Opinión

Postalita al señor Salamanca


Señor Salamanca, la palidez académica con que usted intentó desmitificar a nuestro Rubén Darío, inicia aclarando que no se proponía menoscabar su nombre. Créame, sin menoscabo de su persona, se lo digo con todo el respeto que usted se merece. Podrían fácilmente dedicarse varias vidas para procurar desacreditar o desprestigiar al gran Rubén y ni siquiera se notaría que lo intentaron.
Sólo a Cervantes se le estudia más que a Darío en nuestro idioma. Eso significa que para ser novelista moderno hay que ser cervantino y que para ser poeta moderno hay que ser dariano. Darío no es una cita ocasional del idioma, lo reconoció Borges, luego de que se le pasara la mano con Rubén en su época de criollista, “Cuando por un idioma pasa alguien como Darío todo lo cambia”. Ve, es como Hendrix en la música, capaz de lograr una melodía con el feedback. Imprescindible.
Mire, Darío no es idolatría, es libertad. José Coronel Urtecho lo explicó en los ochenta (por ahí debe andar el video) reivindicándose de su reticencia juvenil. Para Coronel, Bolívar liberó América de las cadenas españolas, Darío liberó a los españoles de las cadenas que ataban su propio idioma. Borges también lo entendió así, “todo lo renovó Darío, la materia, el vocabulario, la métrica, la magia de las palabras, la sensibilidad”.
Shakespeare, “el hijo más dulce de la fantasía”, tampoco inventó las palabras, ni las historias, las acomodó con un nuevo patrón. Creó algo que no existía y que hasta hoy es insuperable. Eso es lo que los genios hacen en sus respectivos rangos. Eso es lo que hizo Cervantes con el español, Pushkin con el ruso, Darío en la América española. Escrutó con su mente poderosa todo lo que había entre la cuna griega de nuestra civilización hasta Poe, Whitman, Hugo y Verlaine.
Señor Salamanca, su Darío no existe. No hay un Darío patético, cursi, adulador, obsoleto y aburrido. El Darío real es el que desentrañaron con toda una vida de trabajo y dedicación entre otros notables, los maestros Edelberto Torres y Fidel Coloma. Es el que siguieron como guía la mayoría de las inconmensurables voces literarias del siglo pasado; Lugones, Mistral, Vallejos, Nervo, Guillén, Borges y Neruda, entre otros apellidos ilustres.
Vea lo que dijo Neruda, “Darío fue un gran elefante sonoro que rompió los cristales de una época para que entrara en su ámbito el aire del mundo y entró”. Lea lo que escribió Guillén: ¿Qué arcaicas mariposas tejieron sus ensueños de luz en tu pensil? ¿Qué céfiro le dijo rondelas a tus rosas? ¿Qué fuente fue tu fuente de plata y de marfil?
Pero fíjese, de todas las metáforas sobre la resurrección del verbo hecha por Rubén, que podrían llenar varios elevados rascacielos, la que más gusta es una que se le atribuye a Beltrán Morales, se la digo de oído porque nunca la he leído, los españoles nos dieron el idioma pero nosotros les dimos a Darío y nos deben el vuelto. Finalmente señor Salamanca, usted menciona a Wilde, eso me recordó uno de sus cuentos, El famoso cohete. Sabe, las reflexiones del cohete tienen la lógica de su escrito. El cohete pensaba que feliz y suertero era el príncipe por casarse el día en que él iba a estallar.