Opinión

Una polémica “desenfocada” y una rara coincidencia


El mes de septiembre ha sido bautizado, por causalidades históricas, como “Mes de la Patria”. Historia y cursilería patriotera se juntan cada año para celebrar los días 14 y 15 de septiembre. Y, como es lógico, nuestro calendario patriótico tiene sus iconos, pero pocas veces se han examinado con rigor histórico los actos por los cuales han sido elevados “al altar de la patria”.
Al respecto, hubo una polémica en torno a una de nuestras máximas figuras en 154 años: el Coronel de San Jacinto, y luego General y Héroe Nacional, José Dolores Estrada. Él, se hizo merecedor de este título por su participación en la batalla de San Jacinto, en la Guerra Nacional. Así lo reconoce el prólogo de nuestra Constitución Política; el Ejército Nacional forma a sus oficiales en la Academia Militar que lleva su nombre; su imagen no falta en escuelas y colegios; y de él se habla algunos días de septiembre de cada año.
La polémica la abrió un destacado personaje, el profesor Sofonías Salvatierra, historiador, ministro y enlace del presidente Juan Bautista Sacasa, en las pláticas de paz con el General Sandino. En su casa, la Guardia asesinó a Sócrates Sandino, la noche del 21de febrero de 1934.
Suficientes credenciales como para no tener en consideración sus juicios sobre el Héroe Nacional, el General Estrada, y la importancia de la batalla de San Jacinto dentro de la Guerra Nacional. En esta polémica –producida en 1926, en el setenta aniversario de San Jacinto—, participaron a favor de la crítica del profesor Salvatierra, el poeta Luis Alberto Cabrales y el abogado José Ángel Rodríguez; en defensa de Estrada, estuvo el doctor Pedro Joaquín Chamorro Zelaya y el cura Ramón Ignacio Matus.
Luego, para el centenario, Salvatierra expuso el tema en el Primer Congreso de Historia de Centroamérica-Panamá, San José, Costa Rica, los días 17 y 20 de septiembre de 1956. Diez años después, en 1966, Salvatierra fue refutado por Felipe Rodríguez Serrano. En su respuesta a Rodríguez Serrano, el profesor Salvatierra señala:
“El doctor Felipe Rodríguez Serrano, ilustrado comentarista y estimado amigo nuestro, gusta a ratos de espigar en el no muy favorable campo de la crítica histórica y en el enjuiciamiento de los personajes actuantes, y lo hace, es su error, sobre la base del panegírico sentimental ad oc que otros han hecho y del dato no salido todavía del control político interesado.”
En el año 2006, a 80 años de la primera polémica, a 56 años de la ponencia en Costa Rica y a 66 años de la polémica con Rodríguez Serrano, Aldo Díaz Lacayo, las recopiló en un libro que tituló “La Guerra Nacional”. (*)
Resumo el cuestionamiento de Salvatierra: a) la batalla de San Jacinto fue casual; b) no fue más importante que la batalla de Rivas; c) el Coronel Estrada, en el momento de la batalla de San Jacinto, actuó más como un sectario legitimista (conservador); d) esto lo demostró cuando, días después de San Jacinto, llegó a Masaya y allí conoció de los Convenios del 12 de septiembre, los cuales rechazó, y airado contra el General Martínez, lo consideró “traidor” por haber pactado con Máximo Jerez. (Otros historiadores, dicen que en su informe sobre la batalla de San Jacinto, Estrada habla de que soldados suyos morían gritando: ¡“Viva Martínez”!... y no viva Nicaragua).
“Siguiendo la lógica que enlaza y da unidad a los acontecimientos que tuvieron lugar desde mayo de 1854 hasta mayo de 1857 –escribió Salvatierra—, nosotros pensamos que lo que determinó de inmediato la Guerra Nacional, como forzosa y deliberada consecuencia, con finalidad preconcebida, fue la unión de legitimistas y democráticos acordada en los inmortales Convenios del 12 de septiembre de 1856.”

En seguida, Salvatierra afirma:
“No puede ser San Jacinto: porque ese combate se libró después de la unión de los nicaragüenses contra los filibusteros; porque ese combate, por sí mismo, sin otro factor lógico concerniente, no puede considerarse con suficiente razón como el principio de la Guerra Nacional; porque sin el antecedente determinante y necesario de aquellos Convenios (…), no sería recordado con la resonancia patriótica como se hace, y apenas se le citaría como un incidente cualquiera…”
En sus “Palabras previas” a la primera parte de su ponencia, Salvatierra escribe: “Con el estado de ánimo de José Dolores Estrada, Walker se habría quedado en Nicaragua. Por más que jueguen con las palabras y más palabras, la terrible realidad de aquellos días nos lleva a esta conclusión.”
En el prólogo de “La Guerra Nacional”, Díaz Lacayo opina que… “la polémica planteada por Sofonías Salvatierra, sobre el heroísmo de José Dolores Estrada (…) ahora resulta en parte desenfocada (…), y no en términos historiográficos, que la convierten en imperativa y la mantiene viva, garantizando su recurrencia entre los eruditos, sino porque –aunque parezca una afirmación rotunda—, el tema del heroísmo trasciende la historiografía.”
Díaz Lacayo, tercia en la polémica, y la considera “desenfocada”. Pero, ¿hacia dónde debe enfocarse? Díaz Lacayo dice que “la polémica continúa vigente, pero en la práctica tiene que ver fundamentalmente con la psicología social. Con el hecho evidente que los pueblos desarrollan y consolidan su propia identidad a través de la historia, contrastándola sin ninguna conciencia con el inconsciente colectivo...”
Más adelante, Díaz agrega que “el valor de San Jacinto es eminentemente psicológico” (porque) “la derrota de un pequeño contingente filibustero no hubiera pasado a más si el saldo de bajas no hubiese incluido la muerte de Byron Cole, de inmenso valor simbólico para ambas partes”.
Entonces, qué es San Jacinto: ¿historia o percepción psicológica? Parece necesario recordar una idea marxista: la objetividad es propiedad material primaria de todas las cosas, entre ellas, por supuesto, de la historia. No es, pues, su relación con la psicología social, sino con la objetividad de los hechos históricos, que las personas forjan sus cualidades heroicas. El pensamiento, el sentimiento y las emotividades colectivas crean mitos o iconos, bajo la influencia de fenómenos reales o ficticios y de una prédica o propaganda interesada, pero no héroes.
Aparte de cuál sea el interés del Editor, “Historia Nacional” es un buen libro, digno de ser leído. Pero es imposible no asociar la sustracción de los hechos históricos hacia la psicología, con la intensa propaganda actual del orteguismo, por arraigar en la conciencia colectiva la imagen de Daniel como un “héroe nacional”. Para ello, cuentan con los medios infinitamente superiores a los de cualquier otra época.
A Daniel se le pinta como la síntesis del valor de Andrés Castro, la inteligencia de Rubén Darío y el heroísmo de Augusto C. Sandino en los rótulos colocados en calles y carreteras de todo el país. En los murales, lo sitúan en todos los frentes de la lucha revolucionaria, como el único héroe de la revolución. ¿Será casual el mensaje de la propaganda orteguista con la tesis de la psicología social, como formadora del héroe?

*Aldilá Editor, Colección Sesquicentario, 2006.