Opinión

No lo quiero


La encontré en una camilla. Me dijeron: “habla con ella”. Era una noche de hospital en Managua. Tenía que ser invierno. Al menos, recuerdo que llovía. La mujer se dedicaba a recorrer por entonces Carretera Masaya, de arriba abajo, por las noches. Era joven, los ojos abiertos, la mirada fija. Normalmente las embarazadas se tocan mucho el vientre, más bien se lo acarician. Ella no. Mantenía las piernas semiabiertas y las manos también en espera de que todo estuviera dispuesto. “Nadie me va a convencer”, dijo, “yo no lo quiero; por eso lo traje, para que se lo queden o se lo den a alguien más”.
No era la primera vez que se embarazaba de un cliente. Antes, no sé si ahora sigue ocurriendo, había ocasiones en que salía más barato que un cliente no usara el condón porque muchos consideraban que usarlo era una excentricidad, o algo exótico, y eso incrementaba el precio de lo que llaman “el servicio”. Pero aquella vez no era de un cliente, o al menos no de un cliente de siempre, sino de esos hombres que frecuentan a una misma mujer casi todas las semanas, y se van encariñando, tomándole gusto a esa manera de compañía y al final, sí, es prostitución, pero también compañía. La noche en carretera Masaya, en carretera Norte y hasta en las callejuelas aledañas al Mercado Oriental está llena de historias por contar, e incluso, aunque cueste creerlo, de demostraciones de amor, a prueba de bombas. Decía que a veces un cliente se encariña y empiezan a llamarse por el nombre verdadero, incluso a mirarse durante el día, el tiempo secreto de las mujeres de la noche. Se involucran en una especie de relación, de favores mutuos, de confianzas de esas que sólo se estrechan en situación de máxima necesidad, al fin y al cabo de compañerismo. Y sí, hay sexo, pero empieza a no ser lo primero. Y no es que eso sea bueno, malo o regular. Es diferente.
El tipo era bueno, parecía bueno. La trataba con dulzura, con la extraña dulzura de los hombres que se enamoran de mujeres con las que nunca podrían vivir porque ya su vida está muy hecha y el valor de empezar de nuevo quedó enterrado en algún sueño. Claro, todo esto lo digo con otras palabras, lo digo como lo entiendo. Una columna permite ciertas traducciones; incluso un artículo noticioso no es más que una traducción en mayor o menor grado interesada, nunca objetiva, aunque enseñen lo contrario. Como digo, el tipo no era malo.
Y ella, con mil escudos frente a la sensación de enamorarse, volvió a caer. Era difícil no dejarse llevar por las palabras de él. Con suerte, hay un tipo de mil de los que se acercan en taxi donde ellas están y que usa las palabras como él. Con suerte. Y cuando él llegaba, estuviera con quien estuviera, sus compañeras le avisaban, “ahí viene tu hombre”. Y ella lo dejaba todo, a sabiendas que esa noche no sería un buen negocio pasarla con quien se quiere sino con quien desea usarte. La noche tiene más noches, habría tiempo para el negocio. Pero para sus palabras sólo era un tiempo, uno que se parecía a la verdad.
No. Parece que el tipo no era malo. Ella se dejó embarazar. Los dos o tres primeros meses aún iba a la carretera, luego no. Y el tipo huyó de su panza. La abandonó. Le dijo lo de siempre con toda probabilidad: que le había utilizado para embarazarse. Que juntos no tenían futuro. Que ella lo sabía. Que eso lo cambiaba todo. El tipo no era malo, pero la abandonó. Eso era la verdad.
Algunos meses después, en la calle, aún con la panza abultada no sabía qué hacer. A algunos clientes les gusta el “servicio” de mujeres embarazadas. Bueno, vieran las cosas que gustan, que prefieren. Hay de todo. Ya se dijo que la noche tiene muchas noches. Y al noveno mes de invierno en un hospital de Managua, nos encontramos ella y yo, mujer y hombre de mundos y noches diferentes, y me cuenta algo de su historia, y me repite lo mismo que le dijo a los médicos. “Al menos no lo he abortado. Quiero que entiendan. No vine a matarlo. Por qué no se le entregan a alguien que lo quiera. Yo no lo quiero”.
Y mucho tiempo después, intento el trabajo de traducir esta historia, de acordarme de algo más que de su última decisión a medio contar y su mirada fija, su voz firme. No he visto a nadie con la idea más clara de lo que ve delante de sus ojos, de lo que cree que tiene que ser su vida. No he visto nadie más cuerdo para afrontar un desengaño ni con la frialdad de ella para arrancarse, cuántas veces no lo habría hecho, el corazón. Y trato de encontrar las palabras que sólo cuenten, que les haga acompañarme una noche de hospital en Managua, convencerles de que no les estoy hablando de la ley del aborto terapéutico ni de la prostitución, ni de las enfermedades de transmisión sexual, sino que trato de contarles un pedacito de vida, de noche de Managua en invierno a la que no llegan ni los juicios ni las creencias ni los prejuicios. Sólo eso. De frente, nos mirábamos. Ella creía que ya no podía hacer otra cosa, ni yo podía contarlo de otro modo. Y si empezase a contarlo de nuevo, sé que me ocurriría lo mismo: que lo que quería decir se me escapa, como la arena entre los dedos. Quizá sólo era contarles aquella noche en que una mujer, un hombre que la escuchaba y un niño que iba a nacer se sintieron inmensamente solos.

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