Opinión

Tomás Moro: ¿Un Santo de los Políticos?


Hemos visto en los últimos meses cómo la Iglesia Católica, usando su tradicional manía de etiquetar Patronazgos gremiales con halo de santidad, ha estado promoviendo a Tomás Moro (1478-1535) como Santo Patrono de los Políticos. Destacan su martirio por fidelidad a la Iglesia Católica, al no firmar el “Acta de Supremacía” que le presentara Enrique VIII, para fundar su propia Iglesia y poder así casarse con Ana Bolena. Es importante para conocer a fondo las circunstancias del “martirio” de Tomás Moro, adentrarnos al análisis de los personajes y sus circunstancias históricas.
A finales del siglo XV, Fernando de Aragón e Isabel de Castilla consolidaron el Reino de España y se enfrentaban a la Francia de Luis XII. Para neutralizar la amenaza de Francia, los reyes Católicos ejecutaron una estrategia de alianza con otros reinos para poder consolidarse como estado nación. Estas alianzas se ejecutaban a través de bodas de sus hijos con los reyes absolutistas de las potencias nacionales que adversaban a su archirrival Francia. Catalina de Aragón, hija menor de los Reyes Católicos, fue dada como esposa a Enrique VIII, de Inglaterra, como parte de la alianza antifrancesa que muy diestramente ejecutaron los Reyes Católicos. Pero también Inglaterra ganaba en esta boda, pues una alianza con España fortalecía su posición frente a su enemigo histórico, Francia.
Dos eventos históricos condicionaron la forma de actuar del Papado a principios del siglo XVI. El efecto Lutero y su reforma y la desintegración del Sacro Imperio Romano abriendo camino a los reinos locales asediados por la amenaza de los turcos. El Papado necesitaba estos reinos de tradición católica, para enfrentar la Reforma Protestante. Por ello, a principios del siglo XVI cedió a través de bulas y comunicados, casi todos su poderes terrenales y hasta espirituales, a los reinos aliados. Este fenómeno es lo que se llamó el “Patronazgo Regio”, el cual otorgaba poder a los reyes para normar cosas eclesiales y ponía de hecho a los reyes encima del poder del Papa. El Patronazgo Regio creaba así las “reales audiencias”, que ejercían como tribunales para dirimir conflictos eclesiales y de los fieles.
En el tiempo de la muerte de Tomás Moro, Carlos V, emperador español, a la sazón sobrino de Catalina de Aragón, esposa repudiada de Enrique VIII, ejercía un poder absoluto que el mismo Papa Clemente VII obedecía, más aún después de la humillación de tenerlo preso por siete meses en el castillo de San Angello . La historia nos cuenta que el Papa Clemente VII estaba dispuesto a conceder a Enrique VIII su anulación matrimonial, pues era característica de su pontificado satisfacer los caprichos que los reyes le pedían. La estrategia de sobrevivencia del Papado descansaba en los vaivenes de alianzas y rupturas del dubitativo y torpe Clemente VII. Se nos hace difícil creer lo que nos informan los historiadores católicos quienes argumentan que no cedió ante Enrique VIII por el prestigio de la Iglesia Católica. La presión y el poder de Carlos V sobre el Papado era más que evidente, aunque al Papa Clemente VII le sobraban ganas de congraciarse con Inglaterra o Francia para librarse de la humillación española. Las razones de Carlos V eran obvias para negarse a los pedidos de Enrique VIII, pues no iba a defraudar a su tía Catalina de Aragón, quien le garantizaba influencia en la monarquía británica.
Al analizar el entorno histórico y las relaciones de sus personajes, nos surge la pregunta: ¿A quién le juraba fidelidad Tomás Moro, al imperio Español de Carlos V que usaba al Papado como una secretaría subsidiaria de menor grado, o al Papado que se debatía por su existencia?
Inglaterra luchaba contra la armada invencible del imperio español, que a la sazón también lideraba la inquisición a su gusto y antojo al igual que la evangelización de América. La realidad histórica pone al desnudo a quién Tomás Moro traicionó, al imperio británico, a favor del imperio español en simbiosis oportunista con el Papado. Estaríamos ante un acto de un mal cálculo político de Moro, quien se movía en la corte Británica con mucha destreza, pues fue canciller de Enrique VIII hasta un año antes de su muerte. Lo que sí se podría derivar con menos sesgo en vista de los antecedentes del personaje es que nos encontramos ante una doble traición de Tomás Moro; la traición a su rey por Derecho Divino y la traición a su patria británica por una potencia extranjera. Una de las piedras angulares del Absolutismo del Renacimiento era la justificación de la soberanía de los reyes emanadas por derecho divino, todo poder de los reyes proviene de Dios. Este enfrentamiento de corte familiar entre las monarquías europeas ponía al hábil diplomático Moro en un dilema político, obedecía a Enrique VIII rey por derecho divino o a Catalina de Aragón y su sobrino Carlos V, emperador español por derecho divino también. También es justo destacar que Catalina era prima en cuarto grado de consanguinidad de Enrique VIII. No obstante, es importante aclarar que la mitología eclesiástica sesga a muchos historiadores y más si estos son católicos. Argumentar que el gran diplomático e intelectual Tomás Moro en su último año de vida renunciara a las riquezas y garbo en los que muy bien se había movido hasta entonces por fidelidad a su Iglesia Católica, es algo que excede a toda lógica. Pero la fe de los incautos creyentes en su iglesia, es suficiente para disimular las evidencias históricas y así convertir un acto de traición por mal cálculo político en un acto de martirio santificador.
Poner a Tomás Moro como ejemplo del buen gobernante y político en un Patronazgo que le diera Juan Pablo II, es como poner a una mosca a dar clases de aseo. No obstante, también puede caber que detrás de estas intenciones de la Iglesia Romana exista un poco de nostalgia de los “Tiempones” cuando los gobiernos no conocían la separación de Iglesia y estado, donde los caprichos eclesiales era moneda de cambio de los gobiernos terrenales.
No queremos obviar las virtudes de diplomático e intelectual de Tomás Moro, que junto a su vida personal se aleja de los alcances de este artículo. Pero si queremos aclarar que como modelo a seguir para los gobernantes y políticos deja mucho que desear y parece más bien que como un acto de premonición, muchos políticos han asumido de forma natural las características del Santo Católico. Más nos gustaría que en su afán por lograr gobernantes progresistas y humanistas dejaran a este Santo cesanteado y se buscara no a un “Santo” sino a un Sabio como modelo de buen gobierno. Los ejemplos sobran y nos aventamos a proponer a Nelson Mandela quién de catolicismo está exento pero de humanismo está lleno.

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