Opinión

Sueños de caudillo


En Berlín, en el museo Topografía del Terror, instalado sobre las ruinas de los cuarteles de la policía secreta del régimen hitleriano, una foto llama especialmente la atención. En ella, una muchedumbre presenta el obligado saludo hitleriano ante el paso del caudillo: mano derecha alzada en ángulo de cuarenta y cinco grados y el consabido grito de “Heil…”. Allá al fondo en el centro, un hombre cruzado de brazos no hace el saludo. Es el único. Por despiste, rechazo pasivo o lo que haya sido. Un círculo lo ubica. Lo marca como enemigo. Define para el infortunado la cárcel o la tortura. Como él, millones serían víctimas del fascismo hitleriano.
La fotografía, rescatada de los archivos de la policía política hitleriana, ilustra el empeño del fascismo por imponer un modelo homogéneo. Se trataba de establecer una ideología, por lo demás perversa, como cultura nacional. La voluntad de un caudillo como la exclusiva política de Estado. Un individuo sobre la nación, sobre las naciones. Para ello fue necesario, y lo hicieron con cruel eficacia, perseguir, reprimir y asesinar a los opositores, a cualquiera que por judío, homosexual, negro o sencillamente diferente, no alcanzara en los cánones preestablecidos para la sociedad nacional socialista. En concordancia con los intereses financieros y geopolíticos que representaba, ese régimen llevó a la humanidad a su más grande tragedia.
Hitler en su camino al poder y desde allí, hizo uso de todos los recursos: el terror, la purga, el chantaje. Se apropió primero del original partido nazi, desplazó y purgó a antiguos amigos, se alió con enemigos. En 1928 el partido nazi, sin Hitler en el proscenio político alemán, obtuvo apenas el 2 % de los votos. En 1930, ya con un Hitler más protagónico, aumentó el porcentaje a 18 % y en 1932 obtuvo el 36,8 % en segunda vuelta. No obstante, las desconfianzas que provocaba, los grupos de poder lo consideraron manejable y luego de las elecciones de marzo, en la que los nazis logran consiguieron el 43,6%, Hitler concentró todos los poderes.
Era una Alemania, entonces, desesperanzada, con las heridas de su derrota en la Primera Guerra Mundial aún frescas y sufriendo las consecuencias de la crisis de 1929. El íder prometía el resurgir alemán y predicaba una supuesta superioridad de la raza aria.
La malvada criatura alcanzó la cima. Lo peor estaría por venir.
En su destructiva obra, el líder fascista se presentaría como el portavoz de la nación que hablaba a través de él. Se fabricó, a través de un gigantesco aparato de propaganda que tuvo a Joseph Goebbels como principal ideólogo, “el líder carismático”, cuasi divino, infalible. Invencible decían.
Durante seis años el mundo entero sufrió las consecuencias. Setenta millones de personas murieron en la Segunda Guerra Mundial. Veinte millones de ellos habitantes de la ex Unión Soviética, que cargó el principal peso de la guerra.
Sesenta y cinco años después de la derrota del fascismo hitleriano, no son pocos los pueblos del mundo que en su propia dimensión, sufren los métodos que empleo aquel oscuro y bohemio cabo para cristalizar sus intenciones. Y el camino de la democracia, no está exento de ser empleado por éstos que en esencia cargan mucho del Führer.
En las últimas décadas en países como Venezuela o en nuestro propio país, asistimos a las propuestas de caudillos que habiendo alcanzado el gobierno por la vía democrática – aunque en sistemas cuestionados y de dudosa legitimidad en sus particularidades -, ejecutan planes para desmontar el sistema y asegurar su permanencia indefinida en el poder. Sería incorrecto comparar el fascismo clásico en sus características socioeconómicas con regimenes como el de Venezuela o la actual Nicaragua, pero es incuestionable que los mismos, recurren a métodos utilizados por aquél. Si hasta hoy no hay una plena utilización de aquellos atroces recursos, es porque las condiciones internacionales y las particulares de cada país no lo han permitido.
Pero, ¿acaso no hay un intento explícito de refundar los Estados nacionales? ¿No se hace uso de la violencia de grupos para militares para agredir a los opositores? ¿No ha dejado de ser un derecho de ser minoría? ¿No se recurre a la religión y a algunos religiosos para bendecir la voluntad del caudillo? ¿No se intenta uniformar ideológicamente a los ciudadanos? ¿No es acaso la palabra del líder, sagrada? ¿No hay un esfuerzo persistente y evidente de cambiar la historia y construir un liderazgo unipersonal e infalible?
Hitler duró en el poder una década y las cicatrices de su genocidio aún duelen. Caudillos inconfesados siguen sus pasos.
Cuenta la historia que a dieciséis metros bajo tierra, en su bunker, cuando ya las tropas soviéticas habían tomado importantes sectores de Berlín y faltaban pocas horas para que el soldado Michail Petrowitsch Minin izara la bandera victoriosa sobre el Reichstag, Hitler antes de suicidarse, seguía fuera de sí, en un mundo de fantasía, contemplando los planos del Berlín del Tercer Reich que los arquitectos Hermann Geisler y Albert Speer habían diseñado. Macabros sueños de caudillo.