Opinión

El inglés como lengua intermediaria


En nuestra vida de relación y comunicación empleamos palabras que, en la mayoría de los casos, suponemos de pura cepa española, pero que tienen un origen muy diverso. Así, la palabra tarifa tiene su origen en árabe, espía es una voz de influencia alemana, medalla es un término que nos viene del italiano, yogur tiene su origen en el turco, garaje es un galicismo porque nos viene del francés, canguro es una voz australiana, yoga procede del sánscrito, querubín nos viene del hebreo, judo es de origen japonés, tugsteno es una voz de procedencia sueca, vampiro nos viene del húngaro, piyama es un anglicismo porque procede del inglés y zombi es de origen africano.
¿Cómo se explica este fenómeno? Sencillamente porque las lenguas, como las sociedades que las hablan, no viven aisladas, sino todo lo contrario: viven y se desarrollan a través de una relativa relación comercial y socio-cultural. En esa relación, entra en juego el intercambio lingüístico.
El intercambio puede ser directamente a través de las lenguas que entran en relación (“en contacto”), o a través de una lengua “prestataria” como el caso de las palabras canguro y judo que no entraron directamente del africano y del japonés, respectivamente, sino que lo hicieron a través del inglés.
Una de las formas más importantes que tienen las lenguas de enriquecer su léxico es tomar palabras de otros idiomas para nombrar la realidad. Por lo tanto, el préstamo lingüístico es uno de los principales medios de crecimiento y expansión.
En nuestro idioma -como en cualquier otro- no todo anglicismo es voz anglosajona. Ya sabemos que un préstamo puede realizarse a través de una lengua intermediaria. Es el caso de las palabras robot y piyama: la primera nos vino del inglés, pero este idioma la tomó de la palabra checa robota; y la segunda, es de origen indostano, de donde la tomó el inglés y del cual pasó finalmente al español.
En realidad un anglicismo, como todo extranjerismo -nos recuerda Ángel Rosenblat en sus Estudios sobre el español de América- tiene cierto “carácter universalista”. A veces, se asumen posiciones “puristas” frente al idioma, que más bien limitan su evolución y entorpecen su desarrollo, como la del P. Mir con la palabra utopia o utopía (del gr. ou, no, y topos, lugar “lugar imaginario, lugar que no existe).
El término, que pasó al español por intermedio del inglés, fue tomado del libro Utopía (1516), de Thomas Moore, hispanizado Tomás Moro (1478-1535), quien nos describe un país imaginario con condiciones sociales ideales. Dice este distinguido y obstinado defensor de la pureza de la lengua española: “O conserva su propio sentido sin salir de compás, o arránquese de cuajo y devuélvase a los ingleses que nos la dieron prestada, después de arrebatársela a los griegos artificiosamente”.
Bien. Muchas palabras del griego han venido a nosotros, no a través de su lengua de origen, sino del inglés. Veamos unos ejemplos, algunos de ellos mencionados por Rosenblat.
Simposio (del gr. symposion, festín, banquete, nombre también de una obra de Platón y otra de Jenofonte). Se ha incorporado al español como un anglicismo para significar la conferencia o reunión en que se examina y discute determinado tema.
Sicodélico (del gr. psycho, mente, actividad mental; de psykhon, mostrar, manifestar; de psykhe, alma, aliento), voz que nos vino por medio del inglés (psychodelic), quizá partiendo de drogas sicodélicas, nos dice Rosenblat. Una de las acepciones tiene relación con las manifestaciones como consecuencia de los efectos de las drogas como la marihuana y otros alucinógenos, significado con el que se utilizó mucho en Nicaragua, sobre todo en la década de los setenta: “Raro, extravagante, fuera de lo normal”.
Hay, además, muchas voces griegas con el prefijo auto- (del gr. auto, elemento composicional que significa “propio” o “por uno mismo”) incorporadas en nuestro idioma a través del inglés, como autodeterminación (decisión de los pobladores de una unidad territorial acerca de su futuro estatuto político); automatización (acción y efecto de convertir ciertos movimientos corporales en movimientos automáticos o indeliberados, o ejecución automática de tareas industriales, administrativas o científicas, sin intervención humana intermediaria); autopista (carretera con calzadas separadas para dos sentidos de la circulación, cada una de ellas con dos o más carriles, sin cruces a nivel); autoservicio (acto de servirse uno mismo en un establecimiento público, y el establecimiento mismo) y muchos otros, algunos de los cuales no registran los diccionarios incluyendo el de la Academia como autodominio (dominio de sí mismo).
Existen además muchos grecismos que entraron en nuestro idioma por la vía del inglés, los cuales están formados con tecnia- (del gr. teknhe, elemento composicional que significa “técnica”, “arte”, “destreza”, “oficio”) como tecnología (logos, estudio), que el Diccionario académico define como el conjunto de los conocimientos propios de un oficio mecánico o arte industrial; tecnócrata (gr. kratos, fuerza, poder): partidario de la tecnocracia o ejercicio del poder por los tecnócratas, técnico o persona especializada en alguna materia con tendencia a hallar soluciones eficaces por encima de consideraciones ideológicas o políticas.
En su prestigiado Diccionario, dice María Moliner -respecto a los tecnicismos- que son, en general, considerados legítimos, sin necesidad de que estén sancionados por la Real Academia, los tecnicismos necesarios para designar conceptos nuevos, así como designaciones científicas formadas con una raíz culta para atender una nueva necesidad, de acuerdo con las normas generales de la derivación.
Pues bien, hay una considerable cantidad de tecnicismos griegos formados con tele- (del gr. tele, elemento composicional que significa “a distancia”) como teléfono, telegrama, telegrafía, telefotografía, telefilme, telefax y muchos más.
Telescopio, instrumento que permite observar objetos lejanos, como los astros, es una voz de origen griego: tele “a distancia” y skopion “aparato para observar”. En 1668 Isaac Newton construyó el primer telescopio, y en 1609 Galileo Galilei construyó los primeros telescopios astronómicos, que recogen la luz con espejos en lugar de lentes (telescopio de reflexión). A partir de 1993, se empezaron a utilizar técnicas que producen una resolución 500 veces mejor que los telescopios ópticos. El término es de pura cepa helénica, pero anglicismo al fin, porque vino a nosotros a través de una lengua intermediaria: el inglés.

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