. Pues no siempre es así.

*grigsbyvergara@yahoo.com