Opinión

Lo que los jóvenes deberían saber sobre reelecciones


Ningún ciudadano bien informado tiene dudas acerca de la ilegalidad de las medidas del presidente Ortega. Una, contra el espíritu, la letra y la existencia del artículo 147 de la Constitución; otra, desconoce el carácter transitorio del artículo 201 para hechos desaparecidos en abril de 1990; y, una más, usurpa las funciones de la Asamblea Nacional, dando vida artificial al mandato de varios magistrados.
Siendo todo ilegal, se concluye que Ortega no puede inscribirse como candidato para la próxima elección presidencial ni para ninguna otra. Sin embargo, no ha llegado el momento de las inscripciones, y Ortega ya se recetó su campaña electoral fuera de tiempo. Suma suficiente de ilegalidad, como para atribuirle justamente la culpa por la inestabilidad política, y el caos institucional que ya comienza a causar daños y anuncian un mal futuro.
La irregularidad institucional que Ortega provoca con su ambición de reelegirse, carece de originalidad. Ha sido reiterada en la historia y dura los 189 años de independencia formal, lo cual nos ha hecho un país de los más atrasados y pobres de todo el mundo.
Las reelecciones han producido conflictos políticos y bélicos con mortandades, pérdidas humanas valiosas, encarcelamientos masivos, crímenes selectivos, odios que dividen, pérdidas materiales, pérdidas de la soberanía nacional y exilios forzados, más exilios por necesidad. Para demostrar que nada de lo enumerado es ficción, desempolvemos nuestra historia, aunque sea a saltos de páginas.

Primera reelección
Fruto Chamorro (1853) fue pionero de la reelección. No le gustó el período de dos años como jefe de Estado, y nueve meses después reformó la Constitución para crear la “república”, reelegirse como presidente y prolongar a cuatro años el período presidencial. Aunque antes hubo sucesos bélicos y conflictos políticos entre caudillos y oligarcas, el resultado fue la presencia de los filibusteros de William Walker.
Después de escaramuzas fratricidas entre “ejércitos” campesinos con “generales”-patronos, bajo las banderas de timbucos y calandracas, y de legitimistas y democráticos, la Guerra Nacional. Al final: casi cuatro años sangrientos, la pérdida temporal de la soberanía nacional y amenaza de perderla para toda Centroamérica.

Segunda reelección
Con el presidente conservador Tomás Martínez (en 1857) --coaligado con los liberales-- inició el período de los “treinta años conservadores”, pero la violencia continuó por la reelección de Martínez, contra quien Máximo Jerez montó una de las habituales revueltas. Dado que la pequeña sociedad nicaragüense de entonces estaba agotada por la Guerra Nacional, esta revuelta fue menos cruenta y prolongada.
La alternancia en el poder durante treinta años, fue una experiencia condicionada. Una democracia sólo para patronos, no apta para el ciudadano analfabeto ni para quien no tenía una propiedad con valor no menor de cien pesos. Al final de período de los treinta años, el “progreso” había comenzado a gatear con la producción y comercio internacional de café, más el tren del pacífico para trasportarlo hacia Corinto.

Tercera reelección
Ese período se alteró en 1887, cuando muere el presidente Evaristo Carazo, y eligen a Roberto Sacasa. Completado por Sacasa el período de Carazo, se antojó de reelección, en 1889. A dos años de su reelección, ya había suficiente inconformidad con su gobierno, por sus medidas autoritarias, exilios forzados y contra la libertad de prensa. Sacasa no gozó toda su reelección, a causa de la violencia encabezada por José Santos Zelaya, quien lo derrocó.

Cuarta y quinta reelección
Para la época, las reformas del gobierno liberal de Zelaya fueron progresistas: separó al Estado de la Iglesia, secularizó los cementerios, dio primacía al matrimonio civil, estableció la educación laica, etcétera. Junto a sus reformas, Zelaya metió la reelección, la cual repitió dos veces que lo mantuvo en el poder diecisiete años, causó guerras intestinas y regionales hasta 1909, cuando fue derrocado por la injerencia gringa, dando comienzo a un período trágico de nuestra historia: la injerencia diplomática y la segunda intervención armada de los Estados Unidos –después de la Walker— que duró veinte y cuatro años, con una breve pausa, hasta cuando Sandino les obligó a irse en 1933, con saldo de muerte durante seis años .
La intervención lesionó la vida económica, social y política. Washington se encargaba de nombrar “presidentes”, y comenzó con Adolfo Díaz. Tanto se perdió la soberanía nacional, que las “elecciones” se hacían bajo ley redactada por un gringo (Dobs), y quienes controlaban el proceso y los cantones electorales, lucían el uniforme militar imperial.

Sexta reelección
Contradicciones, más la inconformidad con la intervención, hicieron surgir una coalición libero-conservadora, a la cual le permitieron acceder a la presidencia con la fórmula Carlos José Solórzano-Juan Bautista Sacasa (1925-1926). Un ex presidente de factura gringa, Emiliano Chamorro (1917-1920), vio eso muy progresista para su gusto y buscó su reelección por la vía del golpe de Estado (1925). A Washington no les convino, y le impidieron cumplir su deseo, y reeligió a Adolfo Díaz. Pero Chamorro ya se había apuntado por las “soluciones” violentas y estalló la “revolución constitucionalista”.
La “revolución” fue traicionada por José María Moncada (1927) al precio de su presidencia, a la cual ascendió con elecciones “súper vigiladas” por los interventores (1928). Emergió Sandino, y Juan Bautista Sacasa recibió su pago en 1932.

Séptima reelección
Con la Guardia Nacional (1927), nació el dictador Anastasio Somoza García, quien no quiso esperar su pago por haber asesinado a Sandino, y se apresuró a cobrársela a Sacasa (1936). Somoza, utilizó un títere –Carlos Brenes Jarquín—; esperó elegirse en 1937, se reeligió en 1939 y preparó condiciones para otra reelección en 1946.
Pero en 1944, a Somoza le “salió la virgen”: nació el movimiento estudiantil universitario, y de su partido nació el Partido Liberal Independiente, ambo contra la reelección. Obligado a desistir por la movilización popular, hizo otro títere: Leonardo Argüello. Se creó una coalición opositora amplia y fuerte, que barrió con las elecciones (1946) con su candidato Enoc Aguado, del PLI, en la casilla del Partido Conservador, único legal después del partido de Somoza.
Un buen “hijo de puta” de Washington, no iba a permitir tamaña ofensa, y un predecesor de Roberto Rivas, se la cobró. Cuando con los falsos resultados, dio a luz el fraude electoral que tendría el récord de ser el más grande, hasta el 2008. Argüello, liberal doctrinario al fin, tuvo pena de su “victoria” y trató de restituir en algo por el engaño, ordenando el retorno de los durmientes del ferrocarril que Somoza se había robado para cercar sus haciendas. La rebeldía de Argüello le duró pocos días: del primero al 27 de mayo (1947).
El golpe de Estado y a su dignidad, mandó al presidente Argüello al exilio y a la muerte en México. Un nuevo títere entra a escena: Benjamín Lacayo Sacasa, quien, echado en su hamaca presidencial, mandaba donde Somoza a todo el que llegaba en busca del jefe de Estado. Demasiado práctico en su función, y Somoza lo sustituyó por Víctor Manuel Román y Reyes (agosto de 1947), para esperar su reelección. Esta llegó en 1950… y la siguiente llegaría en 1956… pero primero llegó la muerte en las manos de Rigoberto López Pérez.
Ese último intento de reelección, fue sangriento. Los herederos de Somoza bañaron al país con la sangre de inocentes –sólo por ser opositores—, y la de quienes participaron en la acción. El segundo general Somoza, después de esperar que Luis cumpliera su turno, quien murió en el intento (1963), otros títeres debieron pasar mientras unificaba su poder militar con el Poder Civil, a costa de la sangre derramada, una vez más, el 22 de enero de 1967.

Novena reelección
Después, para Somoza Debayle hubo fiesta con el terremoto, no sólo por su apropiación de bienes, sino también porque le permitió deshacerse de su triunvirato títere y luego ir por su primera y única reelección (1974). ¿Y después de esta reelección, qué? Un round sangriento más, con muchos etcéteras de sangre, y más sangre, y más sangre para derrocarlo, hasta empatar con la sangre de la guerra contrarrevolucionaria.

Décima y oncena reelección
Daniel Ortega ya lleva dos reelecciones: de jefe de gobierno a la presidencia (1985), la última (2006, y busca la tercera en 2011. Por ahora, el fruto ha sido el desorden institucional. Los jóvenes, los que apoyan y quienes no quieren su re-re-reelección, ¿quisieran ver otra página de la misma historia, y su hemorrágica secuela?