Opinión

Sagitario contra Darío, se hiere a sí mismo


Primera Parte

“Como hombre he vivido en lo cotidiano;
como poeta, no he claudicado nunca”.

Rubén Darío

Darío llamaba sagitarios a quienes le hacían blanco de sus críticas. Quizás porque la mitad humana de la figura mitológica sostiene un arco tensado con una flecha a punto de disparar; quizás, por la desconsideración y el desenfreno desbocado, que caracteriza a la mitad no humana.
En la sección de Opinión de EL NUEVO DIARIO, el señor Douglas Salamanca ha publicado, con gran desconsideración y desenfreno, un artículo con quince supuestas tesis polémicas sobre Rubén Darío.
La mayoría de sus críticas no son tesis, ni hipótesis ni proposiciones demostrables, sino, simples opiniones expuestas con ligereza y grosería, a pesar de que Salamanca sostenga que ha llegado a ellas, tras muchos años de investigación y estudio.
Al ver el pobre resultado de sus investigaciones, viene a la mente la respuesta que dio Pirro a quienes le felicitaban por su victoria, en Heraclea, en 280 a. C., luego de que los romanos se retiraron tras infligirle 6 mil bajas (entre las cuales se hallaban sus mejores oficiales). Pirro respondió: “otra victoria como ésta, y estamos perdidos”. Salamanca, por desgracia, dice haber desbastado una montaña de obra literaria dariana, para encontrar como tesis, tras muchos años de estudio, no más que el prejuicio rencoroso de partida. Sus amigos estadounidenses le dirían: “Give birth to a peanut. Other research as it, and you should change jobs”.
Salamanca, en lo que él llama tesis segunda, sostiene que la Dariolatría es un disparate. Lógicamente, que alguien idolatre a Darío, no le concierne a Darío, sino a un tercero que le admira con exageración (aunque el término, en sí, es chocante, tanto fonética como conceptualmente). En el caso concreto, lo que Salamanca llama “tesis” dariana es, más bien, un desagradable cotorreo contra José Jirón (que encomiablemente se ha obstinado a rescatar cuanto documento exista, vinculado con Rubén). Agregar que “la idolatría es considerada un pecado por la iglesia católica” revela en Salamanca no sólo mal gusto y beatería, sino, una intromisión injustificable de lo religioso en las fronteras de la valoración personal de un artista.
En su “tesis” tercera, afirma que Darío era un provinciano cosmopolita. Nuevamente, la expresión que usa Salamanca es infeliz al unir dos términos, de los cuales, uno supera y reduce inevitablemente al otro (ya que quien es cosmopolita ensancha su patria). Es, en todo caso, un demérito que concierna, propiamente, a Darío. Al contrario, con la obra literaria de nuestro poeta, ha surgido, en un pequeño país del Tercer Mundo, a fines del siglo XIX, un movimiento literario, postcolonial, con un aporte innovador en grado de contribuir a la modernidad artística universal, que trasciende la dependencia cultural que hasta entonces reinaba en América Latina.

Salamanca, a medio camino, enredado por su discurso fútil, “si volse a retro”, y afirma que en su tesis tercera quiso decir que Darío posee una ética conservadora y una estética revolucionaria. Debió decir, simplemente, que Darío era en lo político conservador. Pero, el vínculo entre la concepción política de un artista y el contenido de su creación artística, amerita un enfoque dialéctico de análisis sociológico y literario, que Salamanca ni siquiera roza, porque no tiene las herramientas metodológicas para abordar correctamente la interrelación de ambos elementos.
Evidentemente, el movimiento modernista gestado por Darío, contribuye a consolidar la conciencia hispanoamericana, aunque Darío no haya sido socialista, sino, por el contrario, alguien ideológicamente opuesto a cualquier revolución social. Y es que la creación artística surte efectos en la conciencia social, sin que el artista tenga un control directo de la relación entre medios y fines, como el que se tiene, de distinta manera, en la propaganda política.
En la cuarta tesis, Salamanca resume la superficialidad de su enfoque crítico a Darío. En ella divide esquemáticamente el aporte de Darío en dos aspectos: su propia obra, y su influencia innovadora en la lengua literaria. Esta dicotomía absurda, revela una crítica mecánica, antinatural, metodológicamente incorrecta. La innovación revolucionaria que aporta Darío a la lengua no es escolástica, sino, creativa, inseparable de su producción literaria. Aquí no hay contradicción dialéctica entre una y otra. De la obra de Darío surge la innovación de la lengua, como el vino de la fermentación de la uva. El paso del tiempo madura y oxida el vino en toneles de roble, pero su calidad viene determinada por la morfología original, por los azúcares y ácidos de la vid.
Salamanca afirma que las producciones de Darío resultan obsoletas, aburridas y pesadas. Un crítico, con la formación metodológica necesaria, disfrutaría, en cambio, al descubrir, en el caso de Darío, cómo el idioma adquiere nueva capacidad expresiva, por la renovación del discurso poético y narrativo de sus textos, en prosa y en verso. Por una nueva sensibilidad, que Darío expresa en su producción literaria, en ensayos, crónicas, semblanzas, etc.
El arte es algo más que entretenimiento y placer sensual. Requiere de un “buongustaio” que sepa apreciarlo, de un catador con cierta elevación espiritual, cierto estudio, un grado de conocimiento y de capacidad especializada. Y este juicio experto es el que cuenta. El mismo Darío dijo que no era “un poeta de muchedumbres”.
Neruda y García Lorca –artistas excelsos ellos mismos- nos hablan de esa sensibilidad poética de Darío. En el célebre discurso al alimón en honor a Rubén Darío, en 1933, ambos dirían: “celebrábamos a Rubén Darío como uno de los grandes creadores del lenguaje poético en el idioma español. Vamos a nombrar al poeta de América y de España. Merece su subida a los castillos de la fama, sus atributos de poeta grande. Enseñó a Valle Inclán y a Juan Ramón Jiménez, y a los hermanos Machado, y su voz fue agua y salitre, en el surco del venerable idioma. No había tenido el español fiestas de palabras, choques de consonantes, luces y forma como en Rubén Darío.”.
Fecunda sustancia que Salamanca, en el nivel de su cháchara superficial, no puede –para su desgracia- encontrar en Darío. Sostiene, de mala fe, que Octavio Paz afirma que Darío “es el menos actual de los grandes modernistas”. Pero, trunca, deliberadamente, el pensamiento integral de Paz sobre Darío.
Lo que Paz dijo, en 1964, es que “el lugar de Darío es central, inclusive si se cree, como yo creo, que es el menos actual de los grandes modernistas. Es un término de referencia: un punto de partida o de llegada, un límite que hay que alcanzar o traspasar. Darío está presente en el espíritu de los poetas contemporáneos. Es el fundador.”.
El discurso completo de Paz, marca el énfasis, de que Darío es una referencia central, como la nota musical de sonido único -“para afinar”-, con base a la cual, el oído del músico determina la frecuencia y la altura del resto de notas.
Salamanca insiste en descalificarse a sí mismo como crítico, o como investigador o como simple estudioso. Expresa, sin percatarse que exhibe una negligencia trivial (inaceptable, incluso, en un simple lector): “Intenté leer “Los raros” y el libro se me cayó de las manos”. ¿Qué análisis, concienzudo o serio, puede acometer un “investigador” como éste? Ahora, habrá que reclasificar la literatura universal con esta prueba crítica de resistencia única (y en la tapa de cada edición, imprimir en los libros un sello actualizado de “caída de Salamanca”).
Jorge Luis Borges --uno de los hombres más eruditos del siglo XX--, al modo crítico antiguo, escribió sobre Darío, en 1967(cuarenta y tres años antes que el mundo académico conociera la nueva metodología crítica de Salamanca): “Todo lo renovó Darío: la materia, el vocabulario, la métrica, la magia peculiar de ciertas palabras, la sensibilidad del poeta y de sus lectores. Su labor no ha cesado ni cesará. Quienes alguna vez lo combatimos comprendemos hoy que lo continuamos. Lo podemos llamar libertador. “.
En la tesis quinta, Salamanca se limita a reconocer la habilidad musical insuperable de Darío, en su poesía rimada. Pero, afirma que el fondo poético es insustancial, irremediablemente trillado y banal. La tesis sexta es igual a la quinta, a la primera, a la séptima, a la onceava, a la doceava, aunque Salamanca no se percate siquiera, porque tampoco distingue la diferencia entre una opinión baladí y una tesis. En síntesis, Salamanca afirma, repetidamente, en todas ellas, que Darío es cursi, obsoleto, perecedero, efímero (y cada adjetivo peyorativo, le parece a este “investigador” una tesis distinta).

*Ingeniero Eléctrico